Un mundo vacío


El texto que aquí se reproduce fue publicado originalmente como parte del libro de crónicas  La vida y los papeles (Seix Barral, 2016).

 

El fin del mundo está en el sur, eso lo sabe cualquiera. El norte no compite en ningún rubro con la desmesura de los abismos australes. La Antártida es la última frontera, si es que se puede hablar de tal concepto en una zona del planeta que, gracias a un tratado puesto en marcha en 1961, se ha mantenido al margen de las disputas más ásperas, aunque no de ciertos apetitos nacionales. Pese a que varios países reivindican territorios allí, hasta ahora cualquier persona de cualquier nacionalidad puede ir y venir por aquellos páramos sin necesidad de mostrar ninguna documentación. La libre circulación es un mandato y los pasaportes no existen. Todos los países miembros de la comunidad antártica se han puesto de acuerdo en no innovar en materia de reclamaciones y pugnas, ya sean propias o de terceros. De esa manera, el tránsito ciudadano en el lugar más inhóspito de la Tierra es, curiosamente, mucho menos engorroso que en cualquier sociedad civilizada y democrática.


La Antártida es un continente de unos catorce millones de kilómetros cuadrados, casi todos ellos cubiertos por una capa de hielo de varios kilómetros de espesor. Es el lugar de los extremos por excelencia. Tiene montañas, volcanes, desiertos de piedras, hondonadas y polinias. Y es el lugar de los absurdos naturales: atesora el ochenta por ciento del agua dulce de todo el planeta y al mismo tiempo es el sitio con el más bajo promedio de humedad del mundo. También se han registrado allí, en algún punto que ni siquiera alcanzo a imaginar, las temperaturas de la atmósfera más bajas jamás obtenidas (cercanas a los 90 grados centígrados bajo cero), y su densidad de población es bastante menos de una milésima de habitante por kilómetro cuadrado. Las huellas fósiles de otras edades geológicas nos hablan de enormes árboles, de mamíferos poderosos, de miles de diferentes peces, pero no de homínidos. Sí, hubo un tiempo en que la Antártida era un bosque, pero nunca fue habitada por primates, los que en aquella época no existían.


Así que actualmente hay bastante menos de una milésima de habitante por kilómetro cuadrado. O, lo que es lo mismo, casi nadie. Y yo seré, en estos días, una de las dos mil personas que estarán desperdigadas por toda la Antártida, desde la norteña península de Fildes hasta el corazón mismo del continente: el mítico Polo Sur en el que plantara bandera por primera vez el noruego Roald Amundsen el 14 de diciembre de 1911, y donde hoy se encuentra la base norteamericana que lleva su nombre y el de su contrincante, el malogrado, vilipendiado y después reivindicado explorador británico Robert Falcon Scott, quien llegó a ese mismo lugar, por otra ruta, cinco semanas más tarde, nada más que para hallar ahí una banderita noruega y una carta de salutación de quien había ganado la absurda carrera por conquistar ese sitio puramente simbólico.


Me maravillo desde el mismo momento en que me subo al Hércules de la Fuerza Aérea que me llevará hasta aquel extremo. Pienso: así que de los siete mil millones de humanos que habitamos el planeta Tierra por estos días, yo seré uno de los poquísimos que pondrán un pie en esa lejanía. No pienso en Amundsen ni en Scott. Pese a no ser calvo, me siento más bien como Jean-Luc Picard. Me excito y trato de no perderme detalle de la primera etapa del vuelo, aunque en realidad viajar en la panza de un Hércules durante seis horas es, aparte de un tormento sonoro, una experiencia casi carente de detalles. Vamos sentados en unos catres laterales, incómodos y algo inestables. Por todos lados hay arneses, mosquetones, tubos y cables. Y hay carteles en inglés. Pequeños, medianos y grandes, cada uno de ellos sin excepción comienza con la misma palabra:  “Warning”. Unas camillas, colocadas en forma de literas y ahora ocupadas por grandes bolsos de provisiones, nos recuerdan que se trata de un avión militar. Aquí arriba todo es crudo.


Me invitan a visitar la cabina del avión, que se asemeja a un pequeño living decorado con decenas de relojes, pantallas, aparatos y luces. El piloto y el copiloto consultan unos instrumentos, el ingeniero mueve una pequeña llave situada casi sobre su cabeza y, a un costado, el navegante dispone de una mesa para establecer cálculos y constatar rumbos. Todos parecen estar cómodamente sentados, disfrutando de su tarea. Por las ventanillas laterales de la cabina, veintiséis mil pies más abajo, se ven los pálidos brillos del Atlántico.


La cosa parece estar bien allí adelante, aunque ninguno de los tripulantes se digna siquiera a dirigirme una mirada. Supongo que estarán demasiado ocupados en realizar un vuelo satisfactorio. Después, al final de mi estadía en la isla Rey Jorge, tendría la oportunidad única de observar desde tierra ‒en un sitio privilegiado, justo en la cabecera de la pista‒ el aterrizaje de ese mismo Hércules, que regresaba a buscarnos. Ver semejante avión, macizo como una enorme piedra voladora, torcer sobre la bahía de Maxwell, enfilar hacia el aeródromo, aproximarse a esa precaria pista de ripio situada entre montañas de hielo y luego posarse suavemente en ella, fue como asistir a una función del Cirque du Soleil: emoción, suspenso, y al final las ganas de aplaudir.


Pero eso ocurrió después. Mucho tiempo después. Tanto que no resulta verdadero medirlo en horas o en días. Es real, pero no es verdadero. Cada hora en la Antártida equivale a un tiempo sin medida, tan relativo que uno se pregunta si no estará por equivocación montado en el tren de Einstein. Basta caminar unos pasos por los bordes de un glaciar o contemplar los acantilados mordidos por el océano para entender que allí el tiempo se mide en eras, en edades geológicas, en placas tectónicas. La confrontación es demasiado despareja: millones de años contra el minutero de un simple reloj.


Para colmo, el sol a esta altura del verano está casi veinte horas sobre el horizonte, de modo que el tiempo medido de acuerdo a nuestros usos y husos es una pura convención. Es probable que eso sirva para marcar las rutinas del trabajo y el descanso, pero mirar un reloj en esta zona del mundo es, en cualquier época del año, una experiencia de extrañamiento, de sinsentido. Es como mirar los relojes blandos de Dalí, que se pliegan y desfallecen en un territorio sin vida.


De cualquier manera, todo relato tiene un antes y un después, así que para facilitar la lectura regreso al antes. El viaje desde Montevideo hasta Punta Arenas, en el sur de Chile, nos lleva más de seis horas a causa de los fuertes vientos que soplan hacia el norte, provocando que la velocidad del avión respecto al terreno sea mucho menor que la habitual. Tras pernoctar con mi amigo el coronel Gerardo Gancedo en un hotel situado frente a la costanera del estrecho de Magallanes, a la mañana siguiente nos aprestamos para el gran salto: un par de horas de vuelo por encima del Paso de Drake, que dicho sea de paso es uno de los cruces marítimos más endemoniados del mundo, respetado y temido por los navegantes desde hace cinco siglos.


Allá arriba, sin embargo, eso no se percibe. Allá arriba lo que hay durante la primera hora y media de vuelo es un ruido ensordecedor y monótono que de a poco adormece. Y luego, de pronto, unos preparativos que podrían resultar ridículos en otras circunstancias: la mayoría de los que vamos a bordo del avión buscamos en nuestras mochilas los equipos polares y, como podemos, comenzamos a lidiar con ellos para vestirnos, con la ingenua esperanza de que así resultará más soportable el frío del verano antártico.


Es como colocarse una especie de traje espacial. Por encima de la ropa de abrigo, de las camisetas de felpa y de las camisas de algodón y de los pulóveres de lana y de los calzoncillos largos y de los pantalones de pana y de las medias térmicas y de las botas, uno comienza a encajarse por las piernas unos amplios pantalones, cuyo larguísimo tiro llega casi hasta el esternón, y que tiene varios cierres para poder ajustarse al cuerpo. Está forrado en polartec 300, pero es impermeable por fuera y por dentro. Grueso y poco flexible, es muy incómodo. Por ello, uno nunca debe cometer el error de colocarse dicho pantalón antártico antes de calzarse las botas, a menos que tenga un asistente que lo ayude. Lo mismo ocurre con la parte superior del cuerpo: una vez sujetado el pantalón con un doble tirador por encima de la ropa de abrigo, hay que colocarse una parka que tiene varios bolsillos, una capucha térmica y hasta un gancho para colgar los guantes en caso de tener que quitárselos.


En esas condiciones, sólo espero bajar lo antes posible en el aeródromo que tienen los chilenos en la isla Rey Jorge. Entonces comienza el cosquilleo, las mariposas en el pecho. Conozco eso, sé que hay algo que está por aflorar, y sé que ese algo tiene que ver con mi oficio de escritor. Pienso que todo esto tengo que escribirlo, contarlo, convertirlo en una ficción tan verdadera como real. No sé durante cuántos minutos estoy asomado a ese abismo creativo y a la vez destructor que es mi impulso narrativo. Vuelvo al avión cuando percibo que comienza a perder altitud. Vuela despacio, bajo, se sacude. Luego de un leve giro enfila hacia la pista. Aterrizaje suave. Tiempo nublado. Llovizna. Aguanieve. Un grado de temperatura. Dos bajo cero de sensación térmica. Mientras se abre la enorme rampa trasera del Hércules y el estruendo de los cuatro motores disminuye, alguien alcanza a gritar en mi oreja que, por suerte, la Antártida nos recibe con un día espléndido.

 

* * *

 

La isla Rey Jorge pertenece al archipiélago de las Shetland del Sur. Viene a ser el extremo norte de la Antártida. Su relativa proximidad con el continente americano (está a unos 900 kilómetros del punto más austral de América), su topografía no excesivamente escabrosa y las muchas exploraciones que hubo en la zona durante los siglos anteriores, hicieron que finalmente fuera el sitio escogido por varios países para establecer sus primeras bases científicas.


Los más veteranos dicen que ahora las condiciones generales de alojamiento y supervivencia en las bases allí instaladas son un paraíso comparado con lo que ocurría unas décadas atrás. Derceo Da Costa, un moreno curtido por los rigores de la vida militar, quien nos acompaña en este viaje, llegó por primera vez a esta zona del mundo en 1984 con la primera expedición uruguaya. En aquel tiempo, según recuerda, apenas si alcanzaron a montar unas carpas sobre la nieve para ponerse de inmediato a construir la edificación inicial de lo que iba a ser la base. Metieron pico y pala y trabajaron con una pequeña mezcladora de concreto durante cuarenta y ocho horas seguidas, sin detenerse siquiera para dormir, y lo hicieron casi un kilómetro más hacia la costa de lo que les habían recomendado los expertos chilenos y argentinos. Conclusión: la base uruguaya está situada en un lugar estupendo, de cara al Polo, recostada a una bahía y casi a los pies del pequeño glaciar Collins, que es un domo de hielo de veinte kilómetros de longitud que muere allí mismo, en la playa de piedras junto a la base.


Ahora, sin embargo, todo es distinto. La base chilena en la península de Fildes es, en comparación con el resto del territorio, una especie de Nueva York austral: hay un aeródromo al que todos llamamos piadosamente “aeropuerto”, varios edificios, una calle de tierra por la que circulan algunas camionetas todoterreno y, del otro lado, un pequeño pueblito donde vive un puñado de chilenos con sus familias. El lugar se llama Villa Las Estrellas y no pasa de ser un villorrio, pero lo cierto es que allí hay una escuela, una biblioteca, una sucursal del Banco de Crédito y una estafeta de correos, entre otros servicios. Según me informaron, una importante cadena multinacional de comida rápida planea establecerse con una sucursal. Aunque es seguro que el negocio será a pura pérdida, dada la escasez de consumidores y el altísimo costo del flete, la idea es usar el asunto como parte de una estrategia publicitaria global. El tema está en discusión, y la verdad es que no queda demasiado claro si eso es factible de acuerdo a las normas del Tratado Antártico. De todas formas, presumo que la fuerza del mercado acabará por imponerse.


Más abajo, por la misma calle de tierra que atraviesa el pueblito, se llega sin dificultad a las instalaciones rusas de la base Bellingshausen, cuyo emblema es la iglesia ortodoxa que corona una pequeña elevación a un costado del edificio principal. Estuve allí un domingo de ventisca durante la celebración de la misa. Apiñadas en el minúsculo templo, mientras el viento silbaba arriba en el campanario, unas cincuenta personas de diversas nacionalidades no salíamos de nuestro asombro al encontrarnos enfrentados al iconostasio en el que brillaban los arabescos de oro y las imágenes de los santos, con la Virgen María y el Niño Jesús en sus brazos.


El clérigo Sofrony Kirilov es un tipo joven, simpático, que canta la misa con una voz dulce que tiene un dejo de resignada fatalidad. Según ha dicho, no pasa un solo día sin que se maraville de la construcción en la que ahora brinda el servicio religioso: los troncos de la iglesia ‒tan perfectos que parecen salidos de una fábrica y no de un bosque‒ son de abeto siberiano, las campanas fueron fundidas en una legendaria acería de la época soviética y los íconos pintados, como Dios manda, por los mejores artistas de Pálej, un pueblo muy devoto y mundialmente famoso por sus miniaturas laqueadas.


Me cuenta que, desde el siglo XVI, los artesanos de Pálej se volvieron expertos en pintar estampas religiosas sobre paneles de madera, pero que después de la revolución de Octubre los vientos políticos cambiaron y esos mismos artistas tuvieron que dedicarse a fabricar pequeños estuches y cajitas de madera, bandejas y hasta simples tablas, a las que luego embellecían con escenas campestres y paisajes, todo ribeteado en pintura de oro y laqueado. Así se hicieron, por segunda vez, famosos a raíz de su arte y su buen gusto. Tras el desplome de la URSS, Pálej recuperó el antiguo oficio de realizar íconos, y lo ha hecho con esplendor: la iglesia de la Santa Trinidad, en la Antártida, es fiel testigo de esa tradición.


Sofrony vive en un contenedor de metal situado en lo alto de un risco, a pocos metros de la iglesia. Dice que ama la naturaleza porque ella lo coloca más cerca de Dios, y no se arrepiente de estar tan lejos de su país y de su familia. Al contrario: cree que cuando él regrese a Rusia todos serán más felices. Respecto a su labor religiosa, reconoce que no son muchos los que se llegan hasta la iglesia, pero él es optimista y considera que siempre debe tener las puertas abiertas para quienes, como nosotros, nos acercamos por única vez a ese sitio de oración.


Es un hombre que, a los 38 años, se ve fuerte y animoso. Le gusta explorar la isla con sus esquíes y trabajar en la carpintería de la base. Pese a la ventolera, al salir a despedirnos después de la misa Sofrony se toma su tiempo para saludar a quienes hemos llegado hasta allí y sacarse fotografías con nosotros. Sus ojos, de un azul intenso, trasmiten la serenidad necesaria para quienes van hasta el templo en busca de consejos o consuelo, y la sencilla alegría de quien está contento por recibir visitas: “ Los rusos no somos muy expansivos, pero acá arriba es diferente”.


Y vaya que lo es. La iglesia muestra una perspectiva única de la bahía. Tiene su campanario y una escalera exterior de madera para subir hasta él. Como silencioso recordatorio de las inclemencias del tiempo, unas gruesas cadenas ancladas a la roca sujetan con firmeza el techo del templo y la falsa cúpula coronada por la cruz ortodoxa. Da la impresión de que sin esas cadenas en cualquier momento el pequeño edificio de madera puede salir volando por los aires.

 

* * *

 

Cruzamos la bahía Maxwell en un zodiac de la armada chilena. A primera vista parece que no hay vida en toda la península. Apenas unas enormes masas de hielo de color azul, unos promontorios de roca pelada que se alzan sobre la costa, unos tanques de combustible construidos por los soviéticos, ya oxidados, y poco más. Sin embargo, alcanza con mirar el paisaje con cierto detenimiento para ver que en la orilla hay cosas que se mueven sobre la nieve, que van y vienen. De lejos parecen muñequitos, algunos de ellos corretean, otros se arrastran. Son pingüinos, focas, petreles. Más al sur, alguien dice divisar una ballena que se aleja mar adentro.


Sin embargo, en general la fauna allí es pobre en variedad aunque no escasa en individuos. No hay ni roedores ni moscas ni cucarachas ni mariposas ni hormigas, y el único mosquito nativo no tiene alas ni pica, aunque es una bestia capaz de sobrevivir prácticamente a todo: soporta meses de congelamiento, resiste un par de semanas sin oxígeno, como larva estira su ciclo vital hasta los dos años y se las arregla para alimentarse de microorganismos. En cuanto a la flora, sólo hay líquenes y musgos, y una única planta de verdad que tiene un nombre que es pura poesía: clavelito antártico. De todos modos, hay científicos preocupados por la presencia de especies no nativas que han llegado a las Shetland del Sur junto con el hombre, y que ya han comenzado su proceso de adaptación. Erradicarlas no será fácil, y dejar que se desarrollen implica un alto riesgo para el equilibrio del ecosistema.


Hay que tener cuidado, pues no todo es idílico allí. Tiempo atrás una foca leopardo mató a una joven oceanógrafa británica de nombre Kirsty Brown, quien trabajaba en la base Rothera, hacia el sur, en la isla Adelaida. Los elefantes marinos, en especial los machos, se ponen agresivos cuando uno se coloca entre ellos y el agua. Con cuatro o cinco toneladas de peso y grandes colmillos, no parece una buena idea interponerse en su camino. Las escúas, que son unos págalos de gran tamaño y plumas pardas, suelen ser feroces para preservar sus nidos, y además rapidísimas a la hora de robar lo que encuentran, desde alimentos hasta ropas. Tienen un pico que se asemeja al del águila, y una mirada que amedrenta. Alguien comenta que una escúa enojada es capaz de sacarte los ojos a picotazos sin darte tiempo a reaccionar. Supongo que será una exageración.


Y luego están el frío y el viento, que son socios naturales durante todo el año en la Antártida, incluso en un punto tan alejado del polo como la isla Rey Jorge. Hay una ecuación entre el frío, el viento y la sensación térmica. La maldita sensación térmica. Uno puede caminar durante dos horas trepando por los riscos de la costa sur, y cuando llega arriba se encuentra con unos paisajes extraordinarios, como de otro planeta. Una tarde hicimos esa expedición con Fabrizio Magno, quien porta ‒además de un nombre digno de emperador romano‒ un talante a prueba de obstáculos. A lo lejos, perdida entre la bruma, se alcanzaba a ver la achaparrada edificación de la base coreana King Sejon. Hacia el oeste nos topamos con el vértigo de los acantilados que caen a pique sobre el mar, la playa con las instalaciones de Bellingshausen y, al fondo, la quebrada silueta de la isla Nelson. Más cerca, hacia el otro lado, el paisaje es dominado por la cúpula del glaciar Collins.


Había estado al pie del glaciar esa misma mañana. Fui solo y sin equipo de comunicación, contraviniendo todas las normas de seguridad del campamento. Necesitaba pensar y se me ocurrió que ese sitio era el más adecuado, así que caminé durante media hora por las piedras de la costa hasta una pequeña ensenada, justo donde la mole de hielo azul se detiene contra el agua de la bahía. Comprendí que no había nadie más allí. Me acordé de Rita Nydal, una mujer a la que conocí en Suecia. Y de Camilo, mi joven amigo que vive en Italia. Pensé en mi vida y en mi muerte. Me sorprendí al descubrir que ese no era un mal lugar para morirme, lejos de todo, lejos de todos, sin aspavientos. Sentirla a ella, la muerte, rondándole a uno, cortejándolo y susurrando mentiras, es caminar por un filo. Se puede caer hacia un lado o hacia el otro. Es verdad que uno elige, pero hay que mirarla con fijeza, hay que saber decirle que no. No todavía.


Esa mañana mi memoria se disparó y pude coleccionar en un par de horas muchas historias que estaban hundidas en mí, quizá a punto de perderse, de borrarse para siempre. Esas historias gritaron allí, junto al glaciar. Supuse que debía hacer algo con ellas, pues yo no era el dueño sino apenas el depositario de las mismas. Tenía que compartirlas, contarlas, hacer justicia con los protagonistas. Tenía que escribirlas.


Antes del mediodía regresé al campamento de la manera más sigilosa posible, para evitar algún encontronazo con el jefe de la base. Llegué sin novedad y, tras el almuerzo, nos aprestamos con Fabrizio a cumplimentar el protocolo: nos vestimos con la ropa indicada, informamos de nuestra pequeña excursión hacia el promontorio, recogimos un equipo de comunicación y partimos.


El clima siempre les tiende trampas a los novatos. Tras la caminata, la trepada y el esfuerzo para llegar a los riscos, yo sentía un calor abrasador metido dentro de esa escafandra impermeable de algodón y poliéster. Sudaba y me sofocaba. Pero resultó que la brisa, que en el campamento era casi imperceptible, ahí arriba se convertía en un vientecillo que trasformaba de golpe los dos grados bajo cero de temperatura en una sensación térmica de menos once o doce grados. Tiempo máximo de exposición a ese frío sin moverse: quince minutos. Luego llegaría, artera, la hipotermia. La tentación de quitarse la capucha, el gorro de lana, los guantes y el pasamontañas, y aun de descorrer el cierre del abrigo polar, era resistida por la intuición de que un gesto tan sencillo como ese podía ser fatal. El instinto de supervivencia se impuso, así que al rato bajamos.


Es que allí cualquier descuido, por mínimo que sea, acabará por convertirse en un dolor de cabeza para todos. Un artista algo tarambana con un esguince de tobillo, por ejemplo, a medio camino en el glaciar (que todavía muestra algunas grietas inquietantes de esas que se abren en el verano) generaría la inmediata movilización de personas y recursos para implementar una delicada misión de rescate que, en los hechos, implicará arriesgar varias vidas. En tales casos, siempre están listos los socorros: la médica, que es una jovencita graduada en la Universidad de La Habana; el buzo, a quien todos le dicen “Orca” aunque se llama John; el chofer del  carrier sueco (un viejo vehículo para el transporte de tropas adaptado a las circunstancias), el radio operador, el jefe…


Si esto ocurre en pleno verano, las condiciones durante el invierno son inimaginablemente más duras. El coronel Gustavo Dal Monte, veterano de dos inviernos en la base uruguaya, me relata casi como al pasar que en una ocasión, en el mes de julio del año 2013, los nueve integrantes de la dotación que él encabezaba debieron permanecer cada uno en su respectiva casilla-habitación durante varios días, a raíz de una ventisca que llevó la visibilidad a nada, con rachas de cien kilómetros por hora y una sensación térmica de setenta grados centígrados bajo cero. Cayó un metro de nieve en unas pocas horas. Y luego la oscuridad de la noche polar. Y el aislamiento, sólo quebrado por las trasmisiones de VHF.


En tales circunstancias resulta claro que no hay retirada posible, que uno está literalmente en el fin del mundo y que deberá esperar casi seis meses para tener de nuevo contacto con otras personas. Así las cosas, el equilibrio emocional, la disciplina y el seguimiento de algunas rutinas básicas como el aseo, la alimentación, el ejercicio físico y la interacción personal, pasan a ser cuestiones de vida o muerte.


Según se cuenta ‒tal vez sea sólo una leyenda‒, en una base europea situada un poco más al sur, uno de esos aislamientos obligados a causa de una feroz tormenta de nieve terminó con una gresca en la que dos científicos resultaron apuñalados. Lo peor fue que durante las siguientes siete semanas la presión no tuvo válvula de escape: la reyerta no podía salir de las cuatro paredes donde estaban confinados por razones climáticas los heridos junto a los heridores y al resto del personal civil y militar de esa base. El resultado final no fue tan calamitoso como se podría suponer, aunque allí se prohibió para siempre el almacenamiento de alcohol y uno de los científicos regresó a su país mucho antes de cumplir su año de trabajo en el sur.


Un caso extraordinario y mundialmente famoso fue el de Jerri Nielsen, la cirujana norteamericana que en el invierno de 1998, mientras estaba en la base Amundsen-Scott, se descubrió un bulto en uno de sus senos y de inmediato comprendió que lo más probable era que estuviera desarrollando un tumor maligno. Las condiciones en esa base durante el invierno son las más extremas, y el aislamiento físico es absoluto. Se halla emplazada a los 89°59’51’’ de latitud sur, es decir a unos cien metros del Polo Sur geográfico.


La doctora Nielsen se practicó a sí misma dos biopsias. Tras estudiar los resultados, tanto ella como sus colegas en Estados Unidos ‒con quienes estaba conectada por vía remota‒ concluyeron que se trataba de un tipo de cáncer muy agresivo y que debía tratarse con quimioterapia de inmediato. Así dio comienzo una hazañosa aventura que incluyó arriesgados vuelos en la noche polar para enviar medicamentos y equipos especiales, que debieron ser lanzados en paracaídas en las inmediaciones de la base.


Según el relato de la propia cirujana, las heridas provocadas por las biopsias que ella misma se practicara no cicatrizaron debido al clima, la falta de luz solar y las dificultades propias de una intervención quirúrgica realizada en esas circunstancias. Durante dos meses mantuvo sus heridas cerradas artificialmente con pegamento, mientras los expertos de la National Science Foundation estudiaban en Arlington, donde la organización tiene su sede, todas las opciones posibles. Finalmente, el primer vuelo de la primavera pudo llegar hasta el aeródromo de la base casi cinco semanas después de lo previsto, a causa de los embates del mal tiempo.


La médica fue evacuada y operada con éxito en Estados Unidos, donde se le practicó una mastectomía radical. El cáncer remitió, ella se recuperó satisfactoriamente y contó su aventura en un libro titulado  Ice Bound, que resultó ser un éxito de librerías. Sin embargo, su historia no terminó bien: en el año 2005 aparecieron algunas metástasis en el cerebro, las que resultarían fatales. Jerri Nielsen murió en Southwick, Massachusetts, el 23 de junio de 2009, a los 57 años de edad.


El caso de Jerri no es menos excepcional que el del cirujano soviético Leonid Rogozov, un joven siberiano de veintiséis años que en el invierno de 1961, mientras estaba como médico general en la base polar Novolazarevskaya, debió operarse a sí mismo a causa de una apendicitis aguda. La base de la URSS había sido inaugurada unos meses antes, y estaba ubicada en la llamada Tierra de la Reina Maud. Se situaba a unos tres mil setecientos kilómetros del punto con servicios médicos más cercano en aquella época, en las costas de Nueva Zelanda. Él era el único de los trece habitantes de la base antártica que tenía conocimientos médicos. Fue auxiliado durante su auto operación, que duró dos horas, por el mecánico y por el meteorólogo de la estación, quien incluso tomó algunas fotografías del acto quirúrgico.


Quizá la virulencia de la guerra fría que enfrentaba a estadounidenses y soviéticos en aquel momento hizo que la hazaña de Rogozov pasara inadvertida para Occidente. Lo cierto es que cuando el médico regresó a Moscú fue tratado como un héroe. Después continuó sus estudios y tuvo una exitosa carrera como cirujano. Al igual que su colega norteamericana Jerri Nielsen, él falleció de cáncer. Fue el 21 de septiembre de 2000, en San Petersburgo. Tenía 66 años.

 

* * *

 

Un mediodía de sol, que había empezado con una nevisca al amanecer y que terminaría, unas horas más tarde, con una niebla espesa que helaba la sangre, fuimos a conocer la costa norte de la península para enfrentarnos al imponente pasaje marítimo conocido en la jerga de los nautas como “el Paso de Drake”. Se trata de una zona de aguas siempre revueltas, con oleajes de galerna y un sinfín de historias y leyendas referidas a naufragios, tempestades, olas de treinta metros y hasta una ballena blanca perseguida por un capitán loco.


Lo que sí es rigurosamente histórico es la presencia en la zona de Golden Hind, un galeón de once cañones por banda al mando del temible Francis Drake, el llamado “pirata de la reina”, quien se aventuró por aquellas aguas en septiembre de 1578 al mando de un grupo de perdularios de distintas naciones, todos deudores de la justicia. En honor al personaje esa faja de mar lleva su nombre.


Los españoles, por su parte, reivindican la elusiva figura del castellano Francisco de Hoces, un marino de grandes cojones y muy mala suerte, quien medio siglo antes que Drake, y habiendo perdido el rumbo por una tempestad con su carabela  San Lesmes en el estrecho de Magallanes, fue a dar justamente a ese pasaje que, aunque tormentoso como ninguno, mostraba una ruta franca y sin escollos entre los dos océanos. Así, en España conocen al Paso de Drake como Mar de Hoces, en recuerdo de aquel navegante que, por cierto, acabó desaparecido junto con su barco y toda la tripulación un año después, tal vez en la Polinesia francesa, a unos nueve mil kilómetros del mar que ahora lleva su nombre.


Desde el punto de vista geográfico, es el lugar donde confluyen con toda su potencia las aguas de tres océanos: el Atlántico, el Pacífico y el Antártico, el que pese a ser mucho más pequeño le otorga una dinámica única a las corrientes de toda la zona. Su temperatura, la fuerza de circunvalación de sus corrientes en torno al continente, y los sucesivos encajonamientos, confluyen en el Paso de Drake para convertirlo en un sitio endemoniado para navegar.


El lugar por el que transitamos es, qué duda cabe, de una belleza impresionante y única, con pequeñas ensenadas que sirven de refugio para focas, elefantes marinos, pingüinos, petreles y otras aves, entre las que se cuenta la poco hospitalaria escúa. Nuestro guía nos explica que hay varias especies y subespecies, que cada uno de esos animales es único, y que muy probablemente los que nos topemos en el camino vean en nosotros, por primera vez, a un ser humano.


Después de atravesar la península de Fildes de sur a norte en el  carrier sueco, y de caminar durante mucho rato por una amplia llanura cubierta de piedras, logramos encontrar un paso para vadear un pequeño arroyo de deshielo que nos cortaba el avance. Con dificultades, los miembros de esa mínima expedición abrimos trocha hacia los riscos de la costa, en las proximidades de Strigant Point. Vamos en búsqueda del Priroda, un refugio construido por los rusos que puede albergar a dos o tres personas en caso de emergencia.


Por fin lo encontramos. Arrinconado contra un barranco, de cara al Drake, por fuera tiene el aspecto de una casucha de lata, pero ha soportado en perfectas condiciones, durante treinta años, los furiosos vientos y el salitre. Se accede a él por una puerta de metal, tiene una pequeña ventana y adentro hay un catre, algunas mantas, comida enlatada para varios días, una mesa, una cocinilla a gas y un brasero para calentar el ambiente. Mide tres metros y medio de largo por uno y medio de ancho, y menos de dos metros de piso a techo. Es minúsculo. También hay, sobre la mesa, un sencillo cuaderno que hace de libro de visitas, en el que aparecen mensajes y agradecimientos en varios idiomas.


Entre los muchos mensajes me detengo en uno escrito por María del Carmen Domínguez, quien firma Karmenka. Ella es una española, especialista en el estudio de los glaciares, y además una amante de la naturaleza antártica. Por cierto que a mi regreso a Uruguay, busqué en Internet y descubrí que ella es doctora en Matemática y que profesa en la Universidad de Salamanca. Así que me puse en contacto con Karmenka, a quien mucho le emocionó que su sencillo mensaje, escrito en un cuaderno a los 62° de latitud Sur, haya recorrido medio mundo hasta aterrizar vía correo electrónico en su oficina de la universidad en España, a los 41° de latitud Norte.


Detrás del refugio Priroda, contra la pared del barranco, alguien ha construido una mesa y unos bancos de madera, como para invitar a los visitantes a detenerse allí y disfrutar de un almuerzo al aire libre. La mesa lleva muchos años a la intemperie y está algo deteriorada, pero los bancos lucen fuertes. La presencia de unas focas demasiado cerca de nosotros nos hacen desistir de la idea, no por temor a ellas sino para dar cumplimiento a las normas de comportamiento en esta zona del mundo. Una de esas normas prescribe no alterar la vida de los animales. La cercanía extrema les molesta, y además pueden contraer enfermedades trasmitidas por los humanos. Pienso en lo que había comentado el guía un par de kilómetros antes: cada animal es único. Esa foca que ahora me mira con curiosidad, quizás esté viendo por primera vez en su vida a un bípedo parlante. Tomando en consideración el comportamiento general de nuestra especie, no puedo menos que compadecerme de la foca.


Me saca de mis pensamientos la orden de partir. Así que, a pleno sol, me voy de allí con la rara sensación de que, quizá, en algún momento, una persona perdida pueda llegar hasta ese sitio para encontrar refugio y salvarse. En realidad hay unos cuantos refugios similares, desperdigados por todo el territorio antártico, y la mayoría aparecen debidamente marcados en los mapas. Son simples, funcionales, básicos. Pero más allá de su destino obvio como “balsa salvavidas” en tierra firme para casos de emergencias extremas, creo que cumplen otra misión más sutil pero no menos importante: son lugares que transmiten solidaridad sin condicionantes de ningún tipo. Unas personas han trabajado durante varios días en un lugar remoto ‒que no les pertenece ni les pertenecerá nunca‒ construyendo un humilde refugio que casi con seguridad no usufructuarán. Luego otras personas lo abastecen con lo más necesario y después, al terminar la tarea, el sitio queda marcado en un mapa. Cualquiera puede llegarse hasta allí, no importa cuándo ni en qué circunstancia: la puerta siempre estará abierta. Las latas de comida son cambiadas periódicamente y, cada tanto, se hacen algunas reparaciones imprescindibles. Esas tareas las ejecuta el que pasa por allí, o alguien que va expresamente a renovar los víveres. Gente de cualquier nacionalidad, de cualquier credo, de cualquier profesión.


Un náufrago, un caminante exhausto, un investigador extraviado. Quién sabe qué puede pasar en aquella inmensidad. Eso puede ocurrir ahora, en el invierno próximo o dentro de cincuenta veranos. Los que llegamos hasta esa pequeña ensenada y visitamos el refugio Priroda, los que dejamos nuestro saludo en el libro de visitas y contemplamos desde allí la bravura del mar en el Paso de Drake, nos vamos reconfortados. Nos llevamos una discreta sensación de victoria, no nuestra en particular, sino de la especie a la que pertenecemos. No todo está tan mal después de todo. Se me ocurre que no estoy en el fin del mundo como creía, sino acaso en el principio.

 

* * *

 

El regreso a casa tras un viaje azaroso es una experiencia que siempre nos remite a los orígenes, al miedo atávico a perder el rumbo y quedar entrampados en algún tipo de laberinto. En este caso hay una mezcla de alivio y repentina nostalgia cuando el Hércules levanta vuelo y dejamos atrás la península de Fildes. Sentado al pie de la cabina, en uno de los bancos laterales, entre catres de campaña y grandes bolsos de impedimenta, veo rostros alegres y despreocupados.


El alivio es puro instinto de supervivencia: cada uno de los que viajamos en el avión sabemos que en esa región del planeta cualquier cosa le puede pasar a cualquiera, así que al abandonar la Antártida nos instalamos, mentalmente por lo menos, en una zona de seguridad mucho más confortable. Pero la nostalgia, en mi caso, es demasiado precoz como para ser verdadera. Es un sentimiento del que desconfío. A fin de cuentas, la Antártida permanece como una comarca que se ubica más allá de nuestras posibilidades. Quizá esa especie de atolondrada melancolía que me abruma no sea sino la certeza de que atrás queda una experiencia que nunca volveré a repetir.


Supongo que el afán, insensato y en ocasiones suicida, mostrado por muchos exploradores en la conquista de ese espacio de mundo tan hostil, reflejó en su tiempo no solamente ambiciones y codicias, sino el horror ante la sola existencia de semejante vacío y la necesidad de llenarlo. Se trata de un territorio inmenso, bastante más grande que Europa, que literalmente carece de historia. Allí, hasta fines del siglo veinte, el hombre no había podido construir un relato histórico, es decir una crónica de sí mismo. Las coordenadas establecidas por las academias no resultaban practicables, pues en los confines del sur no existía nada para aferrarse a ese concepto: ni antecedentes, ni antepasados, ni ruinas, ni rastros. Tampoco era probable la elaboración de una “historia natural” a la antigua usanza. Darwin ni siquiera pudo acercarse a sus costas.


Es lógico que, en tales circunstancias, los intrépidos exploradores del pasado pujaran más por dejar su propia marca que por encontrar la de otros. Ya sabían que la historia estaba por escribirse y que era necesario terciar para que ello fuera posible. Algunos, como el propio Amundsen, lo hicieron de manera explícita y con geniales golpes de efecto. Otros, como Dumont D’Urville, fueron empujados por las circunstancias, o simplemente por el viento, como los ya mencionados Drake y Hoces. Todos contribuyeron de alguna manera a crear la Antártida, ese mundo lleno de vacío que es, también, un vacío lleno de mundo.