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Al pan, pan

 



Publicado el 8 de junio de 2022 en Le Monde - Culturas  


 


Feria  es uno de esos libros que desesperan a los guardianes de las ortodoxias y a los críticos más empingorotados. ¿Novela o autobiografía? ¿Un ensayo acaso? ¿Un libro de memorias, con fotos y todo? ¿Una diatriba? ¿Un viaje a la semilla en pleno siglo veintiuno? En realidad, Feria es todas esas cosas y muchas otras, pero es sobre todo una narración escrita por quien entiende la literatura desde el lado menos frecuentado en estos tiempos de poses, vacíos y redes sociales: la autenticidad. Y casi siempre la autenticidad es madre de la heterodoxia.

Ana Iris Simón (Campo de Criptana, 1991) cuenta en este libro, que marcó su espléndido y polémico debut literario, su propia vida y la de su extensa familia, con allegados incluidos (padres, hermano, abuelos, tíos, primos, vecinos y amigos), en una España actualísima, aunque mientras esas historias desfilan por sus páginas, quien las lea pueda tener la impresión de que asiste a la crónica de un mundo desaparecido, arrasado por la globalización y el onanismo virtual.

Muchos se han escandalizado porque opinan que ese mundo, recreado con inocultable nostalgia por Simón, era rural, primitivo, pobretón, corto de ambiciones, conservador y nada europeo: una especie de Macondo ibérico. Es pertinente señalar que aquel universo distante y a la vez tan próximo encaja con otros ya casi olvidados en América Latina, aquí mismo en el Cono Sur, en el Tacuarembó uruguayo o el Junín argentino o el Paine chileno, bien lejos de Europa, por cierto. Debe ser que la globalización emparejó nuestras desgracias.

Feria  es un libro de alto voltaje político. Los recuerdos de la autora se tensan en contrapuntos feroces entre pasado y presente, entre consignas y realidades, izquierdismos de pacotilla, corrupción y ausencia de futuro: "Igual me da envidia la vida que tenían mis padres con mi edad porque a veces, sin casa y sin hijos en nombre de no sé muy bien qué pero también como consecuencia de no tener en el horizonte mucho más que incertidumbre, daría mi minúsculo reino, mi estantería del Ikea y mi móvil, por una definición concisa, concreta y realista de eso que llamaban, de eso que llaman progreso".

Simón sabe narrar, y lo hace con una sencillez engañosa, apasionada y, por honesta, apasionante. Va hacia el pasado, regresa al presente, se coloca ella misma en el centro de la escena y de inmediato desaparece, inserta citas de los clásicos y transcribe canciones populares, rememora anécdotas de vecindad, de velorios y excursiones. Y habla también, claro, de las ferias a las que iba de niña acompañando a sus abuelos maternos, feriantes ellos, que peregrinaban por esa "alfombra de esparto" que es La Mancha, con sus bártulos, sus modos y sus sueños.

Las raíces, tantas veces denostadas por ser "reaccionarias", en Feria quedan al aire, y con orgullo: Mi padre es comunista porque mi abuelo es comunista y mi bisabuelo murió exiliado en Francia por comunista. Llegó allí tras escapar de la prisión de Valdenoceda, en Burgos, y aquel exilio y los años que mi abuelo pasó viviendo en Radio Comunista, la emisora del Partido en el pueblo, y arando al sol y trabajando desde Alemania en los setenta para mandar dinero a sus siete hijos y a su mujer, mi abuela, y recibiendo Mundo Obrero de tapadillo marcaron para siempre el linaje de los Simón.

Ana Iris Simón no se anda con vueltas cuando escribe. En Feria, al pan lo llama pan, y al vino lo llama vino. Eso, en el actual panorama literario hispanoamericano, viene a ser todo un acontecimiento.


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Olvido líquido, memoria sólida

 Publicado el 1 de junio de 2022 en La Mirada - Internacional

 

Un brutal estallido sacudió Beirut. Ocurrió en un depósito del puerto, fue filmado desde varios ángulos y visto por todo el mundo en cuestión de minutos o de horas. Las imágenes eran tan alucinantes que parecían generadas por computadora. Doscientos muertos, siete mil heridos y un cráter de 150 metros de diámetro. La detonación llegó a escucharse en Turquía, en Israel y hasta en Atenas. Fue la explosión no nuclear más potente de la historia. Eso fue el día 4 de agosto de 2020, es decir hace menos de dos años. Pues bien: fuera del Líbano ya casi nadie se acuerda de esa catástrofe.

Si la modernidad es líquida y sin anclas, la memoria generada por esa modernidad parece haberse convertido en un estado gaseoso de la conciencia. Hasta bien entrado el siglo veinte, los humanos éramos básicamente seres memoriosos. Después pasamos a ser entes olvidadizos. Todo se disipa.

La velocidad del olvido en las sociedades contemporáneas ha sido analizada al detalle, y sobre ello han reflexionado especialistas de diversos campos del saber, con preguntas que tienen un toque dramático. Sin embargo, no se ha logrado hasta ahora formular una respuesta que resulte, además de original, satisfactoria. Es un fenómeno que se repite una y otra vez, a tal punto que ya forma parte de la conducta social: enterarse y olvidar.

No ocurre solo con las tragedias. En marzo de 2021 un enorme buque portacontenedores quedó atravesado en el canal de Suez y bloqueó por completo el tráfico marítimo en esa zona. Se trató de un acontecimiento económico nunca antes visto, con rupturas en las cadenas de suministros y pérdidas de unos diez mil millones de dólares al día. Se llegó a decir que «el comercio mundial podía colapsar» a raíz del incidente. Fue noticia de portada en todo el mundo. Ocurrió hace apenas catorce meses, y ya casi nadie recuerda el episodio.

Se pueden mencionar muchos ejemplos, todos recientes. En cada caso se verá el mismo proceso: de la conmoción inicial al olvido generalizado. Hace un cuarto de siglo el antropólogo Joël Candau ponía el foco en la televisión, y señalaba que la sobreabundancia de imágenes sin un contexto informativo anulaba la memoria y provocaba el olvido. Era el apogeo del  zapping. Ahora, en pleno siglo veintiuno, aquella «sobreabundancia de imágenes» se ha incrementado de manera exponencial: YouTube, Instagram, Facebook, Twitter, Zoom, el  streaming, y muchos otros procedimientos tecnológicos, nos han llevado a una saturación que genera una certeza ilusoria. Lo que no recordamos se lo preguntamos a Google. 

El  zapping ha saltado de la televisión a la vida social, a la educación, a las formas del consumo, a los vínculos y las lealtades. Es parte de esa «modernidad líquida» que con tanto éxito explicara Zygmunt Bauman, quien se dedicó a estudiar fenómenos como el consumismo y la globalización:  «Cuando una cantidad cada vez más grande de información se distribuye a una velocidad cada vez más alta, la creación de secuencias narrativas, ordenadas y progresivas, se hace paulatinamente más dificultosa. La fragmentación amenaza con devenir hegemónica. Y esto tiene consecuencias en el modo en que nos relacionamos con el conocimiento, con el trabajo y con el estilo de vida en un sentido amplio». 

Una de esas consecuencias es el incremento del llamado «olvido social». En algunos casos fue (o quiso ser) un olvido impuesto mediante la coerción y el miedo. En la historia de varios países latinoamericanos se puede comprobar fácilmente que, después de las dictaduras de los años 70 y 80 del siglo pasado, fue impuesta la idea de que debía llegar el tiempo del olvido para lograr la reconciliación. No se decía, pero ese era el pacto implícito en los procesos de transición. Un pacto entre las élites militares que salían y las élites políticas que entraban. Elizabeth Lira lo resumió en una síntesis precisa:  «La proclamación del olvido».

Sin embargo, hubo y hay focos de resistencia para ese tipo de olvido. Contra la modernidad líquida descrita por Bauman se alza la única memoria sólida de estos tiempos: la que no olvida los crímenes y las violaciones a los derechos humanos. Hay ejemplos de ello en muchos países. En todas partes esa memoria ha sufrido trabas y ha tenido marchas y contramarchas, pero lo cierto es que cada paso —aun aquellos que implicaron un retroceso— ha reforzado esa solidez para volverla más compacta.

La memoria sólida no se contrapone a la modernidad líquida, aunque la cuestiona severamente. Demuestra que es posible resistir o, dicho de forma esquemática, demuestra que podemos recordar. La continua cascada de datos, imágenes, noticias, referencias, novedades y otros ruidos generados a cada instante por la sociedad global, no alcanzan para que el olvido sea completo. Algo es algo: se puede resistir.  

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