La creación como problema

 

  

 Publicado en la revista 2030

 

Uno de los nudos culturales del nuevo mileno parece estar allí donde la creación debería desplegarse como santo y seña de la complejidad. Al impulso del mercado y de los pujos globalizadores victoriosos, una parcela demasiado importante de la creación cultural (en las artes, en la producción ideológica, en la elaboración literaria y audiovisual) ha decidido asumir como propia, por estupor o miedo al vacío social, la línea de fuga propuesta por los amos del mundo: la desproblematización.

A fin de cuentas, en términos culturales globalizar es desproblematizar.

Globalizar es uniformar. Es planchar los pliegues de las diferencias en aras de la comprensión universal. Después de todo, los atentados contra las Torres Gemelas lo que dicen es justamente eso: cualquiera puede vivir y morir en la capital del mundo.

Babel en vivo y en directo.

Esa opción, por momentos, parece arrastrar consigo todo lo que halla a su paso. Así, la reflexión filosófica termina por ser pura ocurrencia, las expresiones formuladas desde las artes plásticas un pálido reflejo, la música un eco repetido hasta la saturación. La historia del mundo acaba convertida en un guión de cine y los grandes arquetipos alcanzan la gloria en la tapa de Rolling Stone. Eso o nada.

La guerra de Troya ve masticada la improbable nobleza de su feroz matanza en guerreros carilindos que se comunican con los dioses en inglés.

 

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La desproblematización como fenómeno de la creación cultural siempre estuvo presente en la expresión social. Pero la desproblematización absoluta es un drama nuevo que asentó sus reales en la última década del siglo XX. Sus consecuencias, a no dudarlo, serán duraderas. Ahora resulta que la realidad no es otra cosa que la realidad, que el mundo tiene un eje y debe respetarse. “ El universo no se discute, se expresa”, escribe Cioran. 

Pareciera que Pascal hubiera perdido su apuesta con la eternidad. 

Ahora escribir una novela significa apenas desarrollar de forma adecuada un buen argumento. Construir una casa es ante todo una ecuación financiera. Componer una balada desemboca de manera inevitable en MTV o en el fracaso.

Pero la historia de la creación cultural también nos muestra lo contrario: su base de apoyo, su cimiento (y su simiente) estuvieron justamente en la problematización de la realidad. La expresión de la misma fue una inmensa fuente de cuestionamientos y hallazgos por parte de quienes asumían la tarea de exponerla. En la escritura de  La Odisea, en la armonía de la cúpula dorada del templo de Jerusalén, en la hondura espiritual de los  kami sintoístas, lo que hay es una rebelión estética y un camino de búsqueda destinado al descubrimiento de una realidad otra, diferente, sospechada cuando menos, por debajo o detrás de la siempre lisa “realidad real” de cada día. 

Nadie veía esos extraños rostros construidos con cangrejos y peces. Nadie los veía excepto Arcimboldo. Sin embargo, esos rostros estaban ahí, y siguen estando porque fueron descubiertos tras un delicado y doloroso proceso en el que, antes que nada, el problema de la creación era asumido como tal.

Tomo una bella frase de Cardoza y Aragón: “ La poesía es la prueba definitiva de la existencia del hombre”.

Ese empuje, casi siempre marginal, permaneció como elemento necesario (aunque no suficiente) de la creación y de los creadores. Así ocurrió inclusive en el erial espiritual romano de los primeros siglos, cuando ya habían sucumbido los dioses trasplantados desde mundo helénico y el cristianismo aún no conquistaba el alma de los pueblos. Allí el hombre estuvo solo en el universo. Y es de ese tiempo que data todo el esplendor que aún hoy podemos columbrar del inmenso imperio. 

De esa desesperada lucha contra la realidad nació, a fin de cuentas, el patrimonio cultural y espiritual de la Humanidad, el que ahora resulta dilapidado con rapidez en una cultura uniforme y acelerada que tiene al zapping como modalidad superior de apropiación. La imagen sustituye a la palabra. La televisión al fuego. 

La televisión es el fuego.

Se unifican los códigos, se globalizan los mensajes. La diversidad tiende a ser arrinconada, cuando no aplastada.

 

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Cierto es que hay múltiples respuestas a la voracidad imperialista de la uniformidad. Pero en general los aparatos culturales han respondido débilmente al desafío. Cada día que pasa, esa debilidad se acrecienta. Podría decirse que hay un pacto de sumisión que convierte a los creadores en meros epígonos del discurso unívoco y centralista. Las respuestas suelen ser marginadas e ignoradas. No hay lugar para ellas en la pasarela de la cultura. Cuando una excepción ocurre, ese estómago de hierro del mercado (que todo lo digiere con pasmosa facilidad), se encarga de neutralizar la disonancia.

Michael Moore es prueba viviente de ello.

Problematizar la creación cultural significa, antes que nada, aceptar su diversidad y sus desmadres. Releer  Los Cantos de Maldoror implica aceptar su horror, pero también buscar una cierta realidad allí, donde nadie sospecha que pueda hallarse algo más que sangre y podredumbre. Y esa búsqueda ha dado una y otra vez frutos magníficos. Dalí es un hijo de Ducasse, o mejor aún, del Conde de Lautréamont. Sus relojes derretidos, que anticipan a la teoría de Stephen Hawkins sobre los agujeros negros, son ecuaciones alucinadas surgidas a partir de Maldoror como problema no sólo estético sino también moral.

Ya los estoicos nos señalaban que todo dilema estético es también un dilema moral. Digamos que la historia es vieja, pero nunca como ahora tantas cosas estuvieron en juego en torno a estos asuntos. De forma extraña, la masificación de los aparatos culturales no ha favorecido la diversidad de señales y marcas, sino su uniformización. La fórmula para ello resulta en apariencia demasiado simple para ser verdadera: el mercado es el que manda, el que promueve, el que difunde e impone. Toda obra cultural que se coloque al margen del mercado queda al margen de la sociedad misma. Lo mismo ocurre con su autor.

El mercado también excluye. Y mata.

John Kennedy Toole se pegó un balazo. A Modigliani lo mataron de hambre. A Roque Dalton lo asesinaron sus propios compañeros. Ibero Gutiérrez apenas si pudo paladear sus veinte abriles.

Ellos fueron grandes problematizadores. El novelista norteamericano era un chico molesto que iba de acá para allá con La conjura de los necios bajo el brazo, escarnecido por la suma infinita de rechazos editoriales y burlas de sabihondos (digamos, en términos criollos, de ilustres “profesoretes”). El pintor italiano se marchó de este mundo a los 36 años, sin que nadie entendiera esas caderas huesudas, esos cuellos de garza, esa extraña desarticulación de la figura femenina. Roque Dalton soñaba en clave libertaria y ese sueño le costó la vida. Ibero, nuestro próximo prójimo pese a sí mismo, yace para siempre en las praderas de la poesía, mientras sus asesinos aún pastan en los jardines democráticos.

Onetti, que no quiso regresar al Uruguay ni siquiera muerto, nos mira desde una pantalla al tiempo que juguetea con un revólver y su risa desdentada nos acusa.

En el arte, en la creación cultural, como en todos los ámbitos, el dilema entre sumisión y rebeldía no es político sino moral. Desde la escritura, desde las artes plásticas, desde el mágico granulado de una cinta cinematográfica, lo que debemos preguntar(nos) es si resulta moralmente válido desproblematizar la realidad en aras de la aceptación. ¿Resulta lícito sacrificar la sagrada complejidad de la vida, del mundo, de los hombres y de todo cuanto nos rodea en el altar siempre ardiente del reconocimiento y el éxito?

Asumir que la creación cultural es, ante todo, un dilema moral, es también admitir que se trata de un problema. ¿Cómo escribir lo que siento y hacerme entender? ¿Cómo cantar esa canción sin herir los oídos de quienes me oyen? ¿Qué me espera al final del camino, cuando todas las puertas se cierren ante mí? Esas son preguntas que los creadores nos hacemos todo el tiempo. Y ante ellas vacilamos. Y en muchas ocasiones nos dejamos engatusar por los cantos de sirena del mercado, del ranking, del éxito.

Estos dilemas hacen a la creación cada día. Y lo que se produce es fruto de ellos.

Tengo para mí que, en el fondo, la respuesta ha de ser siempre la más desagradable de todas: acaso la mejor manera de escribir implica que no me entiendan. Tal vez mi verdadera canción lastime los oídos de mi audiencia.

Sabido es que la producción del mundo que cada quien realiza, como suprema maravilla de lo humano, cada día, en cada momento, es única e irrepetible. Resistir a la tentación de integrarse mansamente es, cuando menos, una posibilidad de resistir. Aunque nadie distinga el rostro del hombre, disimulado entre peces y cangrejos.

 

(invierno de 2004)