CUATRO
La urgencia por conseguir la foto murió el 20 de agosto de 1999, cuando la entrevista fue publicada en Revista Tres. Pero me negué a enterrar la idea de retratar a Pereyra Reverbel en lo que fuera que quedase de aquella cárcel.
Continué pasando por la casa, tocando el timbre, intentando escuchar si sonaba, golpeando la puerta, esperando. Un día la puerta, una de sus hojas, se entreabrió, sujetada por delante y por detrás por los brazos y piernas de un joven que, inclinando levemente el torso hacia afuera, me preguntó qué necesitaba.
Vestía un mameluco de despachante de combustible de ESSO; el escalón de mármol que pisaba, lo dejaba una cabeza por encima de mí y eso bastaba para que no pudiera ver nada hacia adentro.
Le dije mi nombre, que era fotógrafo de Revista Tres y que buscaba saber si quedaba algo de lo que había sido la cárcel del pueblo.
Me respondió que no tenía idea de lo que le hablaba, que hacía poco se había mudado allí con su madre y, anticipándose a mi siguiente pregunta, agregó que en ese momento estaba solo y aprontándose para ir a trabajar, que ya estaba llegando tarde. Antes de que cerrara la puerta le pregunté cuándo podía encontrar a la madre.
—En la tardecita —dijo.
Ingenuo y feliz, subí al auto. Diez minutos en auto separaban la esquina de Paullier y Charrúa de la de Mercedes y Rondeau, donde funcionaba Revista Tres. Diez minutos en los que repasé la conversación que acababa de tener, imaginé la que podría tener con la madre del despachante, me reproché las preguntas no hechas, fantaseé sobre qué rastros quedarían de la cárcel y cómo podría llegar a hacer una foto allí. Diez minutos en los que solo escuché mi voz preguntando y respondiendo.
Pero otra voz llegó a mis oídos ni bien crucé el umbral de la revista.
—Te llamó el coronel Vidal. Dejó un teléfono para que te comuniques con él, me decía la recepcionista.
Mientras tomaba la hoja con el número anotado, otra voz se coló desde mi memoria: “ahí están los servicios”.
Sentado en el refugio de foto, en el último piso de la revista, marqué el número desde un teléfono de línea, pero nadie respondió. Llamé al Ministerio de Defensa; me derivaron al Comando y allí me informaron que ese número no correspondía a ninguna unidad del Ejército.
Me disponía a llamar nuevamente al número escrito en la hoja del bloc cuando, antes de levantar el tubo, el apara to sonó.
El coronel Vidal cobró voz para confirmar primero si era con Pablo Porciúncula con quien hablaba e inmediatamente entrar directo al tema:
—Usted ha estado viniendo por nuestra unidad. ¿Qué precisa?
Comencé a explicar y la línea pareció llenarse de ruidos. El coronel me interrumpió con alguna expresión fática hasta que el ruido disminuyó. Comenté algo y escuché mi propia voz en el auricular.
“Ahí están los servicios”, pensé.
Retomamos la charla. Expliqué mi intención de fotografiar a Pereyra Reverbel en lo que, me estaba enterando, eran oficinas del servicio de inteligencia del Ejército. Por su parte, el coronel me dijo que en los años en que esa casa había estado bajo custodia del Ejército nunca había llegado un requerimiento parecido y que debía consultar con sus mandos superiores.
No recuerdo haber vuelto a hablar con él, pero es muy probable que estuviera entre los militares que, sin uniforme, nos recibieron el 28 de agosto de 1999, cuando Pereyra Reverbel volvió a entrar en su celda. La orden que me permitió estar allí, junto a un equipo de Canal 5, había llegado de Presidencia de la República.
Yo entré por el túnel original que unía la cochera de la casa con la cárcel. Pereira Reverbel lo hizo por una puerta que los militares abrieron para facilitar el acceso: comunicaba uno de los salones del frente de la casa con el celdario que quedaba en subsuelo.
El ex prisionero recorrió el espacio en el que había estado cautivo durante 423 días.
Entró en su celda, se sentó en su catre, apoyó el bastón de empuñadura de plata contra el tejido metálico que oficiaba de pared, miró hacia la puerta del cubículo donde yo me había parapetado para fotografiarlo y, sin que pudiera preverlo, se acostó por última vez en aquel camastro desde donde recorrió con los ojos su prisión.
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© Fotos y textos: Pablo Porciúncula