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Diciembre de 2019.

Rarezas


Palabras de presentación del libro "Cien veces Benedetti", pronunciadas el 11 de diciembre de 2019 en la sede de la fundación que lleva el nombre del gran escritor uruguayo. Con la misma se dio inicio a las celebraciones nacionales por el centenario del autor, nacido en Paso de los Toros en 1920, y fallecido en Montevideo en 2009.


Este libro enseña algunas rarezas que me interesa destacar. Enseña con notable claridad que el reconocimiento y la valoración internacional de Mario Benedetti empezaron antes, bastante antes, de las persecuciones que él y todo el Uruguay decente sufriera en las décadas de 1970 y 1980. Digo esto porque en distintos ámbitos domésticos, algunos de ellos académicos, se ha insistido con la curiosa teoría de que la indiscutida estatura mundial de Benedetti nació junto con su exilio.
 

Eso es falso. Su prestigio nació y creció con sus textos, traducidos, estudiados en muchas universidades y leídos en todos los continentes (incluida la Antártida). El libro lo muestra, lo cual resulta además de justo, útil. A través de testimonios, fotos, cartas y pequeños ensayos, se aprecia cómo ya a mediados de los años 60 del siglo pasado sus cuentos, sus poemas, sus novelas y sus ensayos estaban en la más atenta consideración de lectores, escritores, catedráticos y traductores en América Latina, en Europa y en los Estados Unidos.
 

Señalo que es una rareza porque, por distintos motivos −que no es de buen tono mencionar aquí−, hay un cierto Uruguay intelectual que ha sido bastante opaco con respecto a este punto. No hablo de las consideraciones críticas sobre su obra, ya sean positivas o negativas, que no solo son atendibles sino muy necesarias. Hablo de una valoración emocional agriada, de talante poco amoroso -en algunos casos- y abiertamente beligerante en otros.

Esto me lleva a la segunda rareza que el libro enseña, y enseña muy bien. Mario Benedetti, al igual que su amado José Martí −al que estudió en profundidad− tenía fe «en el mejoramiento humano y en la utilidad de la virtud». En otras circunstancias de esta época, esa fe podría sonar démodée o, como se estila decir con cierto menosprecio, «buenista». Pero ahora, justo ahora, es más pertinente que nunca. Así de simple, así de complejo. 

Y en Mario Benedetti, esa integridad de carácter ético se expresó sin interrupciones a lo largo de su vida como escritor, y también como ciudadano. Y se expresó en múltiples instancias, casi siempre en situaciones difíciles, a veces en ocasiones anómalas por decir lo menos, o extremas y con riesgo de vida. Se la tenían jurada, y se salvó por los pelos, o mejor dicho por la solidaridad cubana. 


Digo que es una rareza porque vivimos una época en la que según parece todo debería ser fácil, o más aún, facilongo. Las explicaciones se vuelven coartadas; los problemas, queja; las ideas pasan por ocurrencias. En Benedetti se expresó aquella verdad: cuando aparecen las dificultades verdaderas −no las derivadas de una mera pose o un puro afán de malditismo−, es porque detrás hay un compromiso, ya sea estético, social o político. En definitiva, ideológico (y perdón por la antigualla).
 

Tal fue el caso de ese hombre centenario al que ahora celebramos, ese «bicho raro» de la literatura, como lo llamó Galeano. Nadie podrá acusar nunca a Mario Benedetti de haber abandonado el camino para sentarse a descansar, o para acomodarse en alguna poltrona del poder, o para despotricar desde una torre de marfil. Y como todavía quedan anticuados que creen -creemos- en la utilidad de la virtud, esta segunda rareza que muestra el libro me resulta estupenda porque nos sirve a todos: nos invita a pensar. 

Una noche, hace veinte años o más, durante una cena en la casa de mi comadre, la poeta Silvia Guerra, Mario Benedetti nos dio a ambos, disfrazado de broma, un buen consejo literario, que suena mucho más sencillo de lo que es: «Aprovechen cada palabra y cada letra», dijo. Como todo en él, decía cosas que parecían estar allí, a la mano, pero que a nadie se le había ocurrido decir antes.  


Aprovechar cada palabra y cada letra, dijo aquella vez. Espero, en esta ocasión tan importante, no haberlo defraudado. ~ 
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  © FERNANDO BUTAZZONI, 2019. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

 


Octubre de 2019.


Diversidades

El siguiente texto fue escrito con motivo de los 60 años de la Casa de las Américas. Fue leído durante una mesa redonda realizada en la 42a. Feria Internacional del Libro de Montevideo, el día 8 de octubre de 2019.

 

Lo primero que hubo en la Casa de las Américas fue un reconocimiento de la multiplicidad cultural, social, lingüística y étnica de América Latina y el Caribe -y subrayo: el Caribe. El hispánico pero también el Caribe anglófono, el francófono, el créole-, y sus vínculos con las culturas del resto del mundo.


Esa diversidad fue acogida por la Casa de las Américas desde el inicio. Ya en 1959, apenas inaugurada como institución, su primera actividad pública fue la organización de un concierto de músicos cubanos y estadounidenses. De inmediato siguieron otros agites, algunos de ellos insólitos para los valores culturales del establishment  latinoamericano del momento, como por ejemplo la recepción de cientos de campesinos pobres e iletrados, llegados desde los rincones más apartados del país a La Habana con motivo de la primera celebración del 26 de julio, que pasó a ser el "Día de la Rebeldía Nacional".


Pues bien, la Casa albergó a esos campesinos en su sede, les dio comida, organizó con ellos paseos y charlas. Fue una acción cultural extraordinaria, casi tanto como el hecho de que un gobierno latinoamericano dedicara un día a consagrar la rebeldía, cuando casi todos se empeñaban en consagrar la sumisión.


Enumerar las causas de esta vocación cultural excede estos apuntes, pero sí debe decirse que la misma fue una de las consecuencias de un hecho novedoso, de profunda significación histórica y de enormes repercusiones sociales y políticas en todo el mundo: la revolución cubana.


La Casa de las Américas se fundó en abril de 1959, menos de cuatro meses después de la entrada de los barbudos en La Habana. Hay que imaginar aquel tiempo, aquella sucesión cotidiana de terremotos sociales y políticos en toda Cuba. Imaginar a un gobierno de hombres y mujeres jóvenes, enfrentados a los monumentales desafíos de dirigir un país que, además, aún vivía el caos bullicioso de la libertad recién conquistada. Y fue en medio de esa vorágine que el nuevo gobierno decidió crear una institución cultural: Casa de las Américas.


Pues bien, la acogida de la Casa de las Américas a esa diversidad múltiple y compleja -primero de Hispanoamérica, luego de Brasil y del mundo Caribe-, significó que por su emblemático edificio del Vedado pasaran, durante estas seis décadas, actores culturales de muchas disciplinas que ya tenían, o que tuvieron después, una gran relevancia a nivel mundial: Miguel Ángel Asturias, Simone de Beauvoir, Jean Paul Sartre, Carlos Fuentes, Dario Fo, Alejo Carpentier, Wole Soyinka, Rigoberta Menchú, José Lezama Lima, Pablo Neruda, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar. Y por supuesto, los nuestros: Onetti, Carlos María Gutiérrez, Idea, Benedetti, Galeano, Viglietti, Coriún, por citar solo a algunos de los que ya no están entre nosotros.


Un apunte al margen, pero no tanto: decenas de premios Nobel pasaron por Casa de las Américas en estos sesenta años. Y cuando digo pasaron, me refiero a que estuvieron y dejaron su marca, casi siempre buena, en sus salones, en la editorial, en las páginas de la revista Casa.


Las diversidades acogidas por Casa de las Américas fueron el motor y a la vez el combustible para el intercambio, el debate, la confrontación y los experimentos, que en muchos casos se convirtieron en hechos culturales, sociales, políticos e ideológicos relevantes. Hubo centros y hubo extremos. Desde Roque Dalton y Claribel Alegría por un lado, hasta Fernando Henrique Cardoso y Mario Vargas Llosa por el otro; desde el exteriorismo militante de Ernesto Cardenal a la poesía beat de Allen Ginsberg; de Luigi Nono a Mercedes Sosa y Pete Seeger; de la sociología de Florestán Fernandes a la antropología de Darcy Ribeiro. El arte cinético con Julio Le Parc, la alfarería con Alfonso Soteno, el nuevo cine latinoamericano con Fernando Birri y el Nuevo Hollywood con Steven Spielberg: todos ellos pasaron por Casa de las Américas.


Es verdad que la institución no fue ni es el único espacio de intercambio, diversidad y diálogo horizontal de América Latina y el Caribe, pero fue el primero en pensar lo latinoamericano y caribeño de manera integradora y, sobre todo, fraterna. Fue el primero y, sin dudas, el más importante, abarcador y duradero. Porque fue y es, además, desprejuiciado y plural.


Prueba de esa capacidad y persistencia son los nombres más recientes que han pasado por la Casa, y que reafirman estas fantásticas diversidades sostenidas -me consta- contra viento y marea. Por citar caprichosamente nada más que a unos pocos colegas de otros países, menciono a Samanta Schweblin, Héctor Abad, Mario Bellatin, Rodrigo Rey Rosa, David Toscana, Diamela Eltit, Pedro Lemebel.


En este brevísimo recorrido por las diversidades acogidas por la Casa de las Américas he nombrado a pocas mujeres. Quiero nombrar entonces a una, para nombrar así a todas las demás que, con sus talentos, sus virtudes y sus pasiones llenas de esperanza también construyeron la Casa: Haydée Santamaría. Alma y vida de la Casa de las Américas aun después de su muerte. Me atrevería a decir que más alma y más vida ahora que antes, mañana que hoy.  ~

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Marzo de 2019.

 

La banalidad del bien

Lo que sigue es el texto del discurso pronunciado en la sede de la Nueva Congregación Israelita de Montevideo, al cumplirse el tercer aniversario del asesinato de David Fremd, ocurrido en la ciudad de Paysandú, a manos de un yihadista.


 

Aunque resulte obvio, creo que es necesario decirlo: el título de esta reflexión es una paráfrasis −muy utilizada, por cierto− de aquella desconcertante y exitosa ocurrencia empleada por Hannah Arendt cuando publicó su trabajo sobre el juicio a Adolf Eichmann en Jerusalén, que ella subtituló «Un informe sobre la banalidad del mal». Lo elegí porque en buena medida ilustra algunas de las cuestiones a las que me quiero referir hoy, que tienen relación con la frivolidad en los enunciados, la subjetividad en el proceso de la información, el escaso rigor en el uso de las palabras y en el análisis de los hechos y, también, la forma en que muchas personas dan vuelta la cara para no ver los verdaderos dolores de nuestro tiempo. 


Todo ello está condensado en el subtítulo del libro de Arendt, casi tan infeliz como buena parte de su contenido. Ella, una estudiosa del pensamiento, no pudo lidiar con la realidad. Aunque ya bastante se ha polemizado sobre el asunto, hay que decir que esa actitud mantiene una sorprendente vitalidad y, a propósito del tema que nos convoca, merece ser revisada una vez más. 


Con respecto a Eichmann en Jerusalén, solo un apunte: muchos estudiosos se han preguntado durante décadas qué fue exactamente lo que quiso decir Arendt con esa expresión tan original: «la banalidad del mal». Yo me he preguntado, en cambio, algo más modesto y menos intrincado: ¿a quién sentó ella en el banquillo de los acusados en el libro que escribió sobre el juicio a Eichmann? En sus páginas se puede leer cómo sentaba en el banquillo al fiscal de la causa −y junto con él al primer ministro Ben Gurión−, al abogado defensor de Eichmann, a los consejos judíos de la Europa ocupada durante el nazismo (es decir a muchas de las víctimas del Holocausto) y también al, por aquel entonces, nuevo Estado de Israel. 


El que salía bastante bien parado en el libro de Arendt era el propio Eichmann: que si era un discapacitado social, que si sufría una «anestesia del pensamiento», que si tenía una especie de amnesia moral o hablaba con frases hechas y sin sustancia, que si había leído o no había leído a Kant.


Ese mecanismo de modificar el peso de las culpas y hallar grietas originales o cuando menos ocurrentes, existan las mismas o no, en el caso del pueblo judío se ha repetido una y otra vez a lo largo de la historia, antes y después del Holocausto. Y se sigue repitiendo, incluso por parte de algunos judíos, como fue el caso de la propia Hannah Arendt. 


Pero lo interesante, y dramático, es que en este Uruguay del siglo veintiuno, también se repite. Las formas cambian, las palabras quizá sean otras, aunque en el fondo se trata de la misma retórica. La víctima pasa a ser sospechosa y el victimario no es sino el resultado de avatares de la historia y de complejas anomalías personales. 


El mal no tiene, no puede tener, ninguna arista banal, ni siquiera en lo referido a responsabilidades meramente administrativas o burocráticas. Es probable que sus ropajes, los mantos de realidad con los que se cubren sus verdaderas intenciones, puedan engañar al distraído y mostrar la apariencia de una cierta banalidad. Pero el mal es eso y nada más que eso: mal. El único sustantivo abstracto que soporta es autorreferencial: maldad. No se puede hablar de la tristeza del mal, ni de la oportunidad del mal, ni de la banalidad del mal. Decir «la banalidad del mal» es justamente eso: banalizarlo con el lenguaje, que es la forma más peligrosa de subestimarlo.


Pero sí se puede hablar de la banalidad del bien, de la intrascendencia, la ligereza, el carácter inerte de ciertas formas de entender y ejercer el bien. Me refiero a esas anodinas formas del cumplido que consisten en compungirse y olvidar. El mal en cualquiera de sus formas no se puede hacer −o desear siquiera− de forma ligera o intrascendente. El bien sí. Y de eso la sociedad contemporánea tiene abrumadoras muestras. El Uruguay las tiene. Esa banalidad del bien, caracterizada por la ausencia de compromiso y el desentendimiento de los problemas comunes, no conoce fronteras educativas ni culturales ni sociales ni políticas ni ideológicas. Tampoco conoce de fronteras religiosas.


El asesinato de David Fremd en marzo de 2016 en Paysandú provocó de inmediato, como era esperable, gran cantidad de pronunciamientos, gestos, mensajes y opiniones. Muchos de quienes manifestaron su pesar por la muerte de David lo hicieron con honestidad ante el estupor de lo incomprensible. «¿Cómo es posible que en Uruguay ocurran estas cosas?», era la pregunta recurrente. Cuando se referían a «estas cosas», esas personas e instituciones hablaban, de manera recatada, del antisemitismo criminal de quien empuñó el cuchillo aquel día, aunque no daban cuenta de la presencia de un yihadista entre nosotros.


Eran expresiones con un recto deseo de bien. De hacer el bien y de decir el bien. Pero en el fondo esa pregunta −y aun el pasmo que la generaba− resultaba banal. Era una pregunta «políticamente correcta» y nada más. Para despojarla de su banalidad había que buscar las posibles respuestas, por más desagradables que fueran. Y había que remontarse a otra pregunta mucho más incómoda y, quizá, inoportuna aun hoy: «¿Por qué no habrían de ocurrir estas cosas en Uruguay?» 


La judeofobia y la prédica antisemita, alimentadas tradicionalmente de oscurantismo religioso, ignorancia, racismo, teorías seudocientíficas, prejuicios y mentiras, han estado presente en nuestro país desde hace muchos años, con distintos aspectos y colores, más solapada en unos tiempos, más explícita en otros. Distinguidos catedráticos las practicaron, y empresarios muy prósperos, y también dirigentes sindicales, editorialistas relevantes y tribunos políticos de primera fila. Ellos tuvieron sus seguidores. Hubo, por ejemplo, legislación referida a ciertos inmigrantes (llamados en una primera ley  «indeseables») que, leídos desde el presente su texto y su contexto, tuvo claros componentes antisemitas. Hubo periódicos muy importantes que predicaron esas ideas sin tapujos. Hubo una Sociedad Uruguaya de Eugenesia, Biotopología y Ciencias Afines, que propugnó en su momento «el mejoramiento genético de la especie» o «la raza”. (Algunos eugenistas uruguayos hablaban de la especie humana y otros, más entusiastas, del mejoramiento de la raza). Y hubo también, de forma esporádica a lo largo de casi todo el siglo veinte, episodios desgraciados, desde la prédica pública contra muchos judíos, llamados despreciativamente “corbateros” y “vendedores de chucherías” hasta amenazas, acosos y atentados. 


El nazismo primero, la guerra después y el conocimiento de lo que había significado el Holocausto, modificaron ese clima social y atemperaron aquellos ímpetus. Pero la semilla estaba ahí. «Estas cosas», que habían pasado en el Uruguay de los años 30, resurgieron a comienzos de la década de 1960 y en determinado momento llevaron a homicidios y ataques sangrientos, perpetrados contra integrantes de la colectividad judía. Y luego ocurrió lo mismo durante la década de 1980. Hay quienes aseguran que los predicadores del mal siempre fueron unos pocos. Es discutible la cantidad, pero en todo caso, por menos que hayan sido sin duda fueron demasiados.


Cuando ocurrió el atentado en Paysandú, hace ya tres años, un periodista muy notorio opinó en un artículo −me consta que de buena fe− que el terrorista que ejecutó el crimen de David era «un loco suelto». Cabe entonces preguntarse: ¿Acaso David murió porque en su camino se atravesó un loco suelto? La respuesta es No. David murió por ser judío. Y a los pocos días, en un editorial un periódico indicó que el episodio mostraba un extremo inquietante de la inseguridad ciudadana. Cabe preguntarse: ¿Acaso murió David por la inseguridad existente? La respuesta es No. David murió por ser judío. Y, en Montevideo, algunos panelistas de televisión señalaron que el ataque tuvo que haber sido el resultado de una ira repentina y ciega. ¿Es que acaso David murió por la súbita ceguera de un desquiciado? La respuesta es No. David murió por ser judío, por su condición de judío. Eso hay que decirlo con voz fuerte y clara, tal como hicieron las organizaciones judías ni bien ocurrió el atentado. 


Y también hay que decir, con la misma claridad, que el asesino lo mató porque era un extremista musulmán, porque se había convertido al islam, se había cambiado el nombre, había ido a orar a una mezquita, había leído el Corán y, según él mismo dijo, Alá le había mostrado el camino. Puede sonar delirante, pero episodios muy similares han ocurrido en otras partes: en París, en Buenos Aires, en Madrid, en Bruselas, en Pittsburgh. Puñaladas, balazos, atropellamientos masivos, bombas, chalecos explosivos.


En su momento surgió la duda y la pregunta, que yo me atrevo a calificar de uruguayísima: «¿Qué tan musulmán puede ser un maestro de escuela, criado en un ambiente laico, educado en el ideal vareliano, que además no habla ni una palabra de árabe ni sabe muy bien dónde queda La Meca?» Ante eso cabe recordar que cientos de jóvenes europeos, la mayoría hijos de familias acomodadas y sin ningún contacto con la cultura islámica, se enrolaron en las hordas de ISIS. ¿Qué tan islamistas podían ser esos muchachos y esas muchachas? Es como cuando Borges compara y se abisma, en su Poema de la Cantidad, con las pocas estrellas que hay en el cielo de Concord: «Aquí son demasiadas las estrellas/ El hombre es demasiado», escribe. 


Bueno, sobre el alma o la mente o lo que sea que hay dentro de un terrorista islámico, llámese Abdullah Omar o como se llame, podríamos decir lo mismo: «El hombre es demasiado». A veces demasiado ingenuo, a veces demasiado malo y a veces demasiado incomprensible. Insondable como plantea Borges, es cierto. Pero no por ello menos responsable de sus actos.   


No se debe ser complaciente con hechos que agreden de manera tan severa la razón común. Para ello hay que empezar por no ser complaciente con las palabras que refieren esos hechos. La sobriedad nunca puede estar reñida con el relato correcto de episodios debidamente probados. Acá no se trata de interpretar la historia, los asuntos del pasado siempre debatibles, sino de establecer con rigor los hechos del presente, los que todos vivimos. Esa quizá sea una de las claves de la convivencia, aunque no lo es de la tolerancia. Una dice. La otra calla.


Es mil veces preferible una convivencia difícil a una tolerancia fácil. Las relaciones humanas, para alcanzar su plena dignidad, deben estar varios escalones por encima de eso que forma habitual se llama «tolerancia». La tolerancia esconde o un equilibrio inestable, siempre precario, o una injusticia básica, una relación desigual de poder: están los que toleran y los que son tolerados; el tolerante que decide por sí mismo cuándo dejará de serlo, y el tolerado que ruega para que ese momento nunca llegue. La convivencia, en cambio, es un término que propone un vínculo más directo, una interacción que estará marcada no solo por las leyes sino también por la educación, la cultura y el civismo. Compartimos el aire, el tiempo, la noche. Es un espacio en el que todos interactuamos.


Cuando ocurrió el asesinato de David, una parte importante de la sociedad uruguaya respondió con seriedad y contundencia ante aquel episodio que trasladaba, de forma artificial pero sangrienta, el marketing político de la llamada «intifada de los cuchillos» de Israel al Uruguay, de Jerusalén a Paysandú. Sin embargo, por más áspero que resulte, debe decirse que frente a esa contundencia hubo otra parte de la sociedad uruguaya que no supo, no quiso o no pudo estar a la altura de las circunstancias.


Hubo varios puntos ciegos en la comunicación social del hecho. Desde quienes con liviandad calificaron el crimen como un mero «incidente» y lo achacaron al desequilibrio síquico de un hombre, hasta aquellos que consideraron el notorio y virulento antisemitismo del asesino, predicado a voz en cuello durante más de una década, como «una inofensiva patología personal». Así, a la terrible agresión a los derechos humanos que significó el homicidio, debe sumarse la omisión a los deberes humanos por parte de algunos ciudadanos y medios de comunicación. Pienso en el universo mediático uruguayo, incluidas Internet y las redes sociales, esos sitios donde uno puede recorrer a golpes de clic el laberinto del racismo y la xenofobia.


Sobre esto en particular quiero subrayar que el carácter en general anónimo de esas prédicas de odio a veces tiende a desdibujar la percepción de su gravedad. Pero es al revés. Debería ser doblemente alarmante: primero porque es justamente ese anonimato −un anonimato que como todos sabemos no es sino una ilusión− el que permite que afloren las expresiones xenófobas y racistas que existen de manera solapada en nuestra sociedad; y segundo porque dichas expresiones constituyen la mayoría de las veces un delito que está claramente definido y penado por la ley, pero que en general no se persigue salvo contadísimas excepciones. 


El procedimiento seguido por algunos antisemitas profesionales cuando ocurrió el atentado de Paysandú fue el mismo que siguiera en 1962 Hanna Arendt, aunque bastante menos sutil: fue una inversión de los roles. David pasó de ser víctima de un ataque terrorista a ser sospechoso de algo, de nada, de cualquier cosa. Se llegó al colmo de afirmar, desde el anonimato de los foros de Internet, que (y cito) «si era judío podía haberse ido para Israel». Otras personas, con oportunismo político, apuntaron sus baterías hacia el propio Estado de Israel, al que acabaron culpando de forma indirecta del homicidio de Paysandú, el cual no sería más que una expresión exótica, pero expresión al fin, del conflicto entre israelíes y palestinos.


A propósito de ese conflicto, hay que recordar que antes del atentado hubo fogoneros −unos anónimos y otros notorios− que le dieron durante meses presión a la caldera: pintadas en las paradas de ómnibus (y no una pintada, sino decenas), amenazas, incidentes en la vía pública, declaraciones y hasta bufandas ministeriales. La guerra entre Israel y Hamas en Gaza fue el detonante. Para unos era motivo suficiente, para otros fue una mera coartada. Se trató de aprovechar la ocasión para atizar el odio. Hablo con conocimiento de causa, porque yo mismo −que no soy judío− fui una de las víctimas de esos fogoneros.


La consigna explicitada en aquellas pintadas repartidas por diversas zonas de Montevideo y Canelones tenía solo dos palabras. «Fuera judíos». Y uno se preguntaba: ¿Fuera de dónde? ¿De Gaza y Cisjordania? ¿De toda la vieja Palestina? ¿Fuera de dónde? La respuesta llegó con un gran cartel desplegado justamente en Paysandú: «Fuera judíos de Paysandú». 


En muchas de esas pintadas había, además, esvásticas dibujadas. En una caseta de guardavidas, en la Costa de Oro, la pintada era aún más agresiva:   «Muerte a los judíos», decía. Eso fue justamente lo que hizo después el yihadista de Paysandú.


La frivolidad con la que muchas personas actúan en la vida social, más preocupadas por la cuenta de Facebook que por la educación de sus hijos, es terreno fértil para sembrar mentiras y disparar mecanismos de resentimiento y odio. La asimilación acrítica de informaciones falsas o falseadas ha sido global e imparable. Lo vemos todos los días. Ahora está de moda hablar de las fake news, justamente porque el cuerpo social digiere las mismas a gran velocidad y eso preocupa, pero el fenómeno existe desde hace siglos, y los judíos lo han sufrido una y otra vez en carne propia.


Si grave es esa frivolidad «común y corriente» por llamarla de alguna manera, mucho más grave es la que ostentan ciertos políticos, académicos, periodistas, intelectuales y artistas, quienes son −quiéranlo o no− formadores de opinión con una fuerte incidencia en el imaginario ciudadano. En el caso específico de algunos artistas, además se ser formadores de opinión son forjadores de conductas entre los más jóvenes. Al prestarse, a veces de forma inconsciente, a formar parte de esa cadena de distorsiones, contribuyen a que la mentira se solidifique, permanezca y acabe por salirse de control para descarrilar a veces en acciones criminales. 


De modo que está la frivolidad de decir, y está la frivolidad de creer. Y con la expansión de las redes sociales, está además la frivolidad de repetir, de transmitir y replicar una y mil veces la mentira original, cualquiera que ella sea, desde grandes asuntos mundiales (como las famosas armas de destrucción masiva en Irak) hasta pequeños chismes de aldea (que no mencionaré pues no me parece adecuado).


Más grave aún es cuando ese acercamiento acrítico y torcido a la realidad se ve reforzado con una acendrada indiferencia ante el sufrimiento de los demás. Para enunciarlo con crudeza: a muchas personas no les importó ni les importa lo que ocurrió en Paysandú hace tres años, porque consideran que sus problemas personales, ya sean reales o virtuales, son los únicos que de los que vale la pena preocuparse. La indiferencia, que es hija del egoísmo, acaba por ser madre de la hipocresía: el pensar una cosa y hacer otra, y tener distintas varas para medir las desgracias propias y los infortunios ajenos, que por otra parte −como lo ha demostrado la historia una y mil veces−, nunca son del todo ajenos.


Al respecto, quiero repetir aquí unas frases de Elie Wiesel, las que fueron dichas de manera coloquial durante una entrevista en 1986 pero que suenan, tantos años después, casi como un rezo ajustadísimo a estos tiempos:

«Lo contrario del amor no es el odio, es la indiferencia. Lo contrario de la belleza no es la fealdad, es la indiferencia. Lo contrario de la fe no es la herejía, es la indiferencia. Y lo contrario de la vida no es la muerte, es la indiferencia» .


Este fragmento del párrafo de Wiesel es muy conocido, y ha sido repetido (y a veces alterado) en muchos idiomas durante los últimos treinta años. Pero, curiosamente, la segunda parte del párrafo ha permanecido casi en la sombra, quizá porque interpela y exige compromiso. Dice así: 

«Debido a la indiferencia, uno muere antes de morir. Estar en la ventana y ver a las personas que son enviadas a campos de concentración o atacadas en la calle y no hacer nada… Eso es estar muerto».  


Por supuesto que nadie, ninguno de nosotros, está a salvo de hallarse un día o una noche mirando por la ventana de su casa, quizá confortablemente abrigado y protegido, y ver algún episodio horrible que ocurre allí mismo, en la calle. Y nadie está a salvo de quedar paralizado por el miedo o la sorpresa ante eso. De lo que sí debemos ponernos a salvo unos a otros, es de ese no-sentir del que habla Elie Wiesel, esa banalidad suprema que consiste en compadecernos durante unos instantes y luego encogernos de hombros y proseguir con nuestra vida como si tal cosa porque, al fin y al cabo, pensamos que el problema es de otro, que el sufrimiento es de otro, que es el destino de otro el que se juega y no el nuestro. 


Debemos protegernos unos a otros de la tentación de la indiferencia, esa dejadez moral que nos coloca al margen, sin ningún tipo de compromiso con el destino de nuestros semejantes y, al final, con nuestro propio destino.


En sentido general, la sociedad uruguaya no es racista, ni antisemita ni xenófoba, pero hay en ella expresiones de racismo, de antisemitismo y de xenofobia que son preocupantes. Por supuesto que el país no es el mismo de 1930 ni el de 1960 ni el de 1987. Es verdad que desde entonces se ha avanzado mucho desde el punto de vista institucional, que el país cuenta con una legislación potente en esos temas y que hay, mayoritariamente, un clima de respeto y consideración, es decir de convivencia pacífica y civilizada, entre las más variadas manifestaciones culturales, religiosas y filosóficas. 


Sin embargo, no deberíamos cometer la imprudencia de considerar que el Uruguay está a salvo de los venenos del odio que ahora se esparcen de nuevo a toda velocidad por la ilustrada Europa y por la no tan ilustrada Norteamérica. No estamos a salvo del racismo, el antisemitismo y la xenofobia. 


Las palabras pueden ser poderosas, pero también pueden ser banales expresiones del bien sin ningún compromiso. De nada vale hablar de convivencia si no ponemos en práctica los valores que ella entraña. De nada vale pregonar la solidaridad si nos encerramos en un individualismo egoísta que más que protegernos nos expone, porque nos aísla y debilita. De nada vale rechazar los crímenes de odio si, como sociedad y como personas, no somos capaces de rechazar con igual firmeza el crimen y el odio.


Amos Oz, quien fue un gran judío y un gran israelí, un luchador por la paz y un hombre de corazón abierto a sus semejantes, escribió en el que acaso sea su libro más estremecedor, lo siguiente: 

«Nadie es una isla, pero todos somos media isla, una península rodeada casi por todas partes de agua negra y, a pesar de todo, unida a otras penínsulas».


Amos Oz lo dice con belleza: a veces puede parecer que las aguas negras del odio nos rebasan, pero siempre habrá alguien a nuestro lado dispuesto a ayudarnos. 


Estamos aquí porque hace tres años un hombre de bien murió asesinado por ser judío. Un uruguayo que fue víctima de un crimen de odio cometido por otro uruguayo. Deseo que la memoria de David Fremd nos ayude a pensar más, a querernos más y, sobre todo, a no permanecer indiferentes detrás de las ventanas.~


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Noviembre de 2018.



Bloque de imagen y texto

Lenguaje y democracia

Para muchas personas el lenguaje verbal, la ortografía y la sintaxis, ya no representan un problema.  En algunos casos porque no consideran importante ni la forma de hablar ni cómo escribir, y en otros porque ni siquiera tienen la capacidad de entender el significado de esos conceptos.

 

Esta afirmación, que en el pasado podía considerarse un pecado de elitismo intelectual, ahora es un reclamo que apunta justamente contra las élites, responsables de ese menoscabo.

El año pasado, en un artículo firmado por Farhad Manjoo en el  New York Times, se recogían algunas de las múltiples fallas ortográficas con las que el presidente de los Estados Unidos Donald Trump adornaba sus tuits y, en algunos casos, los extraños giros sintácticos de sus discursos. En Uruguay tenemos el caso de José Mujica, tan florido como esdrújulo con los verbos. En España, Carles Puigdemont le envió en su momento una carta al presidente del gobierno, Mariano Rajoy, con varios errores de ortografía.

La enfermedad se ha extendido por todo el mundo a gran velocidad. En nuestro idioma han sido varios los expertos que, tras alertar acerca del problema, han propuesto el más sencillo y sensato de los remedios: leer. Todos coinciden en que la lectura está en la base misma de la calidad del lenguaje verbal, y todos aseguran que la creciente pérdida de hábitos de lectura facilita la expansión de esa pandemia.

El tema da para hacer bromas y contar anécdotas, pero les aseguro que no es gracioso. En el fondo, respetar las normas básicas del idioma forma parte sustancial de las reglas de convivencia que nos permiten actuar en la vida social de manera inteligible para los demás. El llamado lenguaje “ñeri” (antes pasó con el “plancha”) empleado por sectores marginados de la sociedad uruguaya, muestra con claridad cómo se vinculan las rupturas lingüísticas −construidas desde la ignorancia− con quiebres sociales de difícil reversión.

De manera habitual nos hemos acostumbrado a ver en diarios, semanarios y revistas, en los sobreimpresos de la tele y hasta en algunos documentos oficiales errores ortográficos y sintácticos de grueso calibre. No quiero poner ejemplos porque escarnecer a los culpables no sirve de nada, ni siquiera cuando se trata de gente llena de soberbia. Pero me pregunto si en esta fiebre universal de incomprensión lectora y dificultades lingüísticas no se halla también una de las causas del debilitamiento del espíritu democrático, tan apreciable hoy en día en muchos países de América y Europa.

Con frecuencia se habla de la calidad de la educación, pero poco de la calidad del pensamiento. Los humanos tenemos la capacidad de razonar, informarnos, aprender, elaborar hipótesis, sacar conclusiones, dudar y creer. En la base de todo eso, es decir en la base del pensar, hay un lenguaje. Y, aunque duela, hay que admitir que de unos años para acá hay cada vez más gente menos informada, que piensa con un lenguaje construido con emoticones, y que actúa en consecuencia.

Como resultado tenemos sociedades menos tolerantes, atrapadas en esquemas de emociones básicas, con escaso poder de crítica y reflexión. Es decir: sociedades más proclives a la barbarie contemporánea, que se expresa en la desinformación de los ciudadanos y en la frivolidad de muchos gobernantes. ~  


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Publicado por:  En Perspectiva.


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Octubre de 2018.



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Sexe

 

Es como si preguntara: ¿Usted que prefiere comer, gato o libre? Hoy quiero escribir de los engaños que sufrimos todos los días, de las medias verdades que acaban siendo medias mentiras, que nos provocan confusión y despiertan en nosotros malos sentimientos, entre ellos miedo.

No hablo de política, ni del gobierno ni de la oposición, ni de los líderes ni de sus seguidores, ni de violencia, seguridad, educación o trabajo. 


Hablo de esta sociedad que se mete en nuestras casas sin que nos demos cuenta, y que afecta a uruguayos, brasileños, españoles, alemanes: afecta a todos porque es una sociedad global y por lo tanto nuestra, aunque no nos guste. 


Pues pienso que esta sociedad se encuentra ahora más que nunca atorada de información de dudosa calidad, y en cantidades que son imposibles de digerir. Esa información se cuela por todas las rendijas de nuestro diario vivir, y no solamente por la televisión, que suele ser el chivo expiatorio preferido. 


Son muchos los que, en esta sociedad global, acusan al periodismo de mentir, pero lo cierto es que los periodistas somos responsables apenas de una mínima, insignificante parte de las mentiras de cada día. Y la televisión también es responsable de una pequeñísima cuota en la gran bolsa de mentiras cotidianas.


Sin darnos cuenta, todos y cada uno de nosotros hemos construido unos vínculos con la realidad y unas relaciones con el mundo que están viciados por las mentiras que alegremente nos tragamos como si fueran verdades, y que después contribuimos a difundir.   


Las etiquetas de los alimentos, la publicidad de lociones para la piel, la indignación de los vecinos ante un crimen, la salud de la economía mundial, los espías de internet, lo que sea: la información sobreabunda y muchas veces, la mayoría de las veces por no decir casi siempre, es inexacta, parcial, distorsionada o falsa.


El lenguaje es un campo de batalla por supuesto. Se habla de la era de la posverdad, de las fake news y las verdades relativas. Todo eso quiere decir, en lenguaje simple, que aquí y allá nos están dando gato por liebre. Y nosotros con los cubiertos en la mano.


El lenguaje es una víctima. Por poner un ejemplo, el llamado “lenguaje inclusivo”. El otro día en la mutualista presencié una discusión entre un funcionario y una usuaria, quien reclamó que se le dijera “pacienta” y no paciente. 


Muchas personas serias han insistido con el famoso “todas y todos”, y hasta se han inventado variantes para resolver el supuesto problema: primero fue la letra equis para sustituir la o, considerada −la o− el logotipo por excelencia del machismo patriarcal. Luego fue la arroba, y ahora es la letra e. Por lo tanto, si antes se decía “vecinos”, luego “vecixns” y después “vecin@s”, ahora se dice “vecines”, que suena catalán. Pero con la palabra paciente no alcanza la letra e: la señora quería que le dijeran “pacienta”.


La pelea por otorgarle condición masculina a la letra o fue si se quiere una forma de extremismo, que ahora se nos cuela por debajo de la puerta, hace ruido, distrae, en algunos casos enoja y en otros asusta. La desinformación sobre el tema es gigantesca. En la sociedad global, hasta el más pintado (o la más pintada) se pone inclusivo. Hablo de Macron, de Pedro Sánchez, de Bachelet, de Angela Merkel, porque aclaremos que eso ocurre también con el inglés, con el francés, con el alemán, con todos los idiomas.


Usted, que me está leyendo, puede pensar que hablo de tormentas en un vaso de agua. Puede preguntar: ¿Y qué problema puede haber en que a una mujer le digan pacienta y no paciente? A eso yo le respondería con la pregunta del principio: ¿Usted qué prefiere comer, gato o liebre? ~

    
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Publicado por:  En Perspectiva  



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Septiembre de 2018


El paradigma del consumo

 

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La revista de ideas Hemisferio Izquierdo realizó una compulsa en distintos ámbitos a partir de una inquietud: los gobiernos de izquierda y la construcción de "una nueva subjetividad". Lo hizo a partir de dos preguntas. A manera de respuesta, F.B. escribió este ensayo, en el que ratifica sus ideas con respecto a la inviabilidad de la sociedad global contemporánea y la escasa diferencia entre los distintos modelos "alternativos".


Las dos preguntas de Hemisferio Izquierdo:

1- Desde hace mucho la izquierda sabe que el desafío de la superación del capitalismo trasciende la disputa de poder a (con) las clases dominantes y la transformación de las relaciones sociales de producción. Supone también la disputa por la construcción de una nueva subjetividad, de una concepción alternativa de la convivencia social que jerarquice lo común por sobre lo individual. En otras palabras, cambiar nuestras cabezas y nuestros hábitos. ¿Cuáles son las claves de esa disputa en el capitalismo contemporáneo?

2 ¿Cómo valoras el desarrollo de esa disputa, sus avances o retrocesos, durante los sucesivos gobiernos progresistas en Uruguay?


F.B.: Intentaré ensamblar las dos preguntas en una única respuesta articulada en torno a la construcción de paradigmas, que me parece el eje central de la disputa. Es evidente a estas alturas del siglo veintiuno que el capitalismo como sistema económico y social ha obtenido enormes logros en su lucha por hegemonizar ideologías y comportamientos, tanto colectivos como individuales. La realidad muestra que, tras el colapso de la Unión Soviética y el casi inmediato desplome del llamado “socialismo real”, el mundo no pasó a ser multipolar, como algunos preconizaban, sino unipolar, con un franco dominio cultural, político y militar de los Estados Unidos. Otras potencias, como Alemania, Francia, Rusia o China, hasta ahora no han podido seguirle el paso.

 

No ha habido alternativas verdaderas a la opción capitalista de organización social, cuyo máximo emblema es desde hace ya bastante tiempo Estados Unidos. No lo hubo ni siquiera en la época en que la URSS y China construyeron sociedades poderosas con poblaciones enormes y territorios inmensos a su disposición. Tanto la construcción social soviética (con sus epifenómenos: Cuba, la RDA, Rumania, etc.), como la china y los suyos (Corea del Norte, Vietnam), desde el punto de vista cultural fueron en esencia construcciones capitalistas. Los paradigmas eran los mismos, solo que mirados en un espejo: lo que en Occidente se veía a la derecha, en el Kremlin y en Beijing se veía a la izquierda.

 

La esencia de ese paradigma planteaba que era necesario trabajar más y con mayor eficiencia para mejorar los niveles de vida de la población y convertir a la gran patria socialista en una potencia de la que “todos” pudieran sentirse orgullosos. Por lo tanto, esos “todos” debían ser funcionales y eficaces a esa construcción. ¿La propiedad sobre los medios de producción? En teoría era de toda la sociedad, pero el hecho de que la plusvalía se repartiera de forma muy poco democrática planteó una cuestión por demás delicada, de la que el capitalismo sacó partido. El término Nomenklatura, para referirse a los escandalosos privilegios burgueses de la cúpula estatal en la URSS, por ejemplo, fue un acierto propagandístico que reveló un grave problema: justamente, quiénes se apropiaban y usufructuaban la plusvalía generada por los trabajadores en la Unión Soviética.

 

Dos excepciones a ese pensamiento homogéneo: una de ellas, que fracasó de forma estrepitosa, fue el pensamiento político del Che Guevara, expresado sobre todo en su artículo “El socialismo y el hombre en Cuba” (publicado en marzo de 1965 en el semanario Marcha de Montevideo). Y conste que el pensamiento heterodoxo del Che fracasó no porque fuera derrotado militarmente en Bolivia, sino porque tuvo que irse a Bolivia tras su fallida incursión en el Congo. La otra excepción es terrible: en Camboya, Pol Pot quiso implantar a hierro y fuego una sociedad nueva, básicamente agraria, despojando a la población de las rémoras capitalistas y burguesas. No lo logró, pero en el intento se llevó puestos a unos dos millones de camboyanos.

 

La práctica política, por demás pragmática, de los grandes constructores del llamado “socialismo real” produjo a la larga una especie de ornitorrinco ideológico: cabeza de Marx, cuerpo de Lenin, brazos de Stalin, estómago de Churchill y bolsillos de Marshall. El caso más extraordinario es el de la República Popular China, que pasó de la Revolución Cultural y el Gran Salto Delante de Mao, a la actual construcción de un “socialismo de mercado”, término que haría las delicias de Adam Smith y su mano invisible. Ese ornitorrinco se afincó paulatinamente en otras latitudes, y colonizó −y coloniza− otros procesos políticos (Vietnam desde hace bastante tiempo, Cuba desde hace unos pocos años). 

 

Los paradigmas marcan las sociedades, su desarrollo y sus objetivos. Y el paradigma universal, durante el siglo veinte −reforzado en lo que va del siglo veintiuno− ha sido el del consumo. Todos los sistemas sociales se asientan en un único sistema paradigmático: consumir. Consumir más. Crecer para consumir y consumir para crecer. Lo enunció Lenin en el 20 de noviembre de 1920 durante un discurso en el Kremlin: “El socialismo es el poder de los soviets más la electrificación”.

 

Ese círculo de consumir para crecer y provocar así más consumo (que para algunos es vicioso y para otros es virtuoso) se basa en una falacia que asume como posible un consumo infinito en un planeta finito. Se viste con palabras justas y hermosas que encierran conceptos abstractos de difícil o equívoca definición. Pongamos un ejemplo de manual: “todas las personas tienen derecho a una vivienda digna”. El problema está en qué se entiende por vivienda digna. Y en todos los casos −en la URSS de los años 50, en la Cuba de Fidel y en la Suecia socialdemócrata del Círculo Polar− la vivienda digna fue básicamente un modelo de casa unifamiliar occidental, en la que había lugar suficiente y seguro para que las personas fueran a descansar después del trabajo, comieran juntos los domingos y tuvieran sus bienes propios y privados, custodiados con buenas puertas y buenas cerraduras. Como decía sibilinamente Juan Domingo Perón: “de la casa al trabajo y del trabajo a la casa”.

 

Hay en los hechos muchas sociedades, que en general son llamadas de forma despectiva “primitivas”, que tienen otro concepto de la dignidad habitacional, desde los pastores de renos de Yakutia y la Laponia, hasta los indios amazónicos que son filmados con drones para “seguir su evolución”. Para ellos la vivienda digna es aquel lugar en el que la gente puede entrar, beber té o algún licor, hablar de bueyes perdidos, compartir una historia probablemente inventada de la selva y sus fieras. Unos viven en carpas, otros en chozas de palmas, otros al ras. La dignidad ahí no está en lo que se tiene sino en lo que se da. Por supuesto que no son sociedades sin conflictos. No se trata del “buen salvaje” visto desde la Europa de la Ilustración. Se trata de grupos humanos que han construido paradigmas diferentes, los que funcionan desde hace cientos de años con éxito, salvo cuando interviene el “hombre blanco”, que suele llegar con sus maquinarias, sus sermones, sus epidemias de sarampión y sus deseos de “civilizar”.

 

El paradigma de la democratización del consumo “hacia arriba” es una falacia que ha logrado instalarse en el cuerpo social en (casi) todo el mundo. Pero un simple análisis de la realidad demuestra que esa democratización del consumo es inalcanzable hacia arriba. Solo es posible “hacia abajo”, es decir con un descenso drástico en los niveles de consumo de amplios sectores, que permita un ascenso (escaso) en los niveles de consumo de otros amplios sectores. No se trata de una redistribución de la riqueza solamente, sino de la construcción de un nuevo paradigma. 

 

El mundo hoy tiene dos grandes problemas: la riqueza extrema y la pobreza extrema. Se argumenta a favor de una supuesta democratización del consumo, pero el propio argumento vuelve insensato ese curso de acción. Georgescu-Roegen lo planteó hace muchos años: si todos los habitantes del planeta tuvieran, democráticamente, la posibilidad de consumir todos los bienes y servicios, no habría ni recursos naturales ni espacio suficiente ni estructura económica que lo soportara. La izquierda, salvo contadas excepciones (el propio Georgescu, Max Neef, Latouche, Naomi Klein y algún otro) no ha logrado generar una masa crítica de análisis de ese problema.

 

Vivir simple y humildemente con lo justo y necesario, y compartir lo que se tiene. Así enunciado parece, más que una utopía demodé, una pesadilla totalitaria. Muchos se horrorizarán. Sin embargo, a la corta o a la larga ese será el único camino posible para la subsistencia de la especie, la que por cierto ya está cuestionada seriamente. A los niveles actuales de consumo, contaminación y crecimiento, las perspectivas son catastróficas.

 

La izquierda uruguaya ha acompañado desde siempre el proceso de “acomodamiento” de las consignas igualitarias y revolucionarias al paradigma capitalista del consumo. Los partidos de la izquierda ortodoxa en sus diferentes etapas, los movimientos guerrilleros, las organizaciones obreras (y las obreristas) lo integraron de forma natural. Aún hoy lo hacen, con un acriticismo alarmante. Las aspiraciones siempre son las mismas: salarios dignos, vivienda digna, trabajo digno. El problema es que rápidamente, en la sociedad contemporánea, se pasa de la dignidad del trabajo a la dignidad de los Nike, de los iPhone, de los televisores de pantalla curva de sesenta pulgadas, bienes que para colmo son fabricados en China, Malasia, Singapur y otros territorios, por personas que no tienen ni “trabajo digno” ni “salarios dignos” ni “viviendas dignas”.

 

Durante los tres quinquenios de gobierno del Frente Amplio (2005-2020) se han mejorado de forma notoria las condiciones de vida de muchas personas, desde la salud y la educación hasta la vivienda. Pero todo se ha hecho con el paradigma ya indicado. Las políticas económicas están alineadas en esa base: comprar (bienes y servicios), vender (fuerza de trabajo) y vivir una especie de comodato con el sistema mundial de producción. La importación de motocicletas y automóviles de China es un estupendo ejemplo: nos ha permitido venderle a ese país miles de millones de dólares en carne, soja y otros productos primarios. También nos ha provocado un abaratamiento presuntamente democrático del valor de motocicletas y automóviles (a costa de sus bajísimos estándares de seguridad), lo que a su vez causó una epidemia de siniestralidad vial en los últimos quince años, con un saldo de varios miles de muertos y amputados. No es el sarampión de los conquistadores españoles, pero se le parece bastante. 

 

Hay sin embargo un territorio en el que la disputa cultural durante el ciclo de gobiernos frenteamplistas en Uruguay ha estado descentrada de la simple redistribución de la renta para comprar chucherías. Hay paradigmas sociales que, las más de las veces mediante nuevas legislaciones (aunque no solo por esa vía), han sido cuestionados. Uno de ellos tiene que ver con el modelo tradicional de familia, otro con la vida sexual y reproductiva de las mujeres, otro con los derechos civiles de las minorías y otro con la participación general de las personas en la res pública.

 

Pero los resultados, más allá de las leyes, no han sido demasiado halagüeños, y si bien algunos avances pueden llegar a consolidarse con el tiempo, ninguno de ellos parece lo suficientemente afincado en el cuerpo social como para pensar que no habrá vuelta atrás. Son formas de gerenciar una sociedad capitalista. Lo único seguro son los negocios.

 

Llegado a este punto debería decir que soy optimista, por lo menos para ser políticamente correcto. Pero ocurre que no soy ni políticamente correcto ni optimista. La filosofía está en retirada, y las ideas ahora son meras ocurrencias de presuntos pensadores, cuanto más exóticos mejor (un coreano, un kazajo, una búlgara), a los que hay que desentrañar más con espíritu lúdico que con rigor académico. Hay mucho charlatán en la vuelta. Y están Facebook, Twitter, Instagram y WhatsApp, que son verdaderas sentinas. Pero a nadie parece preocuparle compartir alguno de esos espacios con personajes como Donald Trump o Daniel Ortega.

 

Las “clases dominantes”, ese concepto tan vago y por eso mismo tan funcional, tienen la sartén por el mango en el mundo entero y también en Uruguay. Ellos diseñaron una sartén que tiene las medidas justas para ser usadas por ellos mismos: el Estado. Y seguirán teniendo la sartén por el mango en la medida que no se logren derribar −mediante una construcción cultural larga, compleja y no exenta de traumas− los paradigmas aún vigentes, sostenedores del statu quo actual. En una vieja tonada de la guerra civil española se cantaba: “Cuándo querrá el Dios del Cielo/ que la tortilla se vuelva”. El problema no es la tortilla sino la sartén en la que se cocina. ~


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Publicado en: Hemisferio Izquierdo

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Septiembre de 2018.

 

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Conferencia brindada en el 26° Congreso de la Asociación de Profesores de Historia del Uruguay (A.P.H.U.), en la sala de actos del Club Uruguay, en Montevideo, el 21 de septiembre de 2018.

 

La historia, las historias

El sentido de esta charla es compartir con ustedes una experiencia de investigación y de escritura que me parece encuadrada en los lineamientos temáticos de este congreso, que busca ahondar en las claves para entender el mundo y el orden mundial en el que todos nacimos, tras el final de la segunda guerra.


Voy a hablar del Plan Cóndor, de sus lecturas posibles y de las huellas históricas que dejó y ocultó. En mi caso, el desafío de abordar el Plan Cóndor en una novela fue la consecuencia y no la causa. Fue el final y no el comienzo. Todos saben que no soy historiador ni profesor de historia. Soy apenas un recolector y un contador de historias, un cronista. Mis rigores no son académicos. Mi vocación no es la enseñanza. Mis ámbitos no son el aula ni la cátedra. 


Cuando la peripecia vital de Aurora Sánchez −la maestra de Primaria protagonista del libro− vino a mí para revelarme el entramado secreto de su maternidad, (algo naturalmente privado e íntimo en la vida de cualquier mujer) resultó evidente que esa revelación traía consigo interrogantes, sospechas y contrasentidos. Y fue durante el largo proceso de investigación de esos elementos (tratar de responder interrogantes, de despejar sospechas y de entender contrasentidos), que comprendí la imposibilidad de abordar de forma honesta y verdadera la vida de esa mujer sin una contextualización adecuada. 


Dicha contextualización necesariamente debía ser histórica, pues no podría entenderse el recorrido de aquella mujer −ni yo ni los lectores podrían hacerlo− sin el marco referencial que no solamente la había contenido, sino que además la había provocado. 


Empecé mi trabajo de investigación en el año 2003, es decir muchos años después de que finalizara, cuando menos en lo formal, el capítulo uruguayo del Plan Cóndor. Y descubrí varias cosas. Una de ellas fue que ese plan, que en esencia fue un gigantesco operativo de represión internacional (tal vez el más grande desde el fin de la II Guerra Mundial) había sido estudiado casi siempre en el ámbito de las fronteras políticas de los países que lo sufrieron: el plan Cóndor en Argentina, el Plan Cóndor en Chile, el Plan Cóndor en Uruguay, en Paraguay, etc. Por diversas razones, los acercamientos a las estructuras, las dinámicas y los protagonistas de ese operativo, no habían podido traspasar los límites nacionales, con lo cual faltaba una visión integradora que era básica, porque el Plan Cóndor fue justamente la aplicación sistemática del concepto de “internacionalismo represivo”, es decir del desconocimiento violento de las fronteras y las soberanías nacionales en función de objetivos generales que eran políticos, ideológicos y económicos.


Para decirlo de manera gráfica, la mayoría de los investigadores había “descuartizado” el Plan Cóndor de acuerdo al país estudiado en cada caso. Libros importantísimos vieron la luz en los años 90, casi todos con esa característica: “Argentina, los EE.UU. y la cruzada anticomunista en América Central”, de Ariel Armony; “El vientre del Cóndor”, de Samuel Blixen; “Los años del lobo”, de Stella Calloni; “La guerra sucia en Argentina”, de Paul Lewis, entre otros. Mención aparte merece el libro de John Dinges, titulado “Operación Cóndor. Una década de terrorismo internacional en el Cono Sur”, que sostiene un esfuerzo mucho más abarcador y que trata de comprender en su complejidad geopolítica el asunto. Fue publicado en inglés y en español en el año 2004.


A esa limitación inicial le siguió un segundo descubrimiento: la casi total ausencia en los estudios, informes y reportes, de los vínculos que tuvo la confrontación entre Estados Unidos y sus aliados por un lado, y la Unión Soviética y los suyos por el otro, en el desarrollo del Plan Cóndor. Es decir: qué relación tuvo el Plan Cóndor con la Guerra Fría. Ese escenario no era tenido en cuenta, o a lo sumo era un dato colateral, una especie de referencia macropolítica sin especial relevancia. Las razones ideológicas del conflicto, las movidas en el tablero mundial, los personajes que se relacionaban con esos dos ámbitos a la vez (Guerra Fría−Plan Cóndor) faltaban. No estaban en escena.


Esa ausencia para mi trabajo era especialmente dramática. Provocaba una especie de agujero en la decodificación de los hechos de la protagonista de mi historia, o sea en la historia de Aurora Sánchez. Faltaban renglones, palabras, conceptos. Debe decirse que la falta de ese vínculo Guerra Fría−Plan Cóndor en los estudios, en muchos casos estuvo vinculada al desconocimiento de tácticas y estrategias que se habían mantenido en secreto durante décadas. Simplemente no se sabía. Un ejemplo de ellos es la llamada “Red Gladio”, que nació en Europa apañada por la CIA y la OTAN tras la guerra, operó también en América del Sur, fue parte de los operativos del Plan Cóndor y, además, tuvo una pata en Montevideo a través del banquero Licio Gelli y, probablemente −aunque esto no esté probado− de algunos generales de la dictadura uruguaya.


Pues ni los investigadores, ni los periodistas, ni los profesores de historia ni los simples cronistas sabíamos que la “Red Gladio” existía como tal. No teníamos cómo saberlo porque era secreta. No fue sino hasta 1990 en que su estructura quedó apenas al descubierto, tras las revelaciones del entonces primer ministro italiano Giulio Adreotti. Sin embargo, los tentáculos de esa organización terrorista internacional y sus conexiones con el Plan Cóndor fueron conocidos más o menos en profundidad recién una década más tarde.


El desafío general era, entonces, investigar el Plan Cóndor en su globalidad. Y eso presentó a su vez desafíos específicos, que trataré de enumerar de la manera más ordenada posible, como forma de brindar un aporte reflexivo a los acercamientos a la historia reciente.

 

1

Los límites. El primer desafío, para mí que soy escritor, consistió en diseñar, entender y aplicar correctamente los límites entre tres categorías que suelen tratarse con cierta inconsistencia en el abordaje de la historia reciente. Esas tres categorías son a) Realidad b) Ficción c) Literatura.


No voy a desmenuzar cada uno de esos conceptos porque no corresponde hacerlo aquí. Si voy a plantear algunos problemas. Los dos primeros tienen que ver con la sinonimia establecida entre realidad y verdad. Pese a que dicha paridad está discutida desde hace un siglo largo, y que fue superada hace ya muchos años (Foucault, Ricoeur, etc.) el malentendido persiste. Incluso la academia recoge en su diccionario, en la primera acepción de “real”: “Aquello que tiene existencia objetiva”, con lo que se genera otro problema, que es definir otros dos conceptos: “existencia” y “objetivo”.


Voy a poner un ejemplo simple para explicarme: la frase “Veo una vaca”. Eso es ficción pura. Nadie puede ver una vaca, ni siquiera un niño. Se puede ver una parte de una vaca, una parte de una vaca junto con otras cosas. Pero una vaca sola, en el vacío, entera, por delante y por detrás, por arriba y por abajo a la vez, no se puede ver. Eso es ficción.


La realidad existe, al igual que la vaca. Pero la apreciación, el estudio y el relato de la realidad implica necesariamente una intermediación. La realidad no es lo que se percibe de ella. Es ella, y nada más. Lo que se percibe es otra cosa: una ficción. Verdadera, pero ficción. Una ficción verdadera. 


Se aduce que se trata apenas de cuestiones vinculadas a una semántica. Pero el humano es un animal palabrero. Las palabras construyen su vida, sus mundos. Las estrategias para el futuro se establecen con palabras. La elaboración del pasado se realiza con palabras.


Este punto me da pie para llegar a la tercera categoría, quizá la más ardua, en especial para quienes trabajan con la historia. Me refiero a la literatura, que es justamente ese acople entre realidad, ficción y palabra. No hay texto que no contenga elementos de realidad. Tampoco lo hay que no contenga elementos de ficción. La literatura se construye a partir de múltiples, infinitas elecciones. Elección de palabras, de tiempos, de pausas, de omisiones y subrayados. Cuando leía los expedientes judiciales vinculados al Plan Cóndor (el del asesinato del general Chileno Carlos Prats y su esposa, por ejemplo) pude observar cómo, en los escritos de los abogados, en los testimonios de los acusados y aun en la sentencia final de la justicia, la ficción se hacía presente: eligiendo ciertas palabras, editando de determinada manera cada declaración, etc. ¿Fue un juicio injusto? No: Fue un juicio real, o sea una ficción verdadera.    

 

2

El segundo desafío: Las fuentes. A medida que pasaron los años, muchas investigaciones produjeron resultados que vieron la luz en distintos países e idiomas, y con diversas características. Hubo una vertiente documental, que se ocupó de rastrear, organizar y sistematizar los papeles generados por la aplicación del Plan Cóndor. Otra vertiente fue sobre todo interpretativa, con un esfuerzo por entender la dinámica de las decisiones tomadas en esos años. Y una tercera vertiente fue testimonial, dedicada a recoger las experiencias de víctimas y victimarios del Cóndor.


Otra fuente, que debe considerarse aparte, fue judicial: cientos de expedientes de procesos en los que, a través de casos puntuales, se desmenuzaba el funcionamiento represivo en todas sus etapas, desde la recolección de inteligencia hasta la represión, la búsqueda y captura de personas, el trato dado a los prisioneros y la disposición final de estos, vivos o muertos.


Otra fuente fue la entrevista directa con personas vinculadas al asunto: víctimas, represores, familiares de unos y de otros, testigos, periodistas, etc. El desafío consistió en separar la paja del trigo, entender la mecánica de producción de cada una de las fuentes, valorarlas e incorporarla como insumo o descartarla por distintas razones, la más común de las cuales fue la falta de fiabilidad.


En lo referido a las fuentes, me encontré con casos excepcionales. El proceso seguido en Argentina por la jueza María Servini de Cubría a Michael Townley, el asesino del general chileno Carlos Prats, podía leerse como una pieza narrativa estupenda y muy reveladora, a la que sin embargo le faltaban algunos elementos claves que la volvían inútil. Era lo que Onetti llamó con buena puntería “la forma más repugnante de mentir”, que consiste en decir la verdad, toda la verdad, pero ocultando el alma de los hechos.  


Uno de esos elementos claves, que faltaban en el expediente Townley, era la participación exógena en el asesinato, pues era evidente que nadie por su cuenta podía cometer un magnicidio de esa envergadura en un país extranjero. Ahí estaba la mano la CIA, pero también otras, algunas insospechables: la red Gladio, el servicio secreto de Alemania Oriental, la Stasi, y otros más. Por lo tanto, debí buscar elementos de información que me permitieran acceder a esas fuentes.


Un escritor puede y debe utilizar los métodos más heterodoxos en procura de sus fuentes si ellas lo llevan a descubrir la verdad de su ficción. En mi caso esto ocurrió con un militar soviético de alto rango, quien había sido durante veinte años la principal figura del espionaje soviético en América Latina. Él fue una extraordinaria inspiración para Las cenizas del Cóndor.


Y otra fuente, por supuesto, fueron los principales protagonistas, o algunos de ellos. Recoger sus testimonios fue difícil, pero más difícil fue escarbar en los detalles de apariencia menos significativos de esos testimonios. Preguntarle a alguien que me contaba cómo lo tirotearon en una esquina de Buenos Aires, si había sol o estaba nublado en ese momento, era una labor muy delicada. Cuando alguien habla con la verdad sobre un secreto, en general lo hace en determinado ambiente, con determinado clima de intimidad y confianza. Romper ese clima puede ser funesto. No preguntar por los detalles, para un escritor, también puede ser funesto. Combinar las dos cosas resulta muy complejo, y en ocasiones sale mal. 


Pero en los detalles más insignificantes se esconde la verdad. No se trata de comprobar si efectivamente ese día estaba nublado en Buenos Aires o si había un sol radiante. Se trata de verificar la confiabilidad de un relato y encontrar sus grietas, no para descartar el relato sino para entenderlo más profundamente: sabido es que el relato distorsionado de un episodio dice tanto del episodio como del testigo. Pues bien, ese fue otro elemento de trabajo: las distorsiones en los relatos. ¿Por qué ocurrían? ¿Qué significaban? ¿Qué decían y qué dejaban de decir?

 

3

El tercer y último desafío (por lo menos para esta charla) tuvo que ver con la selección final de situaciones, personas y marcos referenciales. Lo que yo llamo, en sentido general, el “casting”. El material recopilado en siete años de investigación era a todas luces excesivo. Decenas de libros, expedientes judiciales con miles de páginas, cientos de horas de grabación, películas, fotografías, etc. No se trataba solamente de realizar una selección adecuada para escribir mi novela, sino de hacerlo sin ocultar el alma de los hechos.


En este punto vino en mi auxilio otro escritor, uno grande de verdad: Ernest Hemingway. El desarrolló para su método narrativo la llamada “teoría del iceberg”: una octava parte sobre la superficie, las siete partes restantes sumergidas. Escribió Hemingway:  Si un escritor en prosa conoce lo suficientemente bien aquello sobre lo que escribe, puede silenciar cosas que conoce, y el lector tendrá de estas cosas una sensación tan fuerte como si el escritor las hubiera expresado [...] Un escritor que omite ciertas cosas porque no las conoce no hace más que dejar lagunas en lo que describe”.


Aplicar esa teoría no es sencillo en ningún caso, y mucho menos lo es ahora, cuando entre los lectores iniciales de Hemingway y el presente, media un siglo de distancia y un abismo cultural respecto a la lectura. Es verdad lo de las “sensaciones del lector”, pero la intensidad de esas sensaciones ha variado dramáticamente, por razones sociales, culturales y hasta tecnológicas.


De todas formas, el volumen de información a brindar en la novela debía cumplir algunos requisitos básicos: ser inteligible para cualquier lector de cualquier país, ser vinculante con la historia que yo quería contar (que era una historia individual), y no ser un elemento abrumador o distorsionador de esa historia. Además, debía tener una extensión en páginas más o menos razonable, o cuando menos publicable.


Fue cuando ya había escrito unas doscientas páginas del primer borrador del libro, que comprendí mi fallo. Iba por mal camino. Con la historia de la maternidad de Aurora yo había recibido una semilla, y mi tarea debía consistir en crear las condiciones para que prosperara y creciera. Pero me di cuenta de que en lugar de un árbol lo que estaba saliendo era un edificio. No era un tronco con sus ramas, sus brotes, sus hojas y sus frutos. Eran bloques bien ensamblados pero sin movimiento, sin vida. Mi labor no era construir un edificio y después poblarlo con personajes. El alma de los hechos nunca iba a habitar en un edificio.


La verdad se encontraba, toda ella, en la peripecia de Aurora. De esa semilla saldría el árbol, y no de mis investigaciones. Señalo esto porque, en mi caso, hubo razones de carácter estético que determinaron el rumbo. Me parece de elemental honestidad intelectual señalarlo. 


De modo que opté por contar esa peripecia, y dejar que la historia ingresara en la novela cuando la peripecia lo necesitara. Así fue que apareció la necesidad de investigar hechos puntuales que después resultaron ser relevantes desde el punto de vista histórico: el origen real del Plan Cóndor, la violación reiterada y sistemática de las fronteras por parte de los gobiernos de la región, el verdadero papel del peronismo en la represión en Argentina, la ubicación de Buenos Aires como un escenario caliente de la Guerra Fría, etc.


Me voy a referir al primer caso citado: el origen del Plan Cóndor. Aún hoy, en numerosos estudios y hasta en libros de texto, se señala de manera casi ritual que el Plan Cóndor nació durante una reunión realizada en Santiago de Chile el 25 de noviembre de 1975 entre Manuel Contreras, el jefe de la DINA (la policía secreta chilena), y los líderes de los servicios de inteligencia militar de Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay.


Ese dato resultó ser falso. El Plan Cóndor nació en realidad el martes de carnaval de 1974, es decir 20 meses antes, durante una reunión celebrada en Buenos Aires a iniciativa del general Juan Domingo Perón. Por lo tanto, el anfitrión no fue el jefe de la DINA chilena Manuel Contreras, alias el Mamo, sino el subjefe de la Policía Federal Argentina y hombre de confianza de Perón, el comisario general Alberto Villar, alias “El Tubo”. En esa reunión, de la cual hay un acta formal, participaron también el inspector uruguayo Víctor Castiglioni Herrera, quien era el Director de Información e Inteligencia de la Policía uruguaya; un delegado chileno, quien figura en el acta como el “oficial diplomático y general de Carabineros Eduardo Rodríguez Pérez” pero que en realidad era Raúl Eduardo Iturriaga Neumann, un jerarca del Ejército y ladero de Pinochet; y delegados de Bolivia y Paraguay. 


En esa reunión se acordó: el reforzamiento de las áreas de seguridad en las zonas fronterizas de los países participantes, la detención de extremistas en cualquiera de los países participantes, el traslado de los extremistas, sin necesidad de trámite judicial alguno, a sus países de origen y la entrega a las autoridades policiales o militares, el intercambio de información de inteligencia para combatir la subversión en toda la región, el otorgamientos de las máximas facilidades y garantías para que los especialistas en lucha antisubversiva de cada país pudiera ingresar y desarrollar sus actividades en los demás países involucrados, contando con la plena colaboración de las fuerzas de seguridad locales.


Ese fue el Plan Cóndor. Lo bautizaron, es cierto, veinte meses después, en noviembre del 75. Pero debe señalarse que cuando se oficializó este Plan, ya había cosechado cientos de víctimas en cada uno de los países referidos.


Una de esas víctimas, una víctima temprana por cierto, fue Aurora Sánchez. Su historia, de manera súper resumida, es el siguiente: ingresó como colaboradora al MLN en Montevideo en 1972. Poco después debió pasar a la clandestinidad. El MLN le consiguió una cédula falsa y con ella viajó a Chile. Allí vivió casi un año, pasó por la experiencia del golpe de Estado, se enamoró de un chileno y quedó embarazada. Meses después, en mayo de 1974, huyó de Chile a pie por la cordillera de los Andes con una guía, a través del Paso del Agua Negra. Llegó a territorio argentino donde fue detenida, y enseguida secuestrada. Parió a su hijo en prisión, se lo robaron y ella fue liberada por quien había sido comisionado para asesinarla y desaparecerla, que era un oficial de inteligencia uruguaya. A los pocos meses ella ubicó a su bebé, lo secuestró y lo recuperó. Regresó a Uruguay con su hijo, protegida por ese oficial.


Era una historia individual de una tragedia colectiva. Pensemos que para esas fechas casi el 60% de la población de América del Sur estaba bajo las botas militares, en todos los casos alineadas con la política exterior de Washington: anticomunismo, ultraliberalismo económico, represión interna, militarización de la vida social, etc. Los dominios de esta verdadera alianza estratégica eran inmensos: iban desde el Cabo de Hornos, en el sur, hasta el norte de la llanura amazónica, en la frontera de Brasil con Venezuela, y desde el Pacífico hasta el Atlántico. La vida de Aurora era apenas un granito de arena en aquel desierto. Pero era valiosa. Lo era para ella, para su hijo. Y lo fue después para mí.


Desde hace mucho tiempo dedico mi vida a acercarme tanto como puedo a episodios del pasado, y reconstruirlos a través de las palabras, las mías y sobre todo las de otros. Como mi capacidad para inventar historias es limitadísima, o más bien nula, lo que hago es hurgar en esos episodios, toda vez que en ellos descubro, o intuyo cuando menos, relaciones de interés entre pasado y presente. 


Para establecer con certeza esas relaciones no tengo otro camino que el de la investigación, heterodoxa a veces −pero investigación al fin−, de viejos expedientes, testimonios personales, papeles sin ningún valor documental, objetos de apariencia banal, memorias, fotografías, películas, dibujos, rumores. Y, por supuesto, libros. Eso no me convierte en un historiador, pero sí creo que me hace partícipe del proceso de investigación de la historia. Y es como sujeto de ese proceso que les he contado el camino que recorrí para construir mi novela Las cenizas del Cóndor, en el entendido de que puede ser de interés. Del mismo modo que una historia de la literatura siempre es la historia de una literatura, creo que contar la Historia es contar una historia: elegir uno de entre muchos relatos posibles. El Plan Cóndor tiene una historia específica que plantea, aún hoy, desafíos derivados de esa supranacionalidad ilegal a la que me refería: la dispersión y opacidad de las fuentes, la multiplicidad y diversidad de los relatos, la evaluación de las opciones éticas de determinados actores intervinientes en los episodios del período.


De todo esto se deriva un desafío futuro, que consistirá en insertar de forma adecuada las múltiples ficciones referidas al plan Cóndor en el sistema de enseñanza. No para que esos relatos sustituyan los libros de historia, sino para que los complementen, los contradigan, en fin, dialoguen con ellos. La lectura de  Ismael, de Eduardo Acevedo Díaz, que es una ficción, no suplanta el estudio de la campaña en la primera época artiguista, pero sin duda que lo enriquece de forma extraordinaria y, en algunos asuntos, dice más que muchos textos académicos. Lo mismo ocurre con todos los sujetos de interés histórico. 


Pienso en Jenofonte, por ejemplo. La lectura de su Anábasis fue, en mi adolescencia, primero una obligación, y luego una de las experiencias más fabulosas que recuerdo.  Y mucho se aprende de ese texto, que tiene como todos los textos de historia, componentes de ficción que no lo debilitan ni le restan fiabilidad, sino que por el contrario lo refuerzan y lo convierten en un documento único. Hasta las contradicciones del texto son altamente educativas. Desde el título, sabemos que una anábasis es una expedición tierra adentro. Sin embargo, Jenofonte relata la retirada de aquellos famosos diez mil soldados, es decir su vuelta a la costa, al Mar Negro. No fue una anábasis sino una catábasis, es decir una salida. ¿Qué significa esa contradicción? Más que nada significa que el texto sigue vivo, 2.400 años después de escrito. Empecé con Pinochet y termino con Ciro el Joven. Creo que la pasión por la historia y por la literatura me lleva por mal camino. ~


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Abril de 2017



Bloque de imagen y texto

 

Gutiérrez


El ensayo que sigue fue publicado como prólogo a la edición de En la Sierra Maestra y otros Reportajes, de Carlos María Gutiérrez, realizada por la Biblioteca Artigas en su colección Clásicos Uruguayos (Montevideo, 2017). El libro, que viera la luz por primera vez en Montevideo medio siglo antes, es una muestra acabada de la actualísima y espléndida obra periodística que dejó Carlos María Gutiérrez. 

Es espléndida en primer lugar porque brilla gracias a la enjundia y el nervio narrativo que exhibe. También lo es por su prosa tersa y desacomplejada, y por el espesor conceptual de la información que brinda a sus lectores. Y es actualísima porque cincuenta años después de su publicación, los asuntos abordados en sus reportajes tienen plena vigencia y son una buena manera de comprender, desde su misma entraña, algunos de los grandes acontecimientos mundiales que marcaron a fuego la historia del siglo veinte.  


Los lugares donde se desarrolla la acción son variados, al igual que los temas tratados. El liderazgo de Fidel Castro en la entonces incipiente guerrilla cubana, el sacrificio de los campesinos en la China de Mao, la personalidad más bien ladina de Juan Domingo Perón, el secreto motor espiritual que impulsaba a Eduardo Víctor Haedo, la tristeza sin fondo de unos pescadores ante la muerte de Ernest Hemingway. Esas, entre otras muchas cuestiones, se entretejen en este libro para forman un tapiz dotado de una cohesión interna formidable, que sólo se explica por la adecuada combinación de arte y rigor informativo con que está elaborado. 


A partir de sus páginas también es posible reconstruir un cierto itinerario vital, notable aunque incompleto, de quien fuera un militante comprometido con sus ideas, un viajero pertinaz y un profesional de la palabra empeñado siempre en trasmitir con fidelidad aquello que debía reportar a sus lectores. Fue esa especie de deontología personal de Carlos María Gutiérrez la que contribuyó de manera decisiva a la construcción de una obra que, en sus múltiples aristas, debería ser una referencia obligada para quienes aspiran a terciar en “el oficio más lindo del mundo”, como definiera Gabriel García Márquez al periodismo.


Por supuesto que Gutiérrez, el  Negro Gutiérrez –como lo llamábamos todos quienes lo conocíamos y lo queríamos [1] – no limitó sus vínculos con la literatura al periodismo escrito. Fue un humorista y dibujante vitriólico y exitoso, publicó además un puñado de cuentos extraordinarios, ciertos ensayos iluminadores y algunos poemas que se convirtieron en punto de encuentro para varias generaciones. 

Uno de esos poemas, pensado como canción, contenía unos versos que devinieron cifra, santo y seña tras el cual se podía presagiar el futuro. Pertenecen a la célebre " Milonga del fusilado”, interpretada de un confín a otro de América durante décadas: No me pregunten quién soy/ ni si me habían conocido/ los sueños que había querido/ crecerán, aunque no estoy.” [2] .


Gutiérrez formó parte del pequeño grupo –pequeñísimo en realidad– de jóvenes periodistas escritores que durante la década de 1950 forjaron aquello que a la vuelta de los años, y gracias a poderosos operativos académicos y de marketing, se dio en llamar en los Estados Unidos “el nuevo periodismo”, del que fueron principales abanderados el gran Truman Capote con su novela “ A sangre fría”, además de Tom Wolfe y Gay Talese, entre otros.


Pero eso sería después y en otro idioma, ya bien entrados los años 60’. Antes, bastante antes por cierto, Carlos María Gutiérrez en Uruguay, Rodolfo Walsh en Argentina y Gabriel García Márquez en Colombia se echaron al hombro la tarea de demoler concepciones arcaizantes acerca de los límites de las crónicas y los reportajes, las fronteras literarias del periodismo y los conceptos preestablecidos de ficción y realidad. 


Sin concertarse ni conocerse aún entre ellos, pusieron a andar aquel admirable empeño, y lo hicieron con una extraña sincronía. Así y no de otra manera fue que nació el nuevo periodismo. [3] Por cierto que hubo esbozos previos notables y epígonos posteriores muy valiosos, pero ellos tres fueron los que le dieron cuerpo y vida a esa nueva manera de enfocar la tarea del cronista. 


Algunas fechas: “Relato de un náufrago”, de García Márquez, fue publicado por entregas en abril y mayo de 1955 en el diario El Espectador, de Bogotá. Operación masacre”, de Walsh, se editó en forma de libro por la editorial Sigla de Buenos Aires, en diciembre de 1957. Y “Con Fidel, en la Sierra Maestra”, de Gutiérrez, apareció en dos entregas del diario La Mañana, de Montevideo, en marzo de 1958. Esa fue la secuencia que le dio forma a la crónica moderna en nuestro idioma, ese ornitorrinco de la prosa según la perfecta definición de Juan Villoro. 


A Gutiérrez, García Márquez y Walsh los unía un idéntico afán de libertad creativa que se conjugaba de manera rigurosa con los apuntes y datos acerca de la realidad social que debían describir. El resultado fue apasionante y decisivo. La línea divisoria entre la literatura y el periodismo, afincada desde el siglo anterior en una sólida tradición influenciada sobre todo por los cánones establecidos en el mundo anglosajón, a partir de ellos tres se tornó más y más flexible y, por lo tanto, más enriquecedora. 


Los tres tenían la misma edad y, en buena medida, los mismos sueños. Tenían un territorio simbólico, ideológico y lingüístico común, pues a pesar de sus grandes diferencias América latina era entonces percibida y vivida como un sueño posible, no el del panamericanismo propugnado por Washington sino de la prédica latinoamericanista de Martí y, antes, de Bolívar. 


A ese respecto, el propio Gutiérrez realizaría después, en paralelo con el establecimiento de la guerrilla del Che en Bolivia, un prolijo compendio y escribiría un revelador estudio titulado “ ¿Integración latinoamericana? De la Alianza para el Progreso a la OLAS: recopilación y análisis documental” [4] , en coautoría con Marcos Gabay, colaborador al igual que él del semanario Marcha.


Durante buena parte de la década de 1950, Carlos María Gutiérrez se había dedicado a establecer las coordenadas principales de su trabajo periodístico. Se fogueó en redacciones trasnochadoras y revoltosas, se convirtió en un lector tan culto como voraz, viajó por América y Europa, vivió en Estados Unidos y estudió en la Northwestern University, en Chicago. Así fue que aprontó sus herramientas y le sacó filo a su prosa con paciencia y, por qué no decirlo, con piedad. Sus tajos, que podían ser dolorosísimos por certeros e inobjetables, los empleó siempre con prudencia –casi diríase que con recato–, si bien es cierto que cuando lo hizo fue demoledor. 


A Pablo Neruda, por ejemplo, a quien vio una vez pavoneándose en una fiesta de disfraces de la alta sociedad en Punta del Este, lo describió vestido de vietcong, festivo y despreocupado mientras del otro lado del mundo llovía napalm estadounidense sobre las aldeas vietnamitas. Luego lo destrozó con un único verso: “Dicen que en su país es comunista[5]”.


Al recién derrocado Juan Domingo Perón, con quien no simpatizaba y al que pugnó por entrevistar cuando llegó desterrado a Asunción del Paraguay en 1955, lo estampó con una observación casi lateral, para lo cual aprovechó la indumentaria del caudillo: " Estaba tocado con la popular gorra de visera que usaba para sus excursiones en motoneta con las jovencitas estudiantes de Secundaria” [6] .


También era capaz de describir en un breve párrafo toda una coyuntura social y política, y hasta dibujar los trazos históricos necesarios para contextualizar determinadas situaciones y ubicar al lector en el territorio de la acción. Así, por ejemplo, una escena en apariencia banal contemplada por él en la China rural de 1966, le resultó suficiente para describir la miseria y el tesón de aquella humanidad de campesinos pobres –gente indescifrable para Occidente– aferrados a Mao y a la revolución más allá de toda lógica: “ En las terrazas agrícolas de Yenán (esculpidas en la piedra rojiza que forma las montañas de Shensi, colmadas penosamente viaje a viaje con la tierra fértil del llano que está mil metros más abajo) un atardecer encontré a un viejo arrodillado entre las espigas verdes del trigo. Era en la cumbre y comenzaba a soplar el viento frío del noreste; el sol se ponía detrás de la milenaria Pagoda del Tesoro y los campesinos habían regresado a sus cuevas labradas en la roca viva". [7] 


He ahí la prosa de Carlos María Gutiérrez. Ese era el periodista que, paso a paso y artículo tras artículo, desde los socavones de Llallagua en Bolivia hasta la ardorosa lucha independentista en la Guayana Británica, iba a construir un retrato certero, múltiple y abarcador sobre el tiempo que le había tocado vivir. Así se escribieron los reportajes que conforman este libro. Miles de kilómetros fueron recorridos para contar estas electrizantes historias. Muchos peligros debieron de afrontarse y muchos enigmas tuvieron que ser desvelados. Cada palabra resultó escogida con esmero. El resultado fue y sigue siendo ejemplar.

 

* * * 

 

En la Sierra Maestra y otros reportajes” contiene, ordenadas de manera cronológica, dieciocho extensas piezas periodísticas narrativas. O mejor dicho, dieciocho trabajos de “nuevo periodismo”  avant la lettre, los que agrupados por temas conforman los once capítulos del libro. El primero de esos reportajes, el ya citado “Perón, el prófugo”, está fechado en octubre de 1955 y se localiza en Paraguay. El último, titulado “El tigre agazapado”, se ubica en China y es de junio de 1966. Los asuntos tratados en estas páginas abarcan pues cuatro continentes y más de diez años de acontecer uruguayo, latinoamericano y mundial.


También abarcan un tramo decisivo en la vida profesional del propio escritor. Acaso su viaje a la Sierra Maestra, que da título al volumen (y que, cronológicamente, está ubicado en el primer tercio del período en cuestión), sea el punto culminante de esa trayectoria. Allí, en un humilde rancho en la zona de El Hombrito, en plena manigua cubana, conoció a Fidel Castro y al Che, con quien estableció un vínculo muy cercano. No era para menos: CMG fue uno de los tres periodistas latinoamericanos que se atrevieron a subir a las montañas donde operaba la guerrilla [8] .


Ese viaje tuvo otra consecuencia extraordinaria: el Che acordó con CMG y con Jorge Ricardo Masetti (los tres reunidos en el bohío de El Hombrito donde se editaba, en un viejo mimeógrafo, el periódico rebelde El Cubano Libre) la necesidad de crear una agencia de noticias que rompiera el cerco informativo que sufría la pequeña tropa de Fidel Castro. Así fue que nació la agencia de noticias Prensa Latina [9] .


Deben señalarse dos elementos que bien pueden funcionar como claves para entender en toda su dimensión el significado del volumen. Uno de esos elementos tiene que ver con la propia biobibliografía del autor, ya que este fue su primer libro publicado, cuando CMG había cumplido los cuarenta años. Pese a tener una obra reconocida internacionalmente, su labor periodística se encontraba dispersa en distintos diarios, semanarios y revistas. Él ya era un consumado maestro del reportaje [10] , y sin embargo aún no había “pasado por la encuadernadora”, como a él mismo le gustaba decir.


Ese paso del kiosco de diarios y revistas a la librería debió de haber sido importante, a juzgar por la secuencia posterior. El hecho es que a partir de la edición de “ En la Sierra Maestra…” se sucederían los volúmenes: el ya citado “ ¿Integración latinoamericana?...” de ese mismo año; “ El agujero en la pared” (1968), una colección de crónicas humorísticas; “ Diario del cuartel” (1970), conjunto de veinte poemas con los que obtuvo el Premio Casa de las Américas de ese año [11] ; “ Dominican Republic: Rebellion and Repression” (1972), editado por la célebre Monthly Review en Estados Unidos (y después en español, por la editorial mexicana Diógenes, en 1974) y “ Reportaje a Perón” (1974). Luego la publicación de sus libros se interrumpiría durante toda la dictadura (él y Daniel Waksman fueron los dos primeros presos políticos uruguayos exiliados en el pachecato [12] ), para retomarse años después de la recuperación democrática: “ Incluido afuera” (poemas, Arca, 1988), y “ Los ejércitos inciertos” (cuentos, Arca, 1991).


El otro elemento que bien puede funcionar como clave de entendimiento es la fecha de publicación del libro: julio de 1967. Acababa de lanzarse en Buenos Aires la primera edición de “ Cien años de soledad”, pero ese no era el único motivo de estremecimiento continental. Unos meses antes, en noviembre de 1966, el Che Guevara llegó para establecerse clandestinamente con su modesta tropa guerrillera en una de las quebradas del río Ñancahuazú, en Bolivia. Tres meses después, dos desertores de ese grupo inicial le dieron noticia al ejército boliviano y a la CIA de que el mismísimo Che era quien acampaba en aquella zona. De inmediato comenzó la cacería. 


El minúsculo ejército de Guevara tenía algunos grupos de apoyo establecidos en Chile y Argentina, y contaba con un puñado de simpatizantes y colaboradores secretos en otros países. Gutiérrez era uno de ellos. Es dable suponer que la publicación de este libro de reportajes tuvo como una de sus razones, en semejante coyuntura histórica, la concreción de un aporte más –modesto pero, desde el punto de vista propagandístico, muy significativo–, al esfuerzo guerrillero del Che, el que por otra parte acabaría de manera desastrosa en octubre de ese mismo año. Cuando ello aconteció, el volumen recién estaba empezando a circular por América latina.

 

* * * 

 

Nada parecía serle ajeno a CMG, ni en la temática ni en el “recurso del método” para conseguir lo que se proponía. Se fue con documentos falsos a La Habana de Fulgencio Batista en plena rebelión de los barbudos, cruzó la isla de una punta a la otra y, arriesgándolo todo, llegó por fin a las montañas de la Sierra Maestra para encontrarse con un joven locuaz llamado Fidel Castro, y así reportar  in situ las novedades de la entonces balbuceante revolución cubana. 


También se aventuró a contactar con dirigentes mineros bolivianos en plena represión barrientista [13] , en 1965, para contrastar sus opiniones con la de los generales golpistas a los que había entrevistado unos días antes en La Paz. Viajó en compañía de su colega Dorbal Paolillo –destacado periodista del diario El Día, a quien CMG conocía desde los tiempos de la revista humorística La Gaceta Sideral, editada en Montevideo allá por 1956– en camioneta hasta Potosí, se fue a las minas de Catavi, consiguió que alguien lo guiara a pie por los cerros de Llallagua, a cuatro mil metros de altura, y allí realizó un extraordinario y vívido reportaje sobre esa verdadera olla a presión que era la Bolivia minera de aquel momento.


Son solo dos ejemplos. La geografía de su oficio –indisolublemente ligada a la de sus afectos y convicciones políticas– lo llevó a París, a Nueva York, a Estocolmo, al extremo más austral de Chile, a El Cairo y a Managua, entre otros muchos destinos. Una vez, en la redacción de  Brecha, me contó que a lo largo de su vida había estado en cuarenta y tres países, casi siempre como periodista, aunque en no pocas ocasiones apenas como un simple exiliado. Le pregunté  a dónde le gustaría volver. Muy serio me dijo: “ a Malvín en 1960”, pero se negó de manera tajante a explicarme por qué.


De ese litigio peregrino dan cuenta los reportajes aquí reunidos. También reflejan a cabalidad la evolución del pensamiento del escritor y su permanente reflexión sobre la índole de su tarea [14] . Él mismo lo señala en su “ Advertencia” inicial, esa breve, casi telegráfica introducción al volumen:“Siempre me ha preocupado el grado de incomunicación que puede existir entre el estado de ánimo con el que un corresponsal en el extranjero escribe su nota y el que el consumidor de diarios o revistas –aposentado en su sillón preferido o colgado del pasamanos del ómnibus– utiliza para leerla. Ese décalage  es uno de mis complejos profesionales y creo que el de muchos colegas”.


Como ya se ha dicho, hay una cuestión de ética profesional que atraviesa toda la obra de Carlos María Gutiérrez y que está presente de formas diversas en estos reportajes. Esa cuestión tiene que ver tanto con las circunstancias de la lectura como con el empeño formal, o para decirlo en sus propios términos, con la convicción de que el contenido de un artículo periodístico –sin importar su extensión, su relevancia o su temática– siempre debe procurar la más alta calidad estética, en función de los objetivos que persigue.


En ese sentido, es interesante apuntar que cuando CMG comenzó a desarrollar y perfeccionar sus artes periodísticas con la palabra escrita, esa labor profesional –salvo algunas excepciones [15] – no era considerada parte de la literatura. Es más: se subrayaba la importancia y el mérito de aquellos periodistas que habían “trascendido” el mero oficio para “elevarse” y alcanzar cumbres más o menos significativas en aquel otro territorio, superior y distinto: el de la literatura.


En el ya citado trabajo de la profesora Graciela Mántaras acerca de la obra de CMG, se establece un procedimiento taxonómico que ejemplifica a cabalidad esos prejuicios elitistas, los que por otra parte solían ir acompañados de la más genuina admiración. Para empezar, Mántaras dividió la obra y la creación de Gutiérrez en capítulos compartimentados entre sí: “El periodista”, “El humorista”, “El poeta”, “El narrador”. Dicha división, si bien entendible a los efectos de presentar un resumen adecuado y sistematizado acerca del autor, implica una peoría en el estudio de una obra tan rica e interconectada como la de CMG. Esta visión se complementó con un párrafo inicial que acabó por ser una involuntaria radiografía de dichos prejuicios. Escribió Mántaras, refiriéndose  a la tarea periodística de Gutiérrez: “ Resulta plenamente compartible la afirmación de Ángel Rama: ‘elevó el periodismo a nivel de creación literaria ’ ” [16] .


Para Carlos María Gutiérrez el periodismo escrito siempre era literatura, aunque la mayoría de las veces, según su criterio, era “ literatura de la mala”, no (solamente) porque padeciera defectos de redacción, sino porque casi nunca iba al fondo de los asuntos y se quedaba en la mera anécdota, sin que esa anécdota contribuyera a desarrollar el núcleo de la historia. Sobre este punto, es significativo analizar algunos de los reportajes del libro, los que a primera vista apenas si bordean la anécdota, aunque al leerlos con más atención descubrimos que esa anécdota es la historia en sí, y que una simple caminata bien relatada puede mostrarnos el núcleo más recóndito de un personaje o de una sociedad.


Ese núcleo, que conforma el hilo central y definitivo de una historia, también puede surgir del fracaso liso y llano. CMG nunca renegó de sus fracasos profesionales, y algunos de ellos los tuvo en tan alta estima que los convirtió en reportajes. Tal el caso del fallido intento de entrevistar a Sartre en París, en 1965. La pieza se titula “El aplazamiento” y es un modelo de honestidad profesional y, a la vez, de sagacidad psicológica y periodística. Como él mismo lo explica en la breve presentación del texto, se trata apenas de un esbozo: “ Incluyo esta descripción no muy importante de un fracaso, porque releyéndola años después, encontré en sus entrelíneas algunas de las cosas que yo andaba buscando en el reportaje fallido a Jean-Paul Sartre y que éste, sin que yo lo advirtiera en ese momento, me comunicó por omisión” [17] .


Otro estupendo fracaso de CMG fue plasmado en su pieza “El día que enterraron a Hemingway”, un modelo de escritura creativa y a la vez sujeta a los rigores de la más contundente de las realidades: la muerte. Ocurrió que, cuando el viejo Hemingway –a quien sus amigos cubanos llamaban simplemente Papá–se voló la cabeza de un escopetazo en un pueblo perdido de Idaho, Gutiérrez estaba en La Habana, que era la segunda patria del novelista norteamericano. Su interés en entrevistarlo había sido recurrente y siempre, por algún motivo, postergado. Así que cuando se enteró de la noticia del suicidio, a manera de homenaje el periodista se fue hasta el Floridita, en la esquina de Obispo y Monserrate, el bar donde el escritor empezaba su ronda diaria de tragos, por lo general poco antes del mediodía. 


Según relata Gutiérrez, a la segunda vuelta de daiquirí ya estaba convencido de que ni siquiera la tragedia de aquella muerte podía evitar que él se encontrará con el más famoso de los narradores estadounidenses, el tipo duro que había convertido la sangre y el coraje en una marca registrada.


Lo que sigue es una emocionante, delicada y a la vez implacable aproximación a uno de los grandes íconos literarios del siglo veinte. CMG fue a Cojímar, el pequeño puerto de pescadores al este de La Habana donde el escritor tenía su base de operaciones marítimas; fue a su finca en San Francisco de Paula, en la que el premio Nobel había pasado, entre borracheras y recuerdos, buena parte de sus últimos años; fue a visitar a Gregorio, el patrón del yate “Pilar” y su más cercano amigo cubano, al pescador Chago, al calafateador Juan Torres, al mulato René Villarreal, el casero de la finca.


El resultado de esa peregrinación, efectuada el mismo día en que se realizaba el sepelio de Hemingway en Estados Unidos, nos da una idea precisa y a la vez original del novelista, de su personalidad, sus hábitos y sus obsesiones, pero también nos permite acercarnos al propio cronista, al reportero uruguayo que, imposibilitado de viajar hasta Idaho para asistir a las exequias del escritor célebre, encontró la manera de extraer de aquel fracaso desgraciado unas páginas de oro. 


Su explicación es lo bastante contundente como para agregar nada más: “ En Kenia, en París, en Nueva York y en Madrid hay gente que bebió mano a mano con Papá, gente que lo amó y que él quiso. Seguramente algún guía indígena, o Marlene Dietrich, o Dominguín, o Picasso, o William Faulkner, estarán pensando hoy en Hemingway, sin poder explicarse por qué se mató. Pero aquí en Cojímar también los amigos humildes bajan la mirada o se quedan mirando el mar cuando les hablo del viejo pescador americano. Aunque los rifles mejores estaban en Sun Valley y los cuadros de Picasso en el apartamento de Montparnasse, Papá dejó en Cuba a la Pilar y en su finca de San Francisco de Paula están todos sus libros y las chaquetas de caza, y en la pared del estudio cuelga la piel del león que miss Mary, la esposa, mató en África” [18] .


Carlos María Gutiérrez podía entender aquello de manera directa: en buena medida él también era un cazador, no de animales salvajes sino de buenas historias; él también era capaz de esperar con paciencia el lance con algún pez enorme, y hasta de acompañar una expedición en la búsqueda de un personaje esquivo durante días o semanas; también amaba a Cuba, aunque por razones diferentes a las de Hemingway, y también se había codeado con personajes poderosos en distintos lugares del mundo, aunque sus verdaderos referentes humanos estaban entre los humildes y sencillos; él también creía que cada palabra escrita debía tener la solidez de una roca. 


De modo que, a pesar de las diferencias y distancias, esas dos personas –el muerto inexplicable por un lado, el periodista acucioso por otro– estaban bastante cerca uno del otro. La recorrida del peregrino CMG por las habitaciones de la finca Vigía, su desolada frialdad para levantar acta de lo que allí había (unos mocasines viejos, un amarillento recorte de periódico, un frasco), y su palpitante reflexión sobre el éxito y el fracaso de Hemingway dan fe de esa impensada proximidad.


Una mención especial merece el texto titulado “Haedo llega al poder”, publicado originalmente en la revista Reporter, pues se trata de la única pieza del libro cuya acción se desarrolla en Uruguay, y cuyo sujeto principal es un político uruguayo. El elegido fue Eduardo Víctor Haedo, con quien CMG acordó entablar un vínculo intenso y sin interrupciones a fin de elaborar el reportaje. Estuvo con Haedo durante una semana completa, lo siguió a sol y a sombra desde el desayuno hasta la hora última, cuando el veterano político se quitaba la clásica boina blanca y se iba a acostar. Charló con él en los atardeceres de su casona “La Azotea” de Punta del Este, nadó con él en su piscina, bebió algunos tragos, compartió sus tenidas con amigos y correligionarios, viajó a la capital en su automóvil oficial y hasta se acomodó en el despacho del Consejo Nacional de Gobierno para observarlo en funciones.


Logró que Haedo, un personaje singularísimo en la historia política uruguaya, se franqueara como nunca lo había hecho y le contara intimidades y razonamientos, triquiñuelas de político y avatares de hombre de mundo. Hubo un acuerdo previo: algunas de las cosas narradas por el mandatario debían quedar en el tintero. El periodista las sabría, pero no podría revelarlas en ninguna circunstancia. Por supuesto que CMG cumplió, aunque para elaborar el reportaje empleó toda aquella valiosísima información, que de una manera u otra aflora en las entrelíneas del reportaje. La conocida “teoría del iceberg” de Papá Hemingway, fue aplicada aquí con todo rigor.


El resultado es excepcional, porque permite entender al hombre detrás de la figura histórica, al niño sin padre y sin consuelo enfundado en el traje de dirigente político, al amante de las bellas artes embozado en el frívolo coleccionista de celebridades. Eduardo Víctor Haedo, que por esas fechas se encontraba en el esplendor de su carrera política, se revela en la escritura del reportaje como un aldeano sofisticado hasta la exageración, dispuesto a todo para llegar al poder y así honrar a su madre muerta, aquella mujer corajuda que había tenido el heroísmo impar de parir y criar a un hijo (el propio Haedo) siendo soltera y pobrísima, en una pequeña ciudad del interior uruguayo a principios del siglo veinte. CMG lo expone con un trazo certero y entrañable: “ … el hombre de la boina blanca alberga un secreto simple y decisivo: llevar al hijo descalzo de la costurera María Haedo al lugar que ocuparon Luis Alberto de Herrera y, antes, Aparicio Saravia” [19] .

 

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El periodismo y el Uruguay todo le deben mucho a Carlos María Gutiérrez, acaso bastante más de lo que la mayoría de sus compatriotas imaginan. Es una deuda triple o cuádruple: por todo lo que él aportó en la reformulación de los viejos códigos de los cronistas, por la libertad creativa que su trabajo pionero hizo posible entre sus continuadores y por la mirada rigurosa y desacatada con la que retrató su mundo y su tiempo. También se le debe, y no es una deuda menor, por el escaso reconocimiento que su obra ha tenido tras su fallecimiento.


Bien es cierto que el propio CMG rehuyó de forma consistente cualquier tipo de vanidosa presunción de sus logros, que fueron muchos. Él la ponía difícil y se complacía de esa dificultad. Nunca hizo ostentación de su cultura enciclopédica, ni se preocupó demasiado por reunir su propia obra dispersa en publicaciones de América y Europa, ni reivindicó su papel fundacional en la agencia Prensa Latina, ni utilizó su amistad con el Che y sus cercanos vínculos con Fidel Castro para sacar chapa de revolucionario de la primera hora ni para ocupar posiciones en los ámbitos de la izquierda, a la que pertenecía con una convicción absoluta. 


Quizá por eso mismo, pese a ser una figura relevante, aceptó publicar su primer libro –este libro– recién a los cuarenta años. Su humildad era esencia pura y se escondía detrás de una severidad (“línea dura trazada con regla de acero”, según proclamara en su momento Mercedes Ramírez) que ocultaba un espíritu tan solidario como travieso. Quienes disfrutamos de su palabra fraterna y de su humor –a veces tan o más oscuro que su apodo– supimos regocijarnos con esas virtudes.


La deuda múltiple con Carlos María Gutiérrez no es de las que se pueden pagar con homenajes póstumos ni con nombres de calles, plazas o parques. Esa falta de reconocimiento sólo puede saldarse con conocimiento. Conocer su obra es la mejor manera de hacerle honor a quien con tanta dedicación se consagró durante décadas a escarbar en lo más hondo de la realidad para escribir sobre nosotros, es decir para escribirnos. Lo hizo sin retacear nada, y muchas veces arriesgando el pellejo. “ En la Sierra Maestra y otros reportajes” es una pieza clave en la historia de las letras uruguayas contemporáneas y merece un sitio de singular destaque. ~


 

Notas

 

[1] CMG utilizó varios seudónimos, sobre todo para firmar sus trabajos como dibujante y humorista. Entre otros: Gut, Pío, Baltasar Pombo, Paulo. Trabajó en casi todos los diarios del Uruguay (La Mañana, Época, El Debate, El País, Acción, La Voz, Tiempo de Cambio), en revistas y semanarios (Marcha, Lunes Reporter –luego Reporter–, La Gaceta Sideral, Brecha), y como asesor, redactor y corresponsal en el extranjero (Le Monde, Prensa Latina, Cuestionario, Alternativa, El Diario de Caracas, El País de Madrid). Muchas de sus crónicas y despachos aparecían firmados como “Carlos M. Gutiérrez”.

[2] A lo largo de los años la letra de esta canción ha sido atribuida erróneamente a Jorge Cafrune, a Los Olimareños, a José Luis “Pepe” Guerra, a una coautoría de Guerra con CMG y a “autor anónimo”. Esta última atribución, muy extendida en América Central y el Caribe, según el propio CMG fue el mayor elogio literario que recibió en toda su vida.

[3]Literatura y periodismo: una tradición de relaciones promiscuas”, Universitat de València, 1999. Fue reeditado con el título “La palabra facticia”, en 2014. El libro cuenta, además, con un esclarecedor prólogo de Manuel Vázquez Montalbán.

[4] Montevideo, 1967, 281 pp. Editado por el grupo anarquista Comunidad del Sur para su sello Ediciones Cruz del Sur.

[5]Diario del cuartel, Ediciones Casa de las Américas, colección Premio, La Habana, 1970.

[6]Acción, Montevideo, edición del 3 de octubre de 1955.

[7] En: “China ante la guerra”, reportaje publicado en Marcha, Montevideo, en dos entregas: viernes 20 de mayo y viernes 17 de junio de 1966.

[8] Los otros dos fueron el argentino Jorge Ricardo Masetti y el ecuatoriano Carlos Bastidas. Éste último fue asesinado por la policía cubana el 13 de mayo de 1958 en La Habana, luego de bajar de la Sierra Maestra. En cuanto a Masetti, él murió como guerrillero en la selva de Orán, en Salta (norte argentino), en fecha no precisada, posiblemente en abril de 1964.

[9]Los años precursores. Memorias de Prensa Latina”, compilado por José Bodes Gómez, Ed. Prensa Latina, La Habana, 2014.

[10]Carlos María Gutiérrez y el sentido mágico de la palabra”, pp. 12 y sgtes., Ediciones de la Pluma, Montevideo, 2012, Por su parte, Wilfredo Penco afirma que ya a fines de la década de 1950 CMG “gozaba de prestigio por su labor en la prensa”. En: “Diccionario de la literatura uruguaya (A-K)”, pp. 282 y 283, Arca/ Credisol, Montevideo, 1987.

[11] El jurado del premio estaba integrado, entre otras personalidades, por tres poetas que devendrían en verdaderos próceres de la poesía latinoamericana: Ernesto Cardenal, Roque Dalton y Cintio Vitier.

[12] Así se ha dado en llamar al régimen impuesto en Uruguay por el político colorado Jorge Pacheco Areco, quien sucediera constitucionalmente como presidente de la República al general Diego Gestido tras la muerte de éste. Durante su gobierno (diciembre de 1967 - marzo de 1972) Pacheco ilegalizó partidos políticos, clausuró periódicos, militarizó sindicatos y desconoció reiteradamente los pronunciamientos del Parlamento. Gobernó con un régimen de excepción y llegó a suspender las garantías individuales de los ciudadanos, consagradas en la Constitución.

[13] Régimen dictatorial impuesto en Bolivia tras un golpe de Estado llevado a cabo en noviembre de 1964 por el general René Barrientos, quien derrocó al presidente Paz Estenssoro y dio inicio a una fuerte represión contra el movimiento obrero de los mineros.

[14] De especial interés resultan, en ese sentido, las respuestas que le diera a Mario Benedetti tras recibir el Premio Casa de las Américas en La Habana, donde se encontraba exiliado. A propósito de su incursión en la poesía, CMG reflexiona en esa entrevista sobre el oficio del escritor, sobre el periodismo y sobre los límites de los géneros literarios. Con el título “El poeta que vino del periodismo”, fue publicada originalmente en el semanario Marcha y luego incorporada al libro de Benedetti “Los poetas comunicantes”, ed. Biblioteca de Marcha, Montevideo, 1972.

[15]a quienes tanto debe nuestra literatura”. (en Capítulo Oriental N° 30, Historia de la Literatura Uruguaya, “El humorismo y la Crónica”, p. 474).

[16] Ob. cit. p. 8.

[17] Nota agregada en 1967, para la edición del libro, al reportaje publicado originalmente en Marcha, Montevideo, ed. del viernes 25 de junio de 1965.

[18] En: “El día que enterraron a Hemingway”, publicado en Reporter, Montevideo, 23 de agosto de 1961.

[19]   Publicado originalmente en la revista Reporter, Vol I, N° 7, Montevideo, 22 de febrero de 1961.

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Publicado por: Biblioteca Nacional, Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay


                                                                                                                                                                                     © FERNANDO BUTAZZONI, 2017. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS


Mayo de 2015.


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Hipocresía


En Montevideo no discriminamos a la gente por cuestiones geográficas, pero a los que viven en la periferia pobre les decimos planchas, a los de la periferia rica chetos, a los que son de Pocitos los llamamos cajetillas, a los del interior canarios, a los árabes turcos, a los bolivianos bolitas, a los paraguayos paraguas y a los brasileños brasucas.

 

Tampoco discriminamos por razones religiosas, válganos Dios, pero a los católicos practicantes les decimos "chupacirios", a los mormones que predican casa a casa los llamamos "huevos", a los umbandistas "macumberos", a los judíos "rusos" y a los musulmanes desde hace un tiempo los tildamos de terroristas.

 

No discriminamos por motivos raciales, pero a los de piel muy oscura les decimos negros, si la tienen un poco menos oscura los llamamos parditos, si es más bien cobriza les decimos indios y si es amarilla ponjas. El alma de los malos es negra, claro, y la pureza es blanca.

 

No tenemos discriminación sexual de ningún tipo, pero en Montevideo a la mujer en general se le dice mina, a los homosexuales se los llama trolos, a las homosexuales tortas y a las prostitutas changos. Si una mujer es promiscua se dice que es un putón, y si el promiscuo es un hombre nadie dice nada.

 

Todas estas formas de decir, y muchas otras que son conocidas y empleadas por buena parte de la población, no son inocentes: además de forma son también contenido. Expresan con palabras ideas que se manifiestan en hechos. 

 

Nuestra cultura, nuestros miedos y nuestras peores fantasías se realizan allí, donde el lenguaje común nos permite agraviar, ofender y lastimar al otro, al que es distinto a nosotros. Eso es discriminación. Y como además de discriminadores somos hipócritas, casi siempre negamos que esas cosas ocurran. Pero pasan, son dolorosas y muchos de nosotros, demasiados quizá, nos hacemos los distraídos. ~


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Publicado por: En Perspectiva

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Septiembre de 2015.



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La estafa de Venezuela

La situación en Venezuela ha merecido de manera reiterada la preocupación de los uruguayos. Muchos, que en su momento vimos esperanzados cómo Hugo Chávez se despegaba de viejos moldes

 

ideológicos para proponer, mediante el voto, alternativas novedosas y viables en América latina, comprobamos hace ya mucho tiempo la vía muerta que suponía el llamado socialismo del siglo veintiuno, manchado por la corrupción y el desatino.


Algunos hemos sufrido en carne propia los exabruptos y disparates que se generan de continuo en la siempre inerte y acrítica dirigencia bolivariana. Otros, poco a poco, se han ido informando de lo que allá sucede. Muchas son las versiones de primera mano que resultan por demás agobiantes: violencia, autoritarismo, corrupción, desabastecimiento, inflación, descontrol, maniobras represivas, declaraciones disparatadas y gestos soberbios de un gobierno que ha perdido todo rumbo, pero que se empeña en conservar el poder a cualquier precio.


Los propios chavistas revelan los entretelones del proceso que vive aquel país, y son destacados miembros del Partido Socialista Unido de Venezuela los que denuncian a diario la situación. Unos hablan de “perversos privilegios para proteger intereses personales y grupales”, otros de “tragedia del proyecto chavista” y otros van más lejos y señalan con el dedo al presidente Maduro, quien “convirtió a Chávez en una imagen vacía y falsificó su legado”, dicen .


Debo aclarar que las citas pertenecen a ensayistas y periodistas que han publicado sus trabajos en Aporrea, un medio de gran predicamento que se define como un sitio “de divulgación de noticias y opinión socio-política y cultural, identificado con el proceso de transformación revolucionaria y democrática de Venezuela”. Está todo dicho.


El viernes pasado se realizó  en Caracas una movilización “contra la corrupción y el desfalco a la Nación” y para exigir auditorías en el Banco Central de Venezuela y en todos los ministerios. ¿Quiénes la organizaron? No fue la oposición, ni la CIA, ni el presidente colombiano Juan Manuel Santos, ni Rajoy, ni Almagro. La marcha y las denuncias fueron impulsadas por sectores que hasta hace poco eran parte integrante del gobierno bolivariano. En una foto de la convocatoria se ve a un joven militante del grupo Marea Socialista con un cartel: “¿Dónde están los 260 mil millones de dólares?” El pie de foto agrega “que se robaron”. Hasta los famosos Círculos Bolivarianos anunciaron su adhesión a la convocatoria contra la corrupción y el desfalco al patrimonio público”.


En Uruguay, la oposición propuso la semana pasada en el Parlamento un debate a raíz de la durísima pena impuesta a Leopoldo López, un político venezolano preso en una cárcel militar desde hace más de un año. La oposición propuso pero el Frente Amplio no aceptó el debate. Es una lástima, porque de allí podría haber salido un poco de dignidad para compartir.


Leopoldo López fue condenado a una pena de “ 13 años, 9 meses, 7 días y 12 horas de prisión”. Uno de los delitos que le imputaron, el más grave, fue “ asociación para delinquir”. Muchos y muy queridos compañeros murieron en la tortura, aquí en Uruguay, antes y durante la dictadura, cuando estaban detenidos y acusados de cometer ese mismo delito. 


El detallismo judicial para fijar la duración de la pena en el caso de López es siniestro, y tiene un toque de escarnio que resulta vergonzoso. Y es vergüenza lo que deberíamos sentir los latinoamericanos, en especial los que soñamos desde la izquierda con sociedades más justas y más libres. Creo que no hemos hecho todo lo posible para impedir que un grupo de sátrapas nos arrebatara las banderas, ni para evitar que algunos sueños se convirtieran en pesadillas. 


No lo hicimos en el pasado ni lo hacemos en el presente. Una autocrítica no vendría mal, pues lo cierto es que hoy la sociedad venezolana no es ni más justa ni más libre ni más próspera que hace quince años. Es una sociedad empobrecida y atravesada por la corrupción, la postración económica, el robo de los fondos públicos, la escasez y la violencia. Es menos justa, menos próspera y menos libre.


Por cierto que esos problemas deberán ser resueltos por los venezolanos. Pero nada nos impide que como latinoamericanos, o como simples ciudadanos del siglo veintiuno, levantemos nuestra voz para denunciar esa gigantesca estafa ideológica, política y económica que es el llamado “proceso bolivariano”.  ~


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Publicado por: En Perspectiva

  

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Junio de 2008.



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No todo está perdido

Todavía no es demasiado tarde, aunque hay que poner las barbas en remojo ya: por múltiples causas faltan alimentos en el mundo, el petróleo se torna inaccesible, hay cada vez menos agua disponible, los recursos marinos son diezmados por la contaminación, el cambio climático y las faenas indiscriminadas, el aire se empobrece de oxígeno, las selvas desaparecen de forma irremediable y muchas especies se extinguen.

 

Son malas noticias, y hay más: las ciudades crecen. Aumenta de forma dramática la pavimentación del planeta, se abren carreteras y caminos y con ello se tumban árboles y se arrasa con buenas tierras para colocar, allí mismo, la bandera de la civilización y el peaje correspondiente. La población aumenta y con ella aumentan las demandas de espacios en los centros urbanos, y de servicios que implican gigantescos consumos de todo tipo: comida procesada, electricidad, minerales, automóviles, agua, plásticos, medicamentos.


El planeta, tal como fue conocido durante los últimos siglos, ya no existe. Volvieron los muros a muchas fronteras y cada metro cuadrado del globo terrestre ha sido relevado, fotografiado y explorado por aviones, satélites, aventureros y cámaras de televisión. Los intentos por frenar el creciente deterioro del hábitat humano sufren estruendosos fracasos. Las políticas internacionales referidas a los asuntos más espinosos ni siquiera son avaladas por los propios gobiernos que las proponen o impulsan. Nada hay en el horizonte que permita avizorar una salida. El continuo incremento en la producción de bienes y servicios es igual a más consumo, que es igual a más demanda y a más desechos, a más tóxicos, a más monocultivos y a más miseria. Es esa miseria, con el hambre y la enfermedad como bandera, la que empuja cada vez a más gente a salvar la vida emigrando como sea. Cada día cruzan el Mediterráneo, desde la costa africana, cientos de embarcaciones precarias repletas de desesperados. Y desde el Este de Europa son miles los que intentan reinstalarse en sitios donde haya comida y agua potable.


También llegan oleadas de latinoamericanos. Roma, Madrid, París, Amsterdam y Berlín son los destinos preferidos por quienes no tienen otra elección. Calificados como ilegales, perseguidos y reprimidos, ahora el Parlamento de Europa acaba de oficializar el carácter de “despreciables” de esos viajeros de la pauperización.


Una ola de estremecimiento recorre el mundo. La semana pasada la señora Josette Sheeran, del Programa Mundial de Alimentos de la ONU, calificó el hambre como un “tsunami silencioso”. Pero no es sólo el hambre y no es silencioso. El agua potable, envasada para consumo, hoy cuesta en cualquier ciudad europea más que el petróleo. Ya empieza a oírse el estruendo.


No se salva ni el más pintado. China ha empleado el formidable empuje de sus economías excedentarias para explotar tierras con fines agrícolas en el extranjero. Avispados, los laboriosos chinos ya tienen importantes inversiones y haciendas en Laos, Kazajtán, Brasil y otros países. Hace pocos días, el fundador del Earth Policy Institute, el señor Lester Brown, revelaba un dato que, cuando menos, por estas latitudes debería resultar inquietante: “China ha sacrificado su autosuficiencia en soja a fin de preservar la tierra y el agua para otros cultivos”, dijo en el Foro de Roma. Parece evidente que si China preserva su tierra y su agua, no estará en el futuro dispuesta a compartirlos con nadie.


De todas formas eso no alcanzaría. Nada parece alcanzar a estas alturas. Con estas malas noticias, recién comenzamos a comprender que la globalización también está presente en los desastres. En Montevideo, por estos días, hay decenas de barcos españoles atracados en los muelles o fondeados en las cercanías de la costa. Son parte de la flota pesquera de aquel país, que como todos sabemos está en conflicto con el gobierno de Zapatero y con la Unión Europea y con el estatus del comercio mundial de pescado. Ellos reclaman lo mismo que los pescadores uruguayos, o los de las otrora riquísimas costas del Perú, o los del Báltico.


Quieren combustible más barato y precios estables para sus capturas, algo que nadie les puede garantizar. La especulación financiera con el petróleo es, como dice Stiglitz, el resultado de una sumatoria feroz: especulación y finanzas. Hoy no es posible asegurar que las guerras por la posesión y manipulación de los yacimientos de crudo no se repitan, mañana, con las grandes superficies aptas para cultivar alimentos o con los acuíferos subterráneos. Los grandes movimientos de dinero en los llamados “mercados a futuro” son timbas de inversión en las que apuestan los mismos que antes apostaban al dólar y al mercado hipotecario norteamericano. Para muchos expertos, la escasez de alimentos es ficticia, y contiene una muy alta dosis de estraperlo. Para otros, en cambio, los precios en alza de los granos reflejan de algún modo un panorama incierto hacia el futuro, en el que la comida no está en absoluto garantizada. La palabra hambruna no deja de oírse.


Los principales actores desencadenantes de la actual situación son conocidos: grandes conglomerados económicos con fuertes ramificaciones en todos los ámbitos estratégicos. Un ejemplo es la British Petroleum, la tristemente célebre BP, que ha sido reiteradamente acusada de promover guerras civiles, desestabilizar gobiernos, financiar parte de la actual campaña bélica en Irak y establecer políticas represivas en países en los que cuenta con perforaciones propias. A esta compañía se le han detectado vínculos con empresas del sector de los armamentos, de la industria química y biotecnológica y también con compañías de alimentos. Recientemente se supo que el poderoso grupo brasileño Cosan, uno de los mayores productores y vendedores de azúcar del mundo, metido de lleno en el negocio del etanol, había fortalecido sus vínculos con BP: el mismo día que la empresa brasileña entraba al negocio, la petrolera británica anunciaba inversiones en Brasil, en el área de los biocombustibles, rama en la que es copropietaria de una de las más importantes compañías, la “Tropical BioEnergia”. Fue un negocio espejo: Cosan se quedó con los activos de la Exxon en Brasil pagando 826 millones de dólares. BP se puso a fabricar etanol y para ello dispuso de mil millones. Todo en un mismo día.


Otro actor principalísimo de esta historia es la norteamericana Monsanto. El caso de esta compañía es paradigmático, pues demuestra de forma palmaria cómo el conocimiento científico y las habilidades tecnológicas pueden ser utilizados de forma aviesa con el fin de obtener enormes ganancias a cualquier precio. No son pocos los que han acusado a Monsanto de generar gravísimos problemas alimentarios, a partir de la manipulación genética de semillas y del empleo de agroquímicos de impacto, como el herbicida total “roundup” (nombre comercial del glifosato. Monsanto ha estado relacionada a la industria del armamento, fabricó defoliantes para borrar selvas del mapa, proveyó de diferentes sustancias a Coca Cola, elaboró hormonas transgénicas y pleiteó con agricultores de medio mundo a los que les reclamó la cosecha por ser presunta propietaria, la empresa, de los genes que habían dado esos frutos.


Así las cosas, lo de poner las barbas en remojo va en serio. Deberíamos preocuparnos con celeridad por legislar de forma conveniente y por regular de forma más apropiada y estricta el uso del suelo y del agua. Deberíamos ser más rigurosos con la venta de tierras: ¿a quién y para qué? Deberíamos pensar una ley de garantías alimentarias, para prevenir antes que lamentar. También se puede acotar el consumo de combustibles fósiles, en especial las gasolinas. Eso ya se ha hecho en el pasado y se puede hacer de inmediato. Deberíamos crear una estación de monitoreo global, capaz de cruzar datos sobre combustibles, agua y alimentos, en la región y el mundo. Tenemos los recursos humanos y materiales para ello. No parece conveniente que los gobernantes se enteren por la prensa especializada de algunas “novedades”.


Muchas cosas deberíamos hacer ya. Tal vez a muchos les parezcan tremendistas las apreciaciones aquí volcadas e innecesarias las acciones públicas que se reclaman. Sin embargo, el panorama que se ofrece ante nosotros amerita todo esfuerzo. De ello avisan los mercados, los organismos internacionales, los gobiernos, los sabios, los humildes y los poderosos. Todos están un poquitín asustados por estos días. La realidad es la realidad. El peor error sería no entender sus consecuencias a corto plazo, o creer que ya todo está perdido. ~


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Publicado por:  La República

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Agosto de 2006.



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Consumir y reventar


La política y el consumo siempre han tenido relaciones inestables y a menudo traicioneras. Desde el célebre chiste anti bonapartista referido a la infusión de achicoria como “el café de los franceses”, no son pocos los ejemplos de procesos políticos que han encontrado severos escollos políticos en el espíritu voraz de los consumidores.    

 

En el Chile de Salvador Allende, una de las primeras operaciones de inteligencia planeadas por la CIA fue provocar una gran escasez de cigarrillos, destinada a generar descontento entre la población. Antes, en la Cuba de los años ’60, la libreta de racionamiento era, para la oposición de adentro y de afuera, la prueba más demoledora del disparate revolucionario que recién comenzaba a andar. En el otro extremo, Pol Pot quiso eliminar el dinero y el consumo y terminó eliminando a varios millones de camboyanos.

 

La sociedad de consumo como tal, cuya prefiguración los estudiosos ubican a caballo entre la Comuna de París y la creación de la primera cadena de montaje en Estados Unidos en 1909, se ha convertido en menos de un siglo en una implacable máquina de devorar patrias, cerebros y corazones. Grandes conquistadores de culturas, verdadera nube de langosta que arrasa con lo que encuentra a su paso, los hacedores de esa política consideran que en realidad es la única política posible, y que para imponerla da lo mismo derribar un muro ominoso que construir otros, igualmente despreciables. Ya en sus albores, en 1899, Thornstein Veblen acuñaba términos como “consumo superfluo” para explicar ciertos comportamientos sociales. Todo vale, porque todo debe ser pasible de consumirse. Y lo es.


El humano contemporáneo es un consumidor insaciable de bienes y servicios, pero también de otros elementos más primarios, algunos de ellos menos tangibles, otros impensados. Hoy se consumen combustibles fósiles como nunca antes, y junto con ellos también se consumen tiempo y espacio. La ilusión de la velocidad no es sino la oferta, estilizada, de un bien único e incanjeable: el tiempo individual. Con el espacio ocurre más o menos lo mismo. Arthur C. Clarke calculó una vez que toda la población del planeta en ese momento (poco menos de seis mil millones de personas) cabía cómodamente en el estado de Texas. Alguien dijo en broma que el problema no era la gente, sino sus automóviles. En efecto, es inmensa la cantidad de espacio horizontal y vertical que las ciudades destinan al parque automotor: calles, avenidas, túneles, puentes, garajes, edificios, estacionamientos, etc. De modo que muchas ciudades se extienden de forma casi monstruosa cubriendo grandes extensiones de tierra y aire con asfalto. Ese desparramo urbano genera nuevas necesidades de consumo de combustibles, de automóviles, de trenes y aviones. Más tiempo para llegar a casa, más necesidad de consumir velocidad, más combustibles fósiles. Esta carrera genera otras necesidades, así que también se consume tranquilidad, ya sea en la forma de seguros de distinto tipo, como de servicios de vigilancia y protección, barrios privados, balnearios exclusivos, psicofármacos. Y se consumen belleza, juventud, delgadez: cosméticos, centros de tratamiento, dietas. Nada se salva: el bosque tropical, la luz del sol, los mitos, la política, el silencio, la intimidad. Buda para principiantes en DVD; Cristo en la cruz como nunca lo imaginó nadie, dirigido por Mel Gibson y hablado en arameo. Cubitos de hielo antártico para el scotch


Puesto a generar consumidores, el capitalismo global del siglo XXI tiene la habilidad de los grandes embaucadores de antaño. Puede venderles refrigeradores a los lapones. Lejos está el sueño de un casi imberbe Bill Gates de poner una computadora en cada hogar norteamericano. El magnate se quedó corto. Hoy la tendencia, firme por lo demás, es a colocar una computadora por persona en todo el planeta, Cardal incluido. Lo mismo ocurre con las comunicaciones. Las grandes empresas han logrado vender teléfonos celulares de todo tipo a casi cualquier persona en el mundo. En esa loca carrera por ganar “segmentos de mercado” también han entrado por el aro poderosas compañías estatales, colocadas en la encrucijada de competir o perecer. La vieja disyuntiva de Weber entre la ética de la responsabilidad y la ética de las convicciones se ha saldado en este caso con una curiosa pseudo ética de la supervivencia empresarial. Así las cosas, tenemos planes de venta de celulares para ancianos, para niños, para viajeros, para enfermos solitarios. Hay planes para venderles motitos chinas hasta a los troperos. Hay ranchos con aire acondicionado, tractores con GPS, aldeas de pescadores con su propia señal de canal cable.

 

Se argumenta a favor de una supuesta democratización del consumo, pero el propio argumento vuelve insensato ese curso de acción. Georgescu-Roegen lo planteó hace muchos años: si todos los habitantes del planeta tuvieran, democráticamente, la posibilidad de consumir todos los bienes y servicios, pues no habría ni recursos naturales ni espacio suficiente ni estructura económica que lo soportara. De modo que el argumento de la democratización del consumo es, desde el punto de vista político, por lo menos erróneo. A no ser que se trate de una democratización parcial, a medias, en la que, sin decirlo, se pugne por generar el acceso de cierta parte de la población a ciertos productos. En general, el mundo político ha rechazado y abjurado de las democracias “a medias”, pese a que buena parte de la historia del siglo XX fue construida con democracias parciales o gravemente mordisqueadas. Sin embargo, ese concepto acerca de la democracia plena no es tan estricto a la hora de construir políticas referidas al consumo, puesto que se “sobreentiende” que, cuando se habla de democratizar el consumo, no se habla en términos absolutos sino relativos. No hay que ser fanáticos.


Es claro que cualquier política referida al consumo tiene estrecha relación con las políticas económicas, y éstas con la política a secas. Pero antes el consumo era una parte de la actividad económica. Ahora es la actividad económica. Ahora es la política. No hay gobernante que no aspire, con sinceridad, a mejorar los niveles de ingreso de la población en general. Ocurre que la nueva economía global hace que, en toda circunstancia, la mejoría en los niveles de ingreso esté destinada a sostener un incremento de los ritmos de consumo. Los incentivos al ahorro le han dado paso a los incentivos al consumo. Alejada por nociva y despreciable toda tendencia proteccionista en materia comercial (en nuestros países, claro), las puertas están abiertas para que los bienes y servicios lleguen y se consuman de forma acrítica y, en general, irracional. La importación de automóviles cero kilómetro en nuestro país es un buen ejemplo, pero no el único. Ahí están las góndolas de los grandes supermercados atiborradas de aceite de oliva traído de España y Portugal, chocolates elaborados en Suiza, vinos de Chile, Alemania y California, pastas secas hechas en Italia, zapatos fabricados en China, electrodomésticos de Taiwán, vajilla coreana, alpargatas malayas. El aluvión de ultramarinos es incontenible y tiene un tinte festivo. El aura democrática del consumo global alcanza a todos los sectores y toca el corazón de todas las personas, incluidas las más humildes. Así, se puede observar en cualquier shopping a muchas personas que, imposibilitadas de comprar lo que allí se ofrece, se contentan con respirar el aire del consumo global, habitando durante un rato esa atmósfera sin fronteras culturales ni amenazas. No se trata de la vieja “ñata contra el vidrio” del folclore sociológico rioplatense, sino de un verdadero ritual de legitimación que termina por convertir esos paseos en una especie de ejercicio de ciudadanía. Ahí van las familias con sus niños, con ellos pasean y les muestran las vidrieras. Los shoppings se vuelven auténticas escuelas, centros de formación avanzada para futuros consumidores empedernidos.


Las políticas económicas que generaron estas realidades son tan viejas como el capitalismo. Más allá de marchas y contramarchas, el estímulo del consumo global como la única política posible es la consecuencia de inmensas acumulaciones de capital, de notables avances en los ámbitos científicos y tecnológicos y de una clara victoria política e ideológica del neoliberalismo durante los años ’80 del siglo pasado. Es decir que las culpas están muy lejos de nosotros mismos, de nuestros gobernantes y de nuestras agencias de publicidad. Sin embargo, en tanto sujetos de la vida social, a cada instante estamos echándole carbón a la caldera, pues ahora como nunca antes los gestos de cada sociedad pueden tener fuertes repercusiones en todo el mundo. 


Hay pensadores que consideran vana cualquier resistencia, pues la sociedad humana ha llegado a un punto de no retorno y habrá que vérselas con las consecuencias cuando de verdad se presenten. Esas consecuencias pueden ser más o menos dramáticas de acuerdo al enfoque de cada quien. Baudrillard ironizó sobre ello, mal que le pese a Alan Sokal. Chomsky ve la sombra del desastre, aunque la matiza con su entusiasmo militante. Naomi Klein cree que vale la pena resistir. Murray Bookchin, cuyo legado crece a medida que pasa el tiempo, depositaba su esperanza de cambio en el poder local de los vecinos.


Se abren perspectivas, aunque en la mayoría de los casos ellas sean apenas signos de interrogación. A veces, elaborar preguntas termina siendo más productivo que fabricar respuestas. En ese sentido, los trabajos tempranos de Georgescu-Roegen, quien fuera despreciado en su momento y después olvidado por las academias, han encontrado ecos cada vez más fuertes en distintas partes del mundo. Y, de su mano, no pocos teóricos han rescatado enfoques aun anteriores, como los de Schumpeter. La teoría del decrecimiento, que en esencia plantea la imposibilidad del crecimiento ilimitado en un planeta finito, ya tiene algunas preguntas inquietantes, una de ellas relativa a la propia etiqueta: “¿Decrecimiento o acrecimiento?”.


Serge Latouche habla, en “El planeta de los náufragos” de la economía informal y del “insoportable cuento del crecimiento y el desarrollo”. Él, a su vez, es también tributario de otros pioneros, como el chileno Manfred Max Neef y su hipótesis del umbral, según la cual a partir de cierto punto en el desarrollo económico la calidad de vida comienza a disminuir. Para todos ellos, la ilusión democratizadora de “igualar para arriba” en la sociedad de consumo de masas es inviable y, casi siempre, demagógica e hipócrita. El problema, no resuelto todavía, es cómo desmontar una arquitectura económica y social que, en el mundo entero, descansa sobre esos pilares: más producción, más consumo, más demanda, más oferta. ¿Se caerá la estantería? Y si no se cae, ¿cuánto tiempo aguantará? ¿Y después?


Lo interesante es que las preguntas, y en su conjunto el enfoque crítico sobre la sociedad de consumo de masas y su inviabilidad, no provienen de la esfera política. Es más, casi siempre cuentan con la hostilidad manifiesta de ella, aun en los ámbitos de la izquierda más tradicional. En la América Latina de hoy, por ejemplo, parece una locura reaccionaria pregonar en contra de la sociedad de consumo y de sus zanahorias más emblemáticas. Por el contrario, los sueños de la izquierda se han vuelto posmodernos, es decir anticientíficos, es decir premodernos. Todavía hay paradigmas en pie, vinculados al industrialismo y a la fuerza del proletariado: visiones de grandes fábricas con sus chimeneas, quimeras de prosperidad incesante, grandes barcos llevando y trayendo mercaderías hacia y desde cualquier lugar del mundo. Sueños de hoy que mañana serán pesadillas, cuando la sociedad global de consumo se haya consumido por completo y el planeta entero esté al garete y nosotros, o nuestros hijos o nietos, enterrados hasta el cuello en un pantano de chirimbolos tecnológicos inútiles, incapaces de digerir tanto plástico, reventados con tanta basura de última generación. ~

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Publicado por: Brecha

 


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Noviembre de 2004.


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Bush

Algo achaparrado, con los ojitos brillantes, un tanto chueco. Tejano a carta cabal, ex borracho, bautista a toda prueba, blanco. Hijos, un rancho, una esposa capaz de soportarlo casi todo, vacas, tierras, una estirpe. Mano dura, pulso firme, sangre fría, malas juntas. Padre presidente, madre amorosa y miope, un hermano gobernador, un abuelo banquero, un tatarabuelo que anduvo, dicen, matando chipewas por las montañas. Unas patrañas ahí sobre los nazis, poca cosa. Bin Laden, Saddam, Khadafi, Fidel, Arafat, Chávez, Michael Moore.

Durante años bregó por la seguridad de sus electores en el estado de Texas, y lo hizo a lo tejano: matando de acuerdo a la ley a presuntos asesinos, presuntos violadores, presuntos rapiñeros, presuntos asaltantes de bancos, asaltantes de gasolineras, asaltantes de supermercados, asaltantes de tiendas. Promovió siempre juicios justos, dicen sus asesores, y si bien sólo una vez conmutó una pena de muerte, sabe bien que él también ha sido un pecador. Así que Dios le ha dicho que se cuide.


Irak es mucho más que un dolor de cabeza para él. Es mucho más que una guerra en la que sus muchachos vuelven en bolsas de plástico, envueltos como corresponde en la bandera. Es mucho más que los miles que ya han regresado con una pierna menos,  ciegos, sordos y locos. O puteándolo. Es mucho más que los miles y miles de mujeres y niños iraquíes muertos por las bombas, las minas, los lanzagranadas, los misiles tomahawk, los francotiradores, los tanques, los helicópteros, los aviones furtivos.


Irak es un negocio, estúpido.


Un gigantesco negocio de petróleo, contratos, empresas de construcción, empresas de transporte, empresas de armamento. Empresas que ahora viven y dan trabajo a decenas, cientos de miles de estadounidenses honestos como él. Gente que no se mete  en problemas, que trabaja y gana su salario y lo vota. Gente que mira la tele y come hamburguesas y papas fritas y popcorn y ni siquiera sabe dónde queda Irak ni quién es Al Sarkawi.


Un negocio en el que corre sangre, es cierto. Como suele ocurrir en los negocios, sobre todo si se trata de cientos de miles de millones de dólares. O más. Millones de millones de dólares. Billones. Petróleo. Ese es el negocio. Ahora el hombre tiene que resolver algunos problemas. Pero ya se ha sacado de encima a ese imbécil de Boston que casi le da un susto el otro día. Ahora tiene cuatro años más, y un enorme mapa del planeta para ir observando, como si fuera una pradera, a ver qué se puede hacer para llevar la libertad y volver con los dólares. Ahí está el hombre. Imagínenlo. Vencedor, exitoso, bautista. De pie frente a un gigantesco planisferio. Mirando el mapa del mundo. Su mundo después de todo, que para eso lo eligieron. ¿O no? ~

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Publicado por: Montevideo Portal

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Julio de 2003

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La creación como problema


Uno de los nudos culturales del nuevo mileno parece estar allí donde la creación debería desplegarse como santo y seña de la complejidad.

Al impulso del mercado y de los pujos globalizadores victoriosos, una parcela demasiado importante de la creación cultural (en las artes, en la producción ideológica, en la elaboración literaria y audiovisual) ha decidido asumir como propia, por estupor o miedo al vacío social, la línea de fuga propuesta por los amos del mundo: la desproblematización. A fin de cuentas, en términos culturales globalizar es desproblematizar.

 

Globalizar es uniformar. Es planchar los pliegues de las diferencias en aras de la comprensión universal. Después de todo, los atentados contra las Torres Gemelas lo que dicen es justamente eso: cualquiera puede vivir y morir en la capital del mundo. Babel en vivo y en directo.

 

Esa opción, por momentos, parece arrastrar consigo todo lo que halla a su paso. Así, la reflexión filosófica termina por ser pura ocurrencia, las expresiones formuladas desde las artes plásticas un pálido reflejo, la música un eco repetido hasta la saturación. La historia del mundo acaba convertida en un guión de cine y los grandes arquetipos alcanzan la gloria en la tapa de  Rolling Stone. Eso o nada.

 

La guerra de Troya ve masticada la improbable nobleza de su feroz matanza en guerreros carilindos que se comunican con los dioses olímpicos en inglés.

 

La desproblematización como fenómeno de la creación cultural siempre estuvo presente en la expresión social. Pero la desproblematización absoluta es un drama nuevo que asentó sus reales en la última década del siglo XX. Sus consecuencias, a no dudarlo, serán duraderas. Ahora resulta que la realidad no es otra cosa que la realidad, que el mundo tiene un eje y debe respetarse. “El universo no se discute, se expresa”, escribe Cioran. Pareciera que Pascal hubiera perdido su apuesta con la eternidad. 

 

Ahora escribir una novela significa apenas desarrollar de forma adecuada un buen argumento. Construir una casa es ante todo una ecuación financiera. Componer una balada desemboca de manera inevitable en MTV o en el fracaso.

 

Pero la historia de la creación cultural también nos muestra lo contrario: su base de apoyo, su cimiento (y su simiente) estuvieron justamente en la problematización de la realidad. La expresión de la misma fue una inmensa fuente de cuestionamientos y hallazgos por parte de quienes asumían la tarea de exponerla. En la escritura de  La Odisea, en la armonía de la cúpula dorada del templo de Jerusalén, en la hondura espiritual de los  kami sintoístas, lo que hay es una rebelión estética y un camino de búsqueda destinado al descubrimiento de una realidad otra, diferente, sospechada cuando menos, por debajo o detrás de la siempre lisa “realidad real” de cada día. 

 

Nadie veía esos extraños rostros construidos con cangrejos y peces. Nadie los veía excepto Arcimboldo. Sin embargo, esos rostros estaban ahí, y siguen estando porque fueron descubiertos tras un delicado y doloroso proceso en el que, antes que nada, el problema de la creación era asumido como tal. Tomo una bella frase de Cardoza y Aragón: “ La poesía es la prueba definitiva de la existencia del hombre”.

 

Ese empuje, casi siempre marginal, permaneció como elemento necesario (aunque no suficiente) de la creación y de los creadores. Así ocurrió inclusive en el erial espiritual romano de los primeros siglos, cuando ya habían sucumbido los dioses trasplantados desde mundo helénico y el cristianismo aún no conquistaba el alma de los pueblos. Allí el hombre estuvo solo en el universo. Y es de ese tiempo que data todo el esplendor que aún hoy podemos columbrar del inmenso imperio. 

 

De esa desesperada lucha contra la realidad nació, a fin de cuentas, el patrimonio cultural y espiritual de la Humanidad, el que ahora resulta dilapidado con rapidez en una cultura uniforme y acelerada que tiene al zapeo como modalidad superior de apropiación. La imagen sustituye a la palabra. La televisión al fuego. La televisión es el fuego.   Se unifican los códigos, se globalizan los mensajes. La diversidad tiende a ser arrinconada, cuando no aplastada.


Cierto es que hay múltiples respuestas a la voracidad imperialista de la uniformidad. Pero en general los aparatos culturales han respondido débilmente al desafío. Cada día que pasa, esa debilidad se acrecienta. Podría decirse que hay un pacto de sumisión que convierte a los creadores en meros epígonos del discurso unívoco y centralista. Las respuestas suelen ser marginadas e ignoradas. No hay lugar para ellas en la pasarela de la cultura. Cuando una excepción ocurre, ese estómago de hierro del mercado (que todo lo digiere con pasmosa facilidad), se encarga de neutralizar la disonancia.

 

Problematizar la creación cultural significa, antes que nada, aceptar su diversidad y sus desmadres. Releer  Los Cantos de Maldoror implica aceptar su horror, pero también buscar una cierta realidad allí, donde nadie sospecha que pueda hallarse algo más que sangre y podredumbre. Y esa búsqueda ha dado una y otra vez frutos magníficos. Dalí es un hijo de Ducasse, o mejor aún, del Conde de Lautréamont. Sus relojes derretidos, que anticipan a la teoría de los agujeros negros, son ecuaciones alucinadas surgidas a partir de Maldoror como problema no sólo estético sino también moral.

 

Ya los estoicos nos señalaban que todo dilema estético es también un dilema moral. Digamos que la historia es vieja, pero nunca como ahora tantas cosas estuvieron en juego en torno a estos asuntos. De forma extraña, la masificación de los aparatos culturales no ha favorecido la diversidad de señales y marcas, sino su uniformización. La fórmula para ello resulta en apariencia demasiado simple para ser verdadera: el mercado es el que manda, el que promueve, el que difunde e impone. Toda obra cultural que se coloque al margen del mercado queda al margen de la sociedad misma. Lo mismo ocurre con su autor. El mercado también excluye. Y mata.

 

John Kennedy Toole se pegó un balazo. A Modigliani lo mataron de hambre. A Roque Dalton lo asesinaron sus propios compañeros. Ibero Gutiérrez apenas si pudo paladear sus veinte abriles.

 

Ellos fueron grandes problematizadores. El novelista norteamericano era un chico molesto que iba de acá para allá con “La conjura de los necios” bajo el brazo, escarnecido por la suma infinita de rechazos editoriales y burlas de sabihondos (digamos, en términos criollos, de ilustres “profesoretes”). El pintor italiano se marchó de este mundo a los 36 años, sin que nadie entendiera esas caderas huesudas, esos cuellos de garza, esa extraña desarticulación de la figura femenina. Roque Dalton soñaba en clave libertaria y ese sueño le costó la vida. Ibero, nuestro próximo prójimo pese a sí mismo, yace para siempre en las praderas de la poesía, mientras sus asesinos aún pastan en los jardines democráticos.

 

Onetti, que no quiso regresar al Uruguay ni siquiera muerto, nos mira desde una pantalla al tiempo que juguetea con un revólver y su risa desdentada nos acusa.

 

En el arte, en la creación cultural, como en todos los ámbitos, el dilema entre sumisión y rebeldía no es político sino moral. Desde la escritura, desde las artes plásticas, desde el mágico granulado de una cinta cinematográfica, lo que debemos preguntar es si resulta moralmente válido desproblematizar la realidad en aras de la aceptación. ¿Resulta lícito sacrificar la sagrada complejidad de la vida, del mundo, de los hombres y de todo cuanto nos rodea en el altar siempre ardiente del reconocimiento y el éxito?

 

Asumir que la creación cultural es, ante todo, un dilema moral, es también admitir que se trata de un problema. ¿Cómo escribir lo que siento y hacerme entender? ¿Cómo cantar esa canción sin herir los oídos de quienes me oyen? ¿Qué me espera al final del camino, cuando todas las puertas se cierren ante mí? Esas son preguntas que los creadores nos hacemos todo el tiempo. Y ante ellas vacilamos. Y en muchas ocasiones nos dejamos engatusar por los cantos de sirena del mercado, del ranking, del éxito. Estos dilemas hacen a la creación cada día. Y lo que se produce es fruto de ellos.

 

Tengo para mí que, en el fondo, la respuesta ha de ser siempre la más desagradable de todas: acaso la mejor manera de escribir implica que no me entiendan. Tal vez mi verdadera canción lastime los oídos de mi audiencia.

 

Sabido es que la producción del mundo que cada quien realiza, como suprema maravilla de lo humano, cada día, en cada momento, es única e irrepetible. Resistir a la tentación de integrarse mansamente es, cuando menos, una posibilidad de resistir. Aunque nadie distinga el rostro del hombre, disimulado entre peces y cangrejos. ~


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 Publicado por: Semanario 2030

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Agosto de 2002




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Pequeñas catástrofes


No estamos en el tiempo magno de las grandes catástrofes del Universo, siempre aniquilado y siempre reconstruido por obra y gracia de Dios o de sí mismo.  Admitamos que esto es más bien el interregno, la época de padecer a la sombra de lo que vendrá.

    

 

El médico, mi amigo, sólo se atreve a decirme las iniciales de la muerta: A.L. Después el silencio se nos vuelve espeso, incómodo. Pobres de vos y de mí, pienso sin animarme a hablar, sin articular aquello que en realidad no necesita ser dicho. Sin ser. La muerta, entonces, era A.L. Tenía trece años ella, la muertita que no es más que dos letras. Simple historia uruguaya contada mil veces.

 

Enseña Mircea Eliade en su más célebre libro que, en el convulso mundo romano-oriental de los primeros siglos de la era cristiana, el mito de la combustión universal gozó de gran popularidad. Ekpyrosis le llamaban en la Acaya recién conquistada a ese imaginado final de llamas y cenizas que, con liviana lentitud, se irían depositando después en la nada cósmica de donde habrían de resurgir, re-nacer, al cabo de algunos milenios. El apóstol Pablo, en su primera carta a los cristianos de Corinto, escrita desde Efeso, ya advertía que “el fuego, pues, probará la obra de cada uno”. De la humillada Grecia de aquel tiempo a esta húmeda tarde montevideana de noviembre no median más que dos letras, que son cifra de una mínima desgracia: A.L.

 

Poco de griego tiene el Pereira Rossell. O acaso mucho pues, al fin y al cabo, todo es griego en nosotros. Hasta la esperanza que nos alienta a velar nuestra propia nada y resurrección. Mi amigo médico cruza los portones del Pereira cada mañana para meterse en ese mundo construido con inocencias atroces y nombres sacados de la tele. Los niños y niñas que allí nacen se llamarán Yoni, Jenifer, Maicol, Ricky. Los que allí nacen son casi los únicos que nacen en esta nueva Acaya cada día más estéril. Son la inmensa mayoría. Los más pobres sostienen nuestro miserable crecimiento demográfico. Ellos, los otros, nos hacen re-nacer cada día como país: en cada parto somos un poco más. Y así más les debemos, aunque no seamos capaces de reconocer esa deuda. De aliviarla. O de pedirles a ellos, los otros, que nos la perdonen.

 

Mi amigo es un ginecólogo que renace cada día cuando esas mujeres llegan a parir y paren y después se van con su Yoni, su Jenifer, su Maicol. Se van para sus casas, digo, para el cantegril, al barrio Corfrisa de Las Piedras, a las afueras de Pando, a Cerro Norte. Se van a sus miserias con sus hijos a cuestas, a esperar la próxima vez. Se van huérfanos de patria y matria, como diría el poeta Julio Huasi.

 

En el año 2001, el 80 por ciento de las muertes maternas en el Pereira Rossell fueron a causa de abortos “practicados en condiciones de riesgo”, eufemismo que habla de clínicas sin mínimas medidas de higiene y sin equipamiento adecuado, o directamente de técnicas “caseras” empleadas para abortar, algunas de las cuales parecen mucho más vinculadas a la autoflagelación y el suicidio que a la interrupción de un embarazo. 

 

Ese 80 por ciento del Pereira hace que el Uruguay sea uno de los países del mundo con mayor porcentaje de muertes maternas provocadas por abortos. Y el Centro Hospitalario Pereira Rossell –mundo dentro del mundo, laberinto de nosotros mismos situado en el epicentro imaginario de la Nación, junto al Obelisco a los Constituyentes— duplica casi la cifra del Uruguay. Siguiendo la tendencia universal, las más pobres son las que más mueren por esa causa. Los motivos: ignorancia, hambre, miedo, desigualdad. El lugar: el Pereira, junto al Obelisco a los Constituyentes, allí donde la muertita sigue estando. Después, otro día, me entero que A.L., oriental, soltera de 13 años, llegó a la Urgencia del Pereira con hemorragia, el útero perforado y una infección que habría de matarla en pocas horas. Fue en agosto. El aborto se lo hizo una vecina, a escondidas en un galpón, con una aguja de tejer. Le cobró 200 pesos y la mató. La vecina está presa, A.L. está muerta, fin de la historia. Ekpyrosis montevideana ocurrida casi en secreto en el invierno del 2002. 

 

La familia de A.L. era un entrevero. Ella vivía con una prima segunda de su madre, el marido de ésta, dos hermanos, dos medios hermanos y otros cuatro chicos, hijos de diversas parejas de su parienta. Todos hacinados en un rancho de bloques de una sola habitación cerca de Instrucciones y Mendoza. La madre de la niña-mujer muerta en el Pereira anda por ahí desde hace años, loca y de linyera. El padre nunca estuvo. El embarazo era de unas 14 semanas. Mi amigo médico se encoge de hombros y dice que esa chiquilina no debería haber muerto. Con aborto o sin aborto, dice y pienso en mis trece años y en la vida. Me pongo a imaginar su nombre. ¿Ana? ¿Sería ese su nombre? ¿A de Ana? ¿De Alba, de Aurora? ¿A de Aurora? ¿Y su apellido? ¿López? ¿Una Ana López, digamos, muertita casi sin ruido en el Pereira y enterrada en un tubular del Cementerio del Norte? ¿Un número más en la estadística? ¿Y yo, F.B., qué otra cosa soy además de quien imagina un nombre y un apellido para esa muerte? ¿Qué iniciales pongo en esta historia que aconteció ahí nomás, a pocas cuadras de mi casa, enfrente al lugar donde trabajo cada día? ¿Qué iniciales para la madre linyera, para el padre inexistente, para el hijo que ella nunca tuvo?

 

En El mito del eterno retorno Eliade acota que detrás de las ideas arcaicas de conflagración universal se escondía el “carácter optimista” de los pueblos que construían esos mitos: había una conciencia de la normalidad de la catástrofe cíclica, latía allí la certeza de que esa catástrofe tenía un sentido y que jamás era definitiva. El filósofo infiere de allí que el tiempo también se regenera sin cesar. Quienes leemos desde la fe las cartas de Pablo en la Biblia nos asomamos a la especulación filosófica desde otro lugar, no mejor ni más, sino otro: “no con los términos de la sabiduría, sino con lo que nos enseña el Espíritu”. Sólo una vez vivimos, sólo una vez morimos, el tiempo llegará a su fin. 

 

Verdades absolutas para A.L., quien ya vivió, quien ya murió sin haber imaginado nunca ese paisaje, la pared descascarada del hospital donde iba a yacer por unas horas. Inocente ella, no quería decir lo que le había pasado, lo que le estaba pasando. Ingenua en su agonía, negaba lo evidente. Todos nuestros pecados estaban tendidos en esa cama hospitalaria: miedo, ignorancia, hambre, hipocresía, soberbia. Ella cargó con nuestros pecados. Pero ella está muerta y nosotros no, así que debemos pedir perdón y hacer algo. Hacer cosas. Es desde allí que se pueden hallar las confluencias, los acuerdos. Nadie quiere esas muertes. Nadie quiso esa muerte. Nadie quiere que A.L. no pueda ser, aquí y ahora, más que dos letras sobre un pedazo de papel. Mi amigo el ginecólogo ha llorado por esas mujeres todavía niñas, escuálidas y asustadas, que llegan a parir –a veces de túnica y moña para no pagar boleto— sin saber siquiera de qué se trata. Pobre de vos y pobre de mí, vuelvo a pensar. Tiempo ordinario de las pequeñas catástrofes, las que nos ha tocado vivir. Pero así, compartiendo esa pobreza –la de vos, la de mí, la de todos— es que podemos construir una alternativa para tanta muerte. Tenemos que hacerlo.

 

Nos debemos un debate serio sobre el aborto. Un debate que se corresponda con la grave circunstancia que vivimos como nación. Hasta ahora hay posiciones mucho más que intercambio. Rigidez más que flexibilidad. Cálculo más que entrega. Porque la primera condición de seriedad en este debate –que apenas si se ha esbozado en su complejidad— debe ser el compromiso de llegar entre todos a alguna parte. Para lo cual, supongo, tendremos que partir de un lugar común. Hablemos con el corazón: el problema no es sólo la despenalización del aborto, pero es también la despenalización. El problema no es, no puede ser, lo que vaya pensar El Vaticano de la Curia uruguaya si la ley se aprueba. No puede ser, tampoco, el temor de los políticos al castigo de las urnas. 

 

Le debemos a esas muertas y a esos muertos –todos ellos N.N. para el conjunto de la sociedad que no los mira, que no los ve— un debate en el que la hipocresía sea puesta de lado; un debate en el que los fundamentalistas oigan además de hacerse oír y miren además de ver; un debate en el que no sólo haya cifras y porcentajes sobre la mesa, sino también nombres y rostros y sueños. Un debate en el que participen los que nunca participan, los que no tienen voz, que son los que no tienen nada. Nos lo debemos todos a todos. El presidente de la República me lo debe. El senador que tuvo mi voto en el 99 me lo debe. Mi obispo me lo debe. Y yo se lo debo a ellos.  En algún lugar, A.L. y su hijo no nacido están esperando. ~

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Publicado por: Brecha 

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Marzo de 1993.

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El imperio del caos


El ensayo que sigue fue publicado por primera vez en una doble página del diario La República, de Montevideo, a principios de 1993. Los escombros del muro de Berlín todavía se estaban removiendo, y Mijaíl Gorbachov acababa de renunciar como principal dirigente de una Unión Soviética velada de corpore insepulto . Francis Fukuyama había publicado unos años antes su ensayo  ¿El fin de la Historia? en la revista estadounidense  The National Interest , y el caribeño Derek Walcott era el nuevo Nobel de Literatura. Internet no existía para el común de la gente y la telefonía móvil recién estaba en los albores de su desarrollo comercial.

 

El mundo se está quedando sin paladines. Pese a Sabato, ya no hay lugar para míticos unicornios ni para héroes impolutos. Las viejas fábulas sucumbieron al ritmo de Guns’n Roses y los ideales de libertad y justicia son apenas un pretexto para una nueva puesta en escena de The Wall, en el mismo sitio donde antes se levantaba ominoso el muro de Berlín. Espartaco es tan solo un ballet del Bolshói y Rosa Luxemburgo el nombre de un perfume francés. El mundo del espectáculo ha terminado por ser el espectáculo del mundo. Ted Turner tiene más poder que muchos jefes de Estado.

En Europa, al derrumbe del socialismo en el este le ha seguido una meticulosa labor de escombrar los restos, realizada no por los victoriosos políticos occidentales sin por los verdaderos dueños del triunfo: los inversores de capital. Así, la apertura de un McDonald’s en Moscú provocó colas que antes solo era posible ver ante el mausoleo de Lenin, quien −dicho sea al pasar− desde su embalsamada eternidad asiste a su propio  merchandising. Faltó que Sting lo acompañara en una gira a beneficio de algo.

Alguien podría decir: pasen y vean, observen a este hombre, contemplen su célebre barbita de chivo, admiren a quien cambió la historia del siglo veinte con algunas consignas y una endiablada capacidad para hacer política y conseguir aliados y entusiastas correligionarios en todo el mundo. Vean en qué se ha convertido.

Así podrán escribir la Historia los descafeinados pensadores de la  new age académica de Occidente. Y es de esa manera que ahora, entre sorbos de Diet-Coke y bocadillos de pan integral, un nuevo perfil del planeta parece comenzar a diseñarse. Lo que ocurre es que a ese nuevo e imposible planeta le falta un pedazo. Y en ese pedazo, me temo, estamos nosotros, los que desde el Tercer Mundo asistimos a los sucesivos desaguisados cometidos siempre lejos, siempre fuera de nuestra modestísima órbita de influencia, la que está marcada por materias primas subvaluadas e incivilizadas pasiones políticas. Desde aquí, desde este poco confortable balcón tercermundista situado, al decir de Desmond Tutu, “entre el infierno y la nada”, podemos observar más allá de las humaredas de los incendios los inquietantes resplandores de un futuro en el que no tenemos siquiera el derecho a la esperanza.

* * *

La endeblez teórica de la pregunta formulada por Francis Fukuyama (¿El fin de la Historia?) no es motivo suficiente para menospreciar el sentido último de ese interrogante. Lo que ocurre es que el politólogo estadounidense, quizá demasiado lejos de los verdaderos centros de poder y decisión, no fue capaz de calibrar el carácter dinámico de los acontecimientos que él mismo asumía como puntos terminales de esa “Historia” que presumiblemente estaba concluyendo.

Fukuyama globalizó una situación parcial, y parcializó una situación global. Tal vez ante sus ojos los hechos en Europa del este pasaron demasiado rápido, haciendo que el propio Fukuyama no los viera como una tragedia que concluía. En definitiva, el homo politicus podía ser una realidad en la Europa casi unida de 1991, o en la colosal Alemania que ya comenzaba a desperezarse, o en los Estados Unidos listos para aniquilar con salvaje alegría sus fantasmas de Vietnam en las arenas iraquíes. Pero para un integrista sij o un cocalero boliviano, o para un marielito perdido en el fárrago neoyorquino, el homo politicus era una entidad más lejana que el cazador de Neandertal. Para los habitantes del Tercer Mundo los muros, pese a Pink Floyd, son más altos e infranqueables cada día.

Así las cosas, resulta más apropiado hablar de un homo famelicus que vagará por el planeta con el estigma de haber nacido en sus orillas, buscando un lugar que nunca va a existir para él. Los suburbios de inmigrantes terminan por parecerse a las cuevas del hombre primitivo. Un sudamericano ilegal en Los Ángeles pinta con spray en las paredes los mismos arabescos que pinta un africano aquerenciado en París o en Florencia.

El tercermundista implantado en el Primer Mundo pinta los muros de una ciudad con la cual no puede comunicarse porque no le pertenece. Es una ciudad en la que debe cazar para sobrevivir. No importa demasiado que no haya lobos ni sombríos bosques, ni que él salga de su cueva-gueto armado con una pistola en lugar de empuñar una daga de sílice. Tampoco importa que a su alrededor el homo politicus vaya en rebaño y piense en el futuro como sinónimo de bienestar. El homo famelicus está allí y su memoria genética funciona de manera implacable: todavía es un cazador.

Por otra parte, si él está allí es porque la aldea global opera realmente como tal. El cazador del gueto llegó a ese estadio tras subirse a un avión y dejar atrás su choza y la aldea natal para entrar en el laberinto de los rascacielos y el pop art. Y desde allí, desde ese mundo hostil que lo sedujo mientras no lo conocía, el cazador puede telefonear a su familia o enviarles una foto en la que él aparecerá junto a un automóvil de lujo que, seguro, no le pertenece. Esa fotografía recorrerá miles de kilómetros hasta llegar a la aldea, a la choza natal y convertirse así en la imagen de un mundo que no existe. La foto quedará allí, y será para quienes la contemplen el irrebatible testimonio de que, en algún sitio, se alza la ciudad de los prodigios.

La aldea global es sobre todo una gigantesca caja de resonancia: ya no es posible pensar en acontecimientos aislados, pues no hay zona del mundo que no tenga una antena parabólica con un corresponsal dispuesto a arriesgar el pellejo por una buena historia y una pizca de celebridad. Esto provoca una relación −acaso no deseada pero inevitable− entre el homo políticus de Fukuyama y el homo famelicus que le ronda. Manes de la globalización. Ese vínculo suele tener expresiones de violencia: desde la conducta racista de los cabezas rapadas hasta las ejecuciones de occidentales, condenados por tribunales asiáticos o africanos por delitos tales como “adulterio” o “profanación de templos”.

Lo sutil ha pasado a ser patrimonio de los académicos. Hay otras expresiones de violencia, mucho más enmascaradas pero no menos extremas. El ensayo de Fukuyama, la propia estructura de su elaboración teórica es, justamente, uno de esos estallidos violentos.

Su pregunta relativa al fin de la Historia, y sus conclusiones al respecto, se construyen desde una perspectiva que es una curiosa síntesis de autoritarismo oriental y liberalismo occidental. Fukuyama cree que la sociedad humana avanza, que la Historia es al margen de los hombres, y que va a dejar de ser porque, por fin, ha llegado a alguna parte. Su pensamiento, que pudo ser rigurosamente cartesiano, se pierde en los tembladerales de una pretensión filosófica que confunde los dilemas de Hegel con las consecuencias políticas del aparato teórico de Marx.

Para Fukuyama, el río de Heráclito se estanca en una laguna de aguas poco profundas en las que el Bien y el Mal existen como simples categorías desvinculadas de la condición humana, en un sistema aséptico e inviable. La ilusión de Fukuyama consiste en creer que la vida social −integrada y a la vez dispersa como nunca antes− puede ser “centrada” de nuevo en torno a un eje rector. Ilusión de orden, sí, pero también voluntad de primacía, pues para él los clarines de la libertad suenan desde las cornisas de Wall Street para proclamar al mundo la victoria definitiva de una doctrina.

Se dice que, sin proponérselo, ese codicioso impenitente que fue Balzac escribió la más completa y despiadada crónica de la codicia y la ambición en los mejores libros de su  Comedia Humana. Sin proponérselo tampoco, Francis Fukuyama ha elaborado la más inquietante antiutopía contemporánea. Lo que él describe como “el fin de la Historia” con su tajante ordenamiento de prioridades e imposibilidades, es en realidad una posible versión de cómo pueden procesarse los acontecimientos en un futuro no demasiado lejano, para conducirnos no a la laguna de aguas muertas que él propuso sino a un tempestuoso mar, sin tierra alguna a la cual dirigirnos.

El fin de la Historia puede ser leído como la historia del fin, no porque ya nada quede por decir sino porque todo cuanto se diga puede no tener destinatario. Cito a Cioran: “El Universo no se discute; se expresa”.

El actual optimismo de Occidente es efervescente. Cuando pase la primera oleada de euforia, cuando se despeje el panorama y se empiecen a sacar las cuentas, entonces se abrirán paso con alarma las voces que adviertan la cruda realidad futura: el envenenamiento del planeta, la irresoluble superpoblación del globo, la dispersión de los arsenales y las tecnologías nucleares, la brecha cada vez más drástica entre el universo desarrollado y el que está atrofiado en sus endémicas miserias, las contradicciones económicas entre los países más poderosos, la concentración más y más radical de las decisiones estratégicas, son apenas algunos de los problemas que con redoblado ímpetu asaltan el panorama mundial. Y por encima de ese friso de problemas materiales, consagrándolos, dando testimonio de su gravedad, aparece el vacío espiritual de Occidente.

Escribió o dijo una vez el gran Carlos Fuentes que la libertad no es lo mismo que la anarquía, pero que se le parece bastante. Y nada más lejos de esa libertad genérica que el determinismo con que Fukuyama pretende saldar las deudas que la Historia genera. Sin embargo, la realidad aparece, se asoma y sin tomar en cuenta pedanterías académicas, en una alocada cabalgata de “sucesos” (en el sentido que Barthes le dio al término), nos coloca frente a una especie de embudo en el que todo parece convertirse en casus belli. 

 

* * *

Esas son las perspectivas para el nuevo siglo. Un siglo que, contra los pronósticos de los victoriosos poderes centrales de esta hora, parece marcado por una mutación esencial en el decurso de los acontecimientos. Ahora, como nunca antes, los sucesos mundiales son verdaderamente mundiales.

La ficción −analizó admirablemente Barthes−, siempre tiene un poder ordenador que ha marcado la producción cultural del Hombre. La realidad, en cambio, es confusa e inapresable. Los optimistas de la victoria creen que ella será sinónimo de orden. Y sin embargo, la Humanidad del siglo XXI despunta como global y desestructurada, dirigida a una sociedad en la que todo puede ser posible, menos el orden.

La Historia −ese ente que Fukuyama pretende caduco por inoperante− ha dejado de girar en el sentido de las superestructuras (sean Estados, multinacionales, clases sociales, dogmas religiosos o políticos) y ha comenzado a hacerlo en sentido inverso: esto es en el sentido del hombre en cuanto individuo. Los excesos y la acumulación terminan por generar los efectos contrarios. La sociedad individualista se erigió finalmente en una sociedad de masas. La oferta de información es tal que en realidad existe una inmensa desinformación. Los acontecimientos, esos a los que se les llama Historia, han dejado de generar las fuerzas centrípetas aglutinantes de antaño para comenzar, con inesperado vigor, a generar una poderosa fuerza centrífuga, la cual ya ha demostrado ser capaz de desmembrar naciones, extinguir credos y dispersar para siempre la ilusión ordenadora de la sociedad humana.

Así, la realidad y la ficción se disputan en una (falsa) batalla la primacía en los pronósticos. En el fondo, nada puede hacerse contra el indetenible empuje de esa globalización centrifugadora que entraña, en sí misma, el triunfo definitivo del caos.

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Cierto es que la voluntad de ordenamiento social del Hombre fue siempre un reflejo de su afán de supervivencia. Entre el espíritu gregario del homo habilis y las débiles relaciones sociales nacidas en las tareas de subsistencia, comenzó a estructurarse una trama de vínculos que recién empezaron a ser, a existir, cuando empezaron a ser nombrados. El Hombre se hizo a golpes de palabra, y la distancia que existe entre “las palabras y las cosas” es la distancia que hay entre el objeto a nombrar y quien, por fin, es capaz de nombrarlo.

Esa voluntad de ordenamiento fue plasmándose también en la estructura a partir de la cual el Hombre montó todas y cada una de las cosmogonías que hasta hoy han alimentado los saberes, desde las crónicas de los profetas hasta las intuiciones sobre los agujeros negros de Stephen Hawking. La Universidad, como entidad depositaria de esos saberes (en realidad depositaria apenas de un cierto saber, siempre acotado por los rígidos intereses del poder) fue transformándose con el paso de los siglos en una generadora y transmisora de conocimientos. Pero en realidad, la Universidad ha tenido a través de los siglos a suprema tarea de ser una “ordenadora” del conocimiento, de ese saber. Mucho más importante que atesorarlo, las universidades han sido verdaderos centros de clasificación del conocimiento. Y, por supuesto, al clasificar separan, al separar excluyen, al excluir segregan.

Lo que el Hombre no supo durante siglos fue que al montar una estructura ordenadora, fuera esta un texto sagrado o una cátedra de lingüística, en realidad no solo estaba construyendo los soportes de determinadas teorías sino que además se estaba haciendo a sí mismo. Esa voluntad ordenadora, de la cual nacieron los textos sagrados y también las grandes herejías, fue la contracara del horror vacui que acosaba a ese mismo Hombre cuando contemplaba los abismos caóticos de la creación.

Hay un texto que ilustra con claridad el rango filosófico de ese horror en el Nuevo Mundo. En los albores de este siglo que ahora concluye, Euclides Da Cunha contó la saga de Antônio Conselheiro, un alucinado que se alzó contra el poder central en Brasil y combatió a las tropas de línea hasta la muerte, y todo lo hizo en nombre de Dios y su verdad. Mario Vargas Llosa −quien ha reflexionado en términos estrictamente históricos sobre el “caos social” en algunos países, o ex países (ex patrias)− escribió con esa historia una sólida novela. Pero en su libro no aparece el temor esencial que asaltó a lo más encumbrado de la sociedad brasileña de la época: Y si triunfan las huestes del Conselheiro ¿qué ocurrirá? Eso se preguntaban inquietas las damas en los salones elegantes de Rio. La respuesta la ofrece el propio Da Cunha en su libro: “Sería la victoria del caos”.

Contra ese caos posible se enfrentaron los poderes establecidos, sí, pero también se levantó esa catedral de palabras que es Os Sertôes, sin duda una de las más altas cumbres de la producción literaria latinoamericana. El libro puede leerse, también, como un notable intento por ordenar y entender las fuerzas centrífugas que el mítico predicador sertanero había desatado. Para Da Cunha, la existencia de una nación dependía de ello.

Primero fue el Verbo. Pero no: antes todavía estaba el caos, las tinieblas de las que surgimos “a la luz”, es decir al orden. Siempre fue un orden con mayúscula al cual el ser humano se sujetó sin restricción alguna. Ni siquiera ese libertario salvaje que fue Bakunin resistió la atávica tentación de ordenar el mundo, así que se puso “a escribir y a leer” −es decir a codificar y decodificar− la realidad y sus consecuencias.

Pero algo ha cambiado. Un fenómeno nuevo aparece ahora, en este tiempo de incertidumbres y opciones múltiples que en realidad son una única opción de fierro: la aldea global ya no puede controlar el incesante tráfico en todas direcciones ni la fuerza centrífuga que todo lo dispersa y cuestiona. Por primera vez, el Hombre consciente de sí se encuentra solo, cara a cara con su propio futuro sobre el planeta, lanzado a velocidad de vértigo hacia un destino que −al contrario de lo que imagina Fukuyama− no queda en ninguna parte. El Hombre va dejando de “ser" en la historia para apenas “estar” en ella.  Y ese estar se revela como una manera de admitir que todo está desde ahora y para siempre fuera de control.

Ya no hay códigos posibles para leer la realidad. Las intenciones ordenadoras de Fukuyama son balbuceos que no hacen sino resaltar la nueva, insondable distancia que se abre entre las palabras y las cosas. La vida irrumpe, es una fiesta orgiástica en la que todo es posible porque nada va a quedar siquiera como recuerdo, ya que no parece haber tiempo para ello. La imposibilidad de nombrar toda la realidad −es decir, de abarcarla en su conjunto, de abrazarla con el lenguaje, de contenerla en un texto, de hacerla poesía−, está en la base misma de esa crisis de la Filosofía de la que habló y escribió el propio Foucault, quien por otra parte fue un “ordenador” a sabiendas, autocrítico hasta el extremo de iniciar su más célebre ensayo con una cita de la famosa taxonomía borgeana de “El idioma analítico de John Wilkins”.

El Hombre ya no puede reinventarse, como sí lo hizo (para Occidente cuando menos) en la Grecia antigua y después, tras la caída del Imperio en Roma, y más tarde en los albores del Renacimiento europeo. Ahora el Hombre descubre que no puede volver a ser sobre el planeta, aunque sí puede −con un poco de suerte− permanecer, estar (mal−estar), convivir con la angustia de la finitud. El derrumbe de los mitos, la pérdida de las utopías, el vuelo cada vez más al ras del pensamiento contemporáneo, son apenas síntomas de un nuevo dominio: el caos, con sus sorpresas infinitas y sobresaltos constantes, ha llegado para quedarse con el Hombre, despojándolo de las cáscaras con las que hoy, hasta hoy, ha pretendido suplantar su orfandad en el universo para así sentirse menos solo. Y sin embargo, aunque el Hombre no lo sepa aún, este naciente caos lo lleva de nuevo al principio y lo deja otra vez, en suprema ironía, a merced de Dios.

La frivolidad imperante no es transitoria. No es el resultado de la victoria del capitalismo sobre el comunismo. En rigor, la llamada “victoria de la libertad” ha sido el triunfo −acotado en el tiempo, histórico por decirlo así− de un sistema ordenador sobre otro sistema ordenador. El problema es que ese sistema victorioso se ha quedado sin su principal base de sustentación. El mal llamado “socialismo real” −que tenía mucho de real pero poco de socialismo− tuvo la suprema virtud de ser real y por lo tanto tangible, apreciable. Ese enemigo fue durante siete décadas la entidad ordenadora por excelencia del capitalismo, su punto de referencia inevitable, su  doppelgänger malvado, su gemelo bastardo. Ahora, el capital se ha quedado solo consigo mismo, con sus propios dioses y demonios. Y la falta de referentes deja al  homo políticus enfrentado a la odisea de vivir en un mundo que no va a ninguna parte. Entonces, en un gesto desesperado, el Hombre monta su espectáculo de la Historia.

Esa frivolidad no nos ayuda a esquivar el hambre de cientos de millones de personas, ni el envenenamiento de los ríos, ni la podredumbre de la vida urbana. La frivolidad quizá no sea nuestro más auténtico rostro en estos tiempos, pero es el primer emergente cierto y reconocible del imperio del caos que ahora llega. En definitiva, el corazón de la posmodernidad es una lata de sopa pintada por Andy Warhol. Nada puede hacerse al respecto. No importa que nos parezca suicida, fatal. No importa que nos quede el sabor amargo de la derrota. De nada servirá que apelemos a ilustres pensadores o a bizarros combatientes. Nada puede detener la marcha de la Humanidad hacia ninguna parte. Hacia allá vamos. Quizá alguien nos esté esperando para darnos una azorada bienvenida o para decirnos, con humanísima amargura, que nuestro tiempo en el mundo ya se ha terminado para siempre. ~

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Publicado por: La República

Nota: Una versión posterior de este texto, con el mismo título, algunas adiciones y la bibliografía utilizada, fue publicada cinco años más tarde, en 1997, en el libro Los ensayos del Orobon, editorial Ariel, Grupo Planeta, Montevideo, 1997. 

© FERNANDO BUTAZZONI, 1993. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS



Noviembre de 1986.


Bloque de imagen y texto

Instrucciones para matar a papá


Hay una película de Los Tres Chiflados en la cual, durante toda una noche, el tonto de Larry huye por las lóbregas habitaciones de un castillo, esquivando fantasmas que lo acosan sin piedad.

Al final, con las primeras luces del nuevo día, descubre que los fantasmas no eran tales: se trataba de Moe y Curly (creo que se llamaba Curly) quienes, sonámbulos, se habían paseado con sus blancos camisones provocando la ingenua pavura del tercer chiflado.


Ahora, las letras uruguayas se conmueven casi semanalmente con una especie de guerra declarativa contra la Generación del 45, o por lo menos contra algunos de sus más notorios representantes. El tono de los cruzados oscila entre el reproche y la amenaza. Se habla con frecuencia de la malhadada sombra de estos “mitos vivientes” y se explica, casi con fruición, la necesidad del “parricidio”, queriendo significar con ello la extrema gravedad de un proceso intelectual que implicará, al parecer, la muerte violenta de los genitores más conspicuos, o por lo menos su inevitable deconstrucción.

 

La película la vi cuando era chico. La guerra en pro de la orfandad intelectual la leo en estos días, en estos meses montevideanos. Y se me ocurre que podrían hallarse semejanzas inquietantes entre una cinta hecha para divertir niñitos y un proceso cultural destinado a elaborar algo nuevo, para un país nuevo.

 

Tal vez no haya un solo caso en la historia de la literatura que no pueda leerse bajo el signo del parricidio, empezando por la propia Generación del 45. En otras latitudes, ya García Márquez ha explicado (y qué no ha explicado García Márquez) cómo su universo novelesco fue en realidad el fruto alucinado de una negación de su amado maestro William Faulkner. Y Henry Miller ni siquiera se tomó el trabajo de explicarlo: simplemente hizo tabla rasa con las pamplinas de la señorita Stern y su generación perdida, y mientras se moría de hambre en París escribió uno de sus Trópicos, parte considerable de Black Spring y muchos otros textos. Lejos, hacia el este, Isaac Babel mereció, con su “Caballería Roja”, la filosa amenaza (dicen que sable en mano) del mismísimo mariscal Budionny. Y en el Río de la Plata: ¿cuánto hay de antiborgeano en la violenta procacidad de los cuentos y poemas en que Néstor Perlongher recrea la historia contemporánea de los argentinos? ¿Cuánto de anti-Cortázar en las novelas breves y exactas de Osvaldo Soriano?

 

Sin embargo, todos estos “parricidios intelectuales” fueron perpetrados con la única arma de verdad efectiva: la obra literaria. No me imagino al García Márquez de los primeros tiempos redactando afiebradas consignas contra el coronel Sartoris, sino más bien construyendo su propio condado. Tampoco creo que alguien como Patrick Süskind, por ejemplo, haya dedicado mucho tiempo a maldecir el agobiante legado literario de papá Grass. En todos los casos, hay obras literarias nuevas que se alzan como pruebas irrefutables de que las cosas han cambiado, y de que esos cambios contienen, negándola, la herencia cultural de las generaciones anteriores.

 

No entiendo por qué el caso uruguayo ha de ser diferente. Creo que nuestra literatura padece un afán de trascendencia que la ha tornado presuntuosa y desconectada de la gente. Creo que a veces la postura literaria de los escritores puede mucho más que la postura humana. Creo que, en ocasiones, hay en nuestros libros más vida literaria que verdadera literatura. Creo que muchos poetas siguen indigestados con Baudelaire y con el ruiseñor de Keats. Creo que algunos narradores prefieren mojar sus bizcochos en el café con leche en lugar de ir “a la recherche” en serio: con honestidad y autenticidad. Y creo, estoy seguro, que en este país hay narradores y poetas tan buenos y geniales como en cualquier otra parte del mundo El problema es que eso hay que demostrarlo.

 

Demostrar la existencia de buenos escritores sólo puede hacerse cuando hay buena literatura. Pero resulta que, cuando hay buena literatura, a nadie le interesa demasiado debatir el asunto. No hay proclama o prólogo, por más inteligente y aggiornado que sea, que supla el cuerpo literario y su prolongación más significativa: su lectura por parte del público. Ese mismo público, más o menos devoto de los escritores del 45, es el que espera y necesita una nueva literatura para un país que ha cambiado y que debe, tiene que cambiar aún más. No me parece que la solución sea escribir una novela sobre el oficinista restituido tras doce años de dictadura. Cada momento histórico tiene sus propias claves de autenticidad, y encontrar esas claves, traducirlas en una obra de arte, es una de las difíciles y apasionantes tareas en esta época de insensatas restauraciones.

 

Lo otro es perder el tiempo. Es pasarnos la noche correteando de aquí para allá, huyendo o buscando fantasmas que no existen. Acaso el público también se divierta, pero las consecuencias siempre serán negativas, y creo que resultará extremadamente difícil despachar a alguno de nuestros padres. La literatura uruguaya es la que se escribe hoy, pero es también la que se escribió en el pasado. El parricidio, en todo caso, no consistirá  nunca en borrar nuestra ascendencia, sino en reconocerla para después negarla dialécticamente. De otra forma condenaremos a nuestras letras a un futuro de esterilidad, marcado por un presente en el cual escribimos cuentos, novelas, poemas y obras teatrales para nosotros mismos, para deleite de nuestros hermosos ombligos.

 

Carlos Fuentes señaló, a propósito de la torrencialidad de la narrativa latinoamericana, la necesidad de pensar en los lectores del futuro, y en lo que ellos querrán saber de nuestro tiempo. Es un desafío que no hay manera de eludir. A no ser que nos resignemos a ser vistos, en ese hipotético futuro, como loquitos que dedicaron sus energías a disfrazarse de fantasmas para asustarse unos a otros. Aunque eso ya lo hicieron Los Tres Chiflados en una mala película. ~


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Publicado por: Brecha

 

© FERNANDO BUTAZZONI, 1986. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS