La guerra




 

Sólo quiero decirles a mis amigos de la selva que, en mi caso, la experiencia de la guerra en Nicaragua fue traumática y definitiva. Y eso va más allá de la victoria, incluso más allá del orgullo personal que pudiera llegar a sentir por el solo hecho de haber intervenido en una lucha justa y necesaria. ¿De qué cosas podría escribir sobre la guerra sin que me escociera el alma, como en efecto ocurre cada vez que recuerdo aquellos tiempos? ¿De los cadáveres tirados a la orilla del camino, de los niños famélicos en la carretera de Tipitapa, de la mano amputada de David a causa de una granada de mortero? ¿De la muerte de Meme Altesor? ¿De la muerte de Laureano? ¿De la muerte insepulta en aquel pudridero que era la colina 50?

Mis deudas periodísticas respecto al tema las saldé hace mucho tiempo. En 1983 regresé a Nicaragua y estuve varias semanas como corresponsal de guerra en el norte del país, debidamente acreditado, para reportar el enfrentamiento militar con Honduras, enmascarado por Estados Unidos y la CIA como una lucha civil entre sandinistas y “contras”. De esa experiencia, que compartí con Quique Rozada y Álvaro Galante, se publicó incluso un pequeño libro en Suecia, titulado Con el ejército de Sandino. Muchas de esas crónicas, más otras piezas periodísticas escritas con anterioridad, fueron agrupadas en 1986 en el libro Nicaragua: noticias de la guerra, que fue publicado en Uruguay por Ediciones de la Banda Oriental, y del cual se realizaron en aquel año seis ediciones. Ya estoy cansado de eso.


Fragmento de "Cuatro monos" (en La vida y los papeles , Seix Barral, 2016)