La sola 


 

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Cuando llegó el invierno mi tarea de repartir diarios en Suecia fue de verdad dura, porque hubo muchas madrugadas con temperaturas de ocho, diez o doce grados bajo cero. De todas formas, era un buen salario por unas tres horas diarias de trabajo. Me mantenía en forma ya que debía recorrer varios kilómetros en bicicleta y, por si fuera poco, me dejaba casi todo el día para hacer otras cosas.

Fue durante ese crudo invierno de 1983-1984 que aconteció lo de la señora Nydal. Creo recordar que ella se llamaba, según la etiqueta de suscripción del periódico, Rita Nydal, y vivía en un pequeño chalé en la calle Furir, del otro lado de la Amiralsgatan, una ancha avenida que atravesaba casi toda la ciudad de este a oeste. Era la única suscriptora en cuatro cuadras a la redonda, de manera que yo solía maldecir a esa clienta que me obligaba a desviarme bastante de mi ruta para llevarle el diario todas las madrugadas.

La recuerdo perfectamente pues ella, pese a la hora, siempre esperaba detrás de la puerta de su casa la llegada del periódico. Con el correr de los días, quizá impresionada por mi puntualidad, comenzó a tener gestos amistosos. El primero de ellos fue esperarme con la luz del porche encendida, la que apagaba de inmediato luego de que yo dejaba el Dagens junto a su puerta. Más adelante, en ciertas ocasiones, tenía algunas luces encendidas dentro de la casa, como para señalar que, pese a la hora  -apenas si eran las cuatro y diez de la madrugada-, ya había actividad en el hogar. Una vez entreabrió la puerta y estiró la mano para tomar personalmente el diario. Era una mano sarmentosa y, según me pareció entonces, casi traslúcida. Así que la señora Nydal era una anciana.

De cualquier manera, la casa en la que vivía era encantadora y lucía muy cuidada. De una sola planta, con un techo de tejas a cuatro aguas, adelante mostraba un jardín con un arbusto prolijamente topeado y algunas plantas. Como era costumbre en esa región de Escania, el predio de la casa apenas estaba delimitado por un seto. Todo impecable. No había buzón en la puerta del jardín, sino una pequeña chapa con el apellido: Nydal.

En más de una ocasión pensé en la dueña de esa casa y en su vida. Imaginé a su familia: debía de haber un señor Nydal, quien muy probablemente estuviera jubilado, y algún hijo cuarentón en alguna parte. Pensé en nietos, en veranos pasados en una finca en Småland. 

Nunca llegué a ver su rostro, porque uno de esos días de invierno la tal señora desapareció. La luz del porche siempre estaba apagada y los periódicos se acumularon junto a su puerta durante las siguientes dos semanas, hasta que la suscripción venció, así que ya no tuve que ir más a su casa. Pensé que la anciana de la Furirgatan se había marchado a otra parte, tal vez a vivir con algún hijo, o simplemente a una casa de salud. Todavía hacía mucho frío como para suponer que ella pudiera estar en Småland. También pensé que, debido a su edad, quizá hubiera fallecido.

Diez meses después me enteré de que habían encontrado el cuerpo de la señora Nydal, de 84 años, en su casa de la Furirgatan. En la cartelera del centro parroquial estaba el nombre y había una foto, así que allí pude ver su rostro por primera vez. Era una imagen sobria: una mujer de pelo blanco peinado con cuidado y un collar de fantasía sobre el pecho. En la foto tendría unos setenta años. Lo cierto es que la hallaron tendida junto a la puerta de entrada a la casa. Así había quedado hasta que un reclamo de los vecinos por malos olores alertó a la Policía. Los tipos primero cortaron el suministro eléctrico, por si acaso, y luego forzaron la puerta y se encontraron con el cadáver. Según dijeron, ella había muerto de causas naturales “bastante tiempo atrás”. Supuse que era el fin de la historia.

Pero no, había más. Después de varias semanas supe que la señora fallecida era la viuda de Ove Nydal, que la sobrevivían dos hijos y un nieto ya adolescente, y que uno de sus hijos vivía a unas pocas cuadras de su domicilio. La deducción fue tan simple como amarga: el hijo de Rita Nydal, que era además su vecino, no la visitaba “casi nunca”, según dijo en una entrevista con un diario local. Tampoco la llamaba por teléfono, ni siquiera para interesarse por su estado de salud. “Ella estaba muy bien”, se excusó el tipo. “Yo a veces la envidiaba”.

Hubo muchos casos como el de Rita Nydal. Tantos, que en algunas ciudades se creó un grupo para tratar las situaciones de “muertos en soledad”. Se trataba de un pequeño equipo encargado del trabajo desagradable: relevar el domicilio donde había sido hallado el cuerpo, buscar indicios de lo ocurrido con la familia, hablar con los vecinos, llamar a los parientes para avisarles de la pérdida, y tomar los recaudos legales correspondientes en cada caso.

El periodista Thomas Kristiansson, quien trabajaba en el diario Göterborgs Posten, contó la historia de Ingvor Kamperin y Elisabeth Lerström, las dos funcionarias de la repartición encargada de ese asunto en el ayuntamiento de Gotemburgo. Hace una década, estas dos mujeres atendían unos cincuenta casos al año, es decir casi uno por semana, sólo en esa ciudad. El cuadro siempre era el mismo: personas en su mayoría ancianas, que vivían solas, a las que el servicio social les pagaba las cuentas directamente en el banco, y a quienes los familiares no visitaban ni llamaban por teléfono. En su artículo, Kristiansson narró con lujo de detalles el caso de un hombre de 81 años al que identificó apenas como “Harry”, quien murió en pleno centro de Gotemburgo, en un apartamento de 50 metros cuadrados, rodeado de vecinos, sin que nadie se diera por enterado hasta que el tufo de la parca fue insoportable y debieron llamar a la Policía. Después de varias semanas de trabajo, Ingvor y Elisabeth lograron contactar a dos hermanos del fallecido Harry, con quienes llevaron adelante los trámites más elementales: borrar al muerto de los registros del seguro social, proceder a su cremación, limpiar la vivienda y repartir los ahorros.

No sólo en Suecia es muy frecuente la costumbre de morirse a solas y en silencio, pero en ese país, con el paso de los años, la tarea de atender los asuntos pendientes de quienes así fallecían acabó por ser una profesión. En sueco se le llama boutredare y en muchas ciudades la autoridad municipal dispone de una oficina con personas encargadas de ese poco edificante trabajo.

María Berg, una dulce religiosa perteneciente a la Iglesia Protestante y que ejerce la diaconía en la parroquia de Skarpnäcks, en el sur de Estocolmo, le confesaba hace poco al periódico Svenska Dagbladet que en muchas ocasiones tuvo que brindar servicios religiosos a fallecidos sin que compareciera nadie a la ceremonia. Ahí estaba María, a solas con el muerto o la muerta. Cantaba algún salmo ante el féretro, elevaba sus plegarias y eso era todo. Ella se consoló ante el periodista:

‒Al final, todos estamos solos ‒dijo.


Fragmento de "Soledades" (La vida y los papeles, Seix Barral, 2017)