Cárcel del pueblo: una foto

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UNO

Con sus ojos enfrentando mi cámara, las manos apoyadas en la empuñadura de plata de su bastón, Ulysses Pereyra Reverbel permanece de pie rodeado de sillones estilo Luis XV, hablándome pausadamente, quizás intentando adivinar el momento en que finalmente dispararé sobre él. Yo aguardo a que el mejor gesto se componga en su rostro y entonces centésimas de segundo bastarán para inmortalizar la escena en una imagen latente entre haluros de plata.

Y quizás esa fotografía resultante sea lo más cercano al retrato de un aristócrata que podré encontrar -al decir del profesor Fernando Andacht- dentro del ethos mesocrático de la política uruguaya del siglo XX.

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DOS

Era el segundo día que visitaba el apartamento en el que él había vivido tras haber sido, en dos ocasiones, rehén del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros (MLN-T), a fines de los años sesenta y comienzos de los setenta. Al lujoso edificio de la plaza Libertad había entrado por primera vez el día anterior, acompañado por el editor de política de la revista en la que trabajaba, para entrevistar a Pereyra Reverbel ante la inminencia del lanzamiento de su libro  Un secuestro por dentro.

El editor era un ex tupa, de cuyo accionar en la guerrilla yo no tenía referencia alguna. Tuvieron que pasar cerca de veinte años para que finalmente me enterara de algunos de sus andares guerrilleros, a través de una novela del escritor Fernando Butazzoni. En cualquier caso, en aquel momento resultaba extraña la sensación de compartir ese espacio donde enemigos recientes dialogaban. Me intrigaba saber qué estaría sintiendo ese ex combatiente, cuya única arma ahora en sus manos era un grabador. Me preguntaba si Pereyra Reverbel sabía que estaba siendo entrevistado por un ex guerrillero, por uno de esos sediciosos a los que tanto despreciaba. Divagué pensando si acaso esos hombres, protagonistas de una historia del país que me cautivaba, no habrían compartido ya otro espacio común: la cárcel del pueblo.


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TRES

Aquel segundo día en el apartamento de Pereyra Reverbel, además de hacer el retrato, pasé buen tiempo leyendo cuantos artículos de prensa sobre su secuestro guardaba en su biblioteca. Fotografié algunos recortes y los retratos que le habían hecho al momento de su liberación. Fue entonces cuando entendí que debía fotografiarlo en la Cárcel del Pueblo.

Le pregunté si había vuelto al sitio, si se conservaba o si sabía qué habían hecho allí. Estoy seguro de que me mintió cuando dijo que no tenía idea; algunas semanas más tarde lo comprobaría. No rechazó, sin embargo, la idea que le propuse: volver a ese lugar para fotogafiarlo antes de la publicación de la entrevista. 

Comencé a visitar la casa de la calle Juan Paullier. Tocaba el timbre y esperaba; golpeaba la puerta y esperaba. Nadie respondía. A veces permanecía dentro del auto, atento a algún movimiento; otras caminaba la cuadra de un lado a otro. Uno de esos días abordé a una vecina, una señora mayor que no recuerdo si barría la vereda o sacaba la basura. Le pregunté si conocía a quienes vivían allí y movió la cabeza negativamente.

Conversamos brevemente. Seguramente le conté lo que buscaba y ella algo de la historia de la casa y de la familia que había vivido allí como pantalla para ocultar la cárcel. Antes de irse se acercó un poco más, me miró a los ojos y, casi en un susurro, dijo: ahí están los servicios.

Llegó el momento de publicar la entrevista y yo no había conseguido que me franquearan la puerta de esa casa. Jugué entonces la única carta posible: fotografiar a Pereyra Reverbel en la puerta de la casa-cárcel. Volvía a tenerlo de pie frente a mi cámara, cubierto por un largo sobretodo marrón, delante de aquella frágil puerta de postigos que ocultaba el último bastión urbano de la guerrilla del MLN-T.

No sé cuántas fotos disparé ese día; no fueron muchas. El rollo quedó en la cámara, a la espera de completarlo para que sea revelado. Y sin premeditación ni alevosía, por la sola causa del azar, el fotograma que siguió al de Pereyra Reverbel frente a la Cárcel del Pueblo fue el de otro ex rehén, de signo opuesto: el dirigente tupamaro y entonces novel diputado José Mujica, entrando al Palacio Legislativo por la inmensa puerta de Diputados de la Avenida de las Leyes.

Dos fotogramas consecutivos de 35 mm dibujados con la luz de la historia.






CUATRO

La urgencia por conseguir la foto murió el 20 de agosto de 1999, cuando la entrevista fue publicada en  Revista Tres. Pero me negué a enterrar la idea de retratar a Pereyra Reverbel en lo que fuera que quedase de aquella cárcel.

Continué pasando por la casa, tocando el timbre, intentando escuchar si sonaba, golpeando la puerta, esperando. Un día la puerta, una de sus hojas, se entreabrió, sujetada por delante y por detrás por los brazos y piernas de un joven que, inclinando levemente el torso hacia afuera, me preguntó qué necesitaba.

Vestía un mameluco de despachante de combustible de ESSO; el escalón de mármol que pisaba, lo dejaba una cabeza por encima de mí y eso bastaba para que no pudiera ver nada hacia adentro.

Le dije mi nombre, que era fotógrafo de  Revista Tres y que buscaba saber si quedaba algo de lo que había sido la cárcel del pueblo.

Me respondió que no tenía idea de lo que le hablaba, que hacía poco se había mudado allí con su madre y, anticipándose a mi siguiente pregunta, agregó que en ese momento estaba solo y aprontándose para ir a trabajar, que ya estaba llegando tarde. Antes de que cerrara la puerta le pregunté cuándo podía encontrar a la madre.

—En la tardecita —dijo.

Ingenuo y feliz, subí al auto. Diez minutos en auto separaban la esquina de Paullier y Charrúa de la de Mercedes y Rondeau, donde funcionaba  Revista Tres. Diez minutos en los que repasé la conversación que acababa de tener, imaginé la que podría tener con la madre del despachante, me reproché las preguntas no hechas, fantaseé sobre qué rastros quedarían de la cárcel y cómo podría llegar a hacer una foto allí. Diez minutos en los que solo escuché mi voz preguntando y respondiendo.

Pero otra voz llegó a mis oídos ni bien crucé el umbral de la revista.

—Te llamó el coronel Vidal. Dejó un teléfono para que te comuniques con él, me decía la recepcionista.

Mientras tomaba la hoja con el número anotado, otra voz se coló desde mi memoria: “ahí están los servicios”.

Sentado en el refugio de foto, en el último piso de la revista, marqué el número desde un teléfono de línea, pero nadie respondió. Llamé al Ministerio de Defensa; me derivaron al Comando y allí me informaron que ese número no correspondía a ninguna unidad del Ejército.

Me disponía a llamar nuevamente al número escrito en la hoja del bloc cuando, antes de levantar el tubo, el apara to sonó.

El coronel Vidal cobró voz para confirmar primero si era con Pablo Porciúncula con quien hablaba e inmediatamente entrar directo al tema:

—Usted ha estado viniendo por nuestra unidad. ¿Qué precisa?

Comencé a explicar y la línea pareció llenarse de ruidos. El coronel me interrumpió con alguna expresión fática hasta que el ruido disminuyó. Comenté algo y escuché mi propia voz en el auricular.

“Ahí están los servicios”, pensé.

Retomamos la charla. Expliqué mi intención de fotografiar a Pereyra Reverbel en lo que, me estaba enterando, eran oficinas del servicio de inteligencia del Ejército. Por su parte, el coronel me dijo que en los años en que esa casa había estado bajo custodia del Ejército nunca había llegado un requerimiento parecido y que debía consultar con sus mandos superiores.

No recuerdo haber vuelto a hablar con él, pero es muy probable que estuviera entre los militares que, sin uniforme, nos recibieron el 28 de agosto de 1999, cuando Pereyra Reverbel volvió a entrar en su celda. La orden que me permitió estar allí, junto a un equipo de Canal 5, había llegado de Presidencia de la República.

Yo entré por el túnel original que unía la cochera de la casa con la cárcel. Pereira Reverbel lo hizo por una puerta que los militares abrieron para facilitar el acceso: comunicaba uno de los salones del frente de la casa con el celdario que quedaba en subsuelo.

El ex prisionero recorrió el espacio en el que había estado cautivo durante 423 días.

Entró en su celda, se sentó en su catre, apoyó el bastón de empuñadura de plata contra el tejido metálico que oficiaba de pared, miró hacia la puerta del cubículo donde yo me había parapetado para fotografiarlo y, sin que pudiera preverlo, se acostó por última vez en aquel camastro desde donde recorrió con los ojos su prisión.

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© Fotos y textos:  Pablo Porciúncula