Los que nunca olvidarán

(fragmento)

 

Bloque de texto e imagen

La historia, en su versión más íntima, la narró el propio Yaakov durante una de sus raras comparecencias públicas, en una visita que realizó en el año 2010 al instituto Massuah, en Tel Yitzhak. Al parecer, ya en el tramo final de su vida él había decidido aceptar su innata tacañería no como un defecto o una limitación. Más bien la veía como un rasgo de su personalidad casi divertido, del que no tenía por qué avergonzarse. Ahí estaba, de saco oscuro y camisa blanca, sin corbata. Su rostro era amigable y sonriente. Caminaba apenas encorvado, pero en todo momento procuró disimularlo.

Se veía como un hombre común y corriente, ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, que llevaba su vejez con cierto encanto. Era la viva imagen de lo que hoy llamaríamos «un viejito simpático». Estoy seguro que, de cruzárselo por una calle cualquiera, a nadie le llamaría la atención. Lo curioso es que esa calle cualquiera podría estar ubicada en muchos lugares y en distintas épocas. En la Moscú de Yuri Gagarin, en la Atenas de los coroneles o ahora, en las agitaciones de Barcelona o Buenos Aires. En donde fuera él pasaría sin hacerse notar. No es difícil imaginar a ese anciano cruzando la Plaza Roja, o caminando despacio por alguna callejuela de Anafiotika, de forma inadvertida para los demás. Al observar su comportamiento en Tel Yitzhak comprobé que, con noventa años ya cumplidos, su más excepcional habilidad seguía intacta.


De los distintos alias y seudónimos de Yaakov Meidad se habló durante décadas en los mentideros del espionaje, aunque nadie sabía bien quién era. Se dijo que detrás de sus varios nombres había un lobo con piel de oveja, que sus saberes eran enciclopédicos, que podía matar a alguien sin pestañear siquiera, que tanto la CIA como el KGB lo consideraban uno de los mejores agentes encubiertos de la época. En el Shin Bet se rumoreaba que había operado en más de sesenta países, tanto en Europa como en Asia, África y América, pero que ese ajetreo no le impidió volver siempre a Israel y tener varios hijos con una sabra de la que se había enamorado en su más temprana juventud. Como en todo lo que tiene relación con los chismorreos de espías, algunas de esas cosas eran ciertas y otras no. Pero todas ellas, las verdaderas y las falsas, contribuyeron a asentar entre los suyos un prestigio sólido, el que se hizo público recién al final, en los obituarios.   


Recordar la historia del automóvil devuelto por Yaakov Meidad en Buenos Aires me ha llevado a preguntarme en muchas ocasiones quién era ese hombre nacido como Ernst Miodowski en la antigua Breslau alemana. Su fotografía de 1964, cuando se disfrazó de Anton Kuenzle para asesinar a Cukurs en Uruguay, muestra a un señor cuarentón, de cara redondeada, bigote prolijo, algo mofletudo y con una calvicie reluciente. Un buen ciudadano sin ninguna peculiaridad, uno más entre millones. Podría pasar por alguno de esos grises oficinistas montevideanos, propios del mundo literario de Mario Benedetti. Hay tantos secretos a su alrededor que averiguar quién era Yaakov parece a priori una empresa inútil. Tuvo una familia, una descendencia numerosa, amigos. He encontrado pistas, datos sueltos, referencias a su niñez. El historiador y maestro Willy Cohn, quien fue deportado y fusilado junto con su mujer y sus dos hijas en Lituania en 1941, lo menciona con aprecio en sus impresionantes escritos sobre la vida en Breslau durante los primeros años del gobierno nazi.  


Pero es de suponer que muy poco tenían en común el muchacho recordado por Cohn en las calles de Breslau y el hombre que, tras la deportación y muerte de sus padres en los campos de concentración, resolvió añadir a sus ideas toda la astucia de la que era capaz. Entonces Ernst Miodowski se convirtió para siempre en Yaakov Meidad. De joven fue un sionista convencido y también implacable. Durante la Segunda Guerra Mundial se enroló como artillero de los británicos por indicación de la Haganá. Después lo hizo en la guerra contra los árabes, y combatió como jefe de varias dotaciones de la artillería israelí. Fue astuto para engañar a sus enemigos, y leal para no apartarse nunca de sus convicciones. 


Todo eso está muy bien, pero no responde a la pregunta acerca de quién era Yaakov. Su itinerario podría servir como guion para una película de aventuras, aunque habría que quitarle mucho para que no pareciera una burda exageración, de esas en las que el espectador fastidiado acaba por reclamar proezas un poco menos fantásticas del protagonista. Yaakov fue un genial intérprete de su propia vida, lo cual no quiere decir que su vida haya sido genial. Se alistó en el Ejército Británico el 7 de septiembre de 1939, apenas una semana después de la invasión alemana a Polonia. Estuvo apostado con las baterías costeras de 6 pulgadas en Bat Galim, con la misión de proteger la ciudad de Haifa. 


Al cabo de un tiempo fue transferido a Inglaterra, donde estuvo hasta 1945. Tras la victoria de los aliados regresó a Palestina, se integró a las fuerzas militares judías y participó en la primera guerra abierta contra los árabes, que estalló el mismo día de la creación del Estado de Israel. Las granadas de mortero que su tropa disparaba lograron detener a los egipcios en el puente de Ashdod. Luego combatió más al norte, en la ruta de Haifa, en la batalla de Mishmar HaEmek. Era un buen soldado Yaakov, tan bueno que hizo carrera en el ejército y terminó con el grado de teniente coronel. Se retiró en 1955, a la edad de treinta y seis años.


Poco después fue reclutado por el Mosad y en el terreno del espionaje comenzó a brillar como un agente que sabía combinar el riesgo con la cautela. Allí fue que comenzaron a llamarlo «Mio», como simple apócope de su apellido paterno, el que ya no utilizaba. En cierto sentido, ese apodo funcionaba también como un recordatorio de sus raíces y de la tragedia familiar de los Miodowski. 


Yaakov fue temerario en ocasiones, pero en general sus actos estaban gobernados por la prudencia y eran ejecutados con una sangre fría que lo llevó a caminar por la cornisa de sus disfraces una y otra vez, sin que jamás lo traicionaran los nervios. Cuando lo convocaron para participar en la misión del secuestro de Eichmann en Argentina, él se sintió como pez en el agua. Estaba lejos de su tierra, inmerso en una cultura completamente distinta, encargado de coordinar tareas con otra docena de camaradas, todos ellos clandestinos. Eso era la suyo.


Lo habían preparado a conciencia para ese momento. En sus comienzos estuvo con su esposa Shula en Túnez, en la isla de Djerba, adonde lo infiltraron con el fin de establecer redes secretas que permitieran la emigración, ya para entonces ilegal, de los árabes judíos de Marruecos hacia Israel. Viajó por el desierto como un beduino más, sobornó a algunos oficiales marroquíes en Oujda y convenció a muchos otros para que mantuvieran la boca cerrada. Fue allí donde conoció y trabajó con Yehudit Nessyahu, quien por ese entonces vivía a todo trapo en Casablanca, haciéndose pasar por una holandesa millonaria recién llegada de Yakarta.


Los comienzos, la aventura, el riesgo. Acaso sean palabras verdaderas, pero sigo sin saber quién era realmente Yaakov Meidad. Habrá sido un impostor consumado, pues era un mentiroso sin complejos. Un maestro del disfraz, un hombrecito apto para todo, un judío radical que siempre sintió legitimado su afán de venganza contra aquellos que habían matado a sus padres y a sus amigos y a los padres de sus amigos en los campos de exterminio. 


También era un peregrino, alguien que podía vivir de aquí para allá sin saber nunca cuál sería el próximo paso, qué ciudad, qué frontera. Supongo que sus ojos castaños, que le proporcionaban una mirada inusualmente simpática, habrán visto más de lo que cualquiera puede imaginar, más de lo que el común de la gente sería capaz de resistir. Respecto a eso, ver el cráneo reventado de Herberts Cukurs en la casa de Shangrilá pudo ser un momento significativo en su trayectoria de agente encubierto, otra cuenta en un pesado collar que aquel hombre cargó hasta el último instante. Pero debe decirse que lo hizo sin una pizca de remordimiento. Él siempre se declaró orgulloso de haber participado en ese asesinato.


En su vida hubo juegos de máscaras, nombres falsos, secretos y engaños abyectos contra quienes consideraba sus enemigos. Yaakov Meidad fue una silueta que al final desapareció sin despejar las incógnitas. Su libro sobre el operativo contra Cukurs fue una pieza fabricada con astucia, que volvió a colocar un manto de duda sobre su auténtica naturaleza. Conozco el nombre de su viuda, el de sus dos hijas y el de su hijo, el de sus dos yernos y el de su nuera; conozco la fecha de su nacimiento y también la de su muerte, y el lugar de la sepultura. Quienes fueron sus camaradas y lo han sobrevivido, cuando se refieren a él agregan el consabido zijronó liberajá tras pronunciar su nombre. Gracias a ellos, a sus indiscreciones y deslices, conozco unos pocos relatos sobre el trabajo que desarrolló con el Mosad. Otros, en cambio, pude escucharlos de su propia voz. Acaso ese conocimiento subraye lo que en realidad ocurre con cualquiera de nosotros en la irrelevante escala de nuestra vida cotidiana, donde cada quien es siempre uno y su sombra. Se pueden sostener las más limpias verdades y, a la vez, pergeñar los peores engaños, aquellos que llevan a la destrucción de otros. 


Por supuesto que, pese a todo lo que sé acerca de él y a lo mucho que imagino, la pregunta que me formulo desde hace ya un buen tiempo sigue sin respuesta. Quizá se trate de una limitación mía, un desconcierto provocado por mi ignorancia, por la falta de una comprensión cabal de la cultura judía y también, claro, por las insalvables distancias de tiempo y espacio que me separan de aquel hombre. Es probable que todo eso influya y me imponga límites que nunca podría cruzar sin caer en tentadoras simplificaciones, lo que no haré. Prefiero preguntarme quién fue Yaakov Meidad, el escurridizo «Mio» del Mosad, aunque de antemano sé que no voy a obtener una respuesta verdadera.

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