Fin del mundo



CMS Odoo - Ejemplo de imagen flotante

Estoy en el último extremo habitado del mundo. Abajo, por la misma calle de tierra que atraviesa este pueblito antártico, se llega sin dificultad a las instalaciones rusas de la base Bellingshausen, cuyo emblema es la iglesia ortodoxa que corona una pequeña elevación a un costado del edificio principal. Fui allí un domingo de ventisca, durante la celebración de la misa. Apiñadas en el minúsculo templo, mientras el viento silbaba en el campanario, unas cincuenta personas de diversas nacionalidades no salíamos de nuestro asombro al encontrarnos enfrentados al iconostasio en el que brillaban los arabescos de oro y las imágenes de los santos, con la virgen María y el niño Jesús en sus brazos.

El clérigo Sofrony Kirilov es un tipo joven, simpático, que canta la misa con una voz dulce que tiene un dejo de resignada fatalidad. Según ha dicho, no pasa un solo día sin que se maraville de la construcción en la que ahora brinda el servicio religioso: los troncos de la iglesia ‒tan perfectos que parecen salidos de una fábrica y no de un bosque‒ son de abeto siberiano, las campanas fueron fundidas en una legendaria acería de la época soviética y los íconos pintados, como Dios manda, por los mejores artistas de Pálej, un pueblo muy devoto y mundialmente famoso por sus miniaturas laqueadas.

Me cuenta que, desde el siglo XVI, los artesanos de Pálej se volvieron expertos en pintar estampas religiosas sobre paneles de madera, pero que después de la revolución bolchevique los vientos políticos cambiaron y esos mismos artistas tuvieron que dedicarse a fabricar pequeños estuches y cajitas de madera, bandejas y hasta simples tablas, a las que luego embellecían con escenas campestres y paisajes, todo ribeteado en pintura de oro y laqueado. Así se hicieron, por segunda vez, famosos a raíz de su arte y su buen gusto. Tras el desplome de la URSS, Pálej recuperó el antiguo oficio de realizar íconos, y lo ha hecho con esplendor: la iglesia de la Santa Trinidad, en la Antártida, es fiel testigo de esa tradición.

Sofrony vive en un contenedor de metal situado en lo alto de un risco, a pocos metros de la iglesia. Dice que ama la naturaleza porque ella lo coloca más cerca de Dios, y que no se arrepiente de estar tan lejos de su país y de su familia. Al contrario: cree que cuando él regrese a Rusia todos serán más felices.

La iglesia muestra una perspectiva única de la bahía. Tiene su campanario y una escalera exterior de madera para subir hasta él. Como silencioso recordatorio de las inclemencias del tiempo, unas gruesas cadenas ancladas a la roca sujetan con firmeza el techo del templo y la falsa cúpula coronada por la cruz ortodoxa. Da la impresión de que, sin esas cadenas, en cualquier momento el pequeño edificio de madera puede salir volando por los aires.


Fragmento de "Mundo vacío" (en La vida y los papeles, Seix Barral, 2017)