#NoMundial2030

 

Hace unos días, el pasado jueves 31 de agosto en el programa de radio En Perspectiva, expresé mi rechazo a la idea del presidente Vázquez de proponer formalmente a la FIFA la candidatura conjunta de Uruguay y Argentina para organizar la Copa del Mundo de 2030. Como era de esperar, buena parte de la audiencia –mis compañeros de tertulia incluidos– me crucificó, con dulzura y buenos modales...

 

 

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Los campeonatos mundiales de fútbol son, desde hace ya dos décadas, el acontecimiento universal por excelencia. Sus fastos y su cobertura global superan a la de los juegos olímpicos y a cualquier otro espectáculo, ya sea deportivo, artístico o bélico (que de esos hay también), incluso los de mayor atención mediática. El trepidante ingreso de China al mundo del fútbol habrá de reforzar en el futuro esa tendencia. 

En ese marco, y con los antecedentes futbolísticos y futboleros del Uruguay, es comprensible el entusiasmo general que ha provocado el anuncio realizado por el presidente Tabaré Vázquez acerca de la postulación rioplatense para la Copa del Mundo 2030.

Reitero que me parece una mala idea. Hay muchas razones para aspirar a organizar (o coorganizar) un mundial. Pero hay muchas más razones para eludir semejante tentación. Porque de eso se trata: de una tentación de oropeles, de atención mediática universal, de dinero que fluye a raudales, de faraónicas obras de infraestructura, de gente contenta, de empresarios exultantes y de niños ilusionados.

La cruda realidad es muy distinta, y merece no olvidarse. El mundial celebrado en Brasil en 2014 dejó unos seis mil millones de dólares de pérdidas para el Estado, aunque se calcula que los principales grupos empresariales ganaron casi el doble: unos 12 mil millones. Gigantescas obras de infraestructura, realizadas a marchas forzadas y con pésimas condiciones de trabajo para quienes laboraban en ella, hoy son monumentos decrépitos, con escasa o nula utilidad o, en el peor de los casos, con defectos constructivos que en la práctica los vuelve ruinosos.

A eso debe agregarse la intromisión de la FIFA en los asuntos internos de Brasil. El asunto llegó al extremo de obligar al parlamento a modificar leyes, para armonizar la legislación nacional con los acuerdos que tenía FIFA con grandes empresas multinacionales. Todos recuerdan a Joseph Blatter, el corrupto Blatter, recorriendo los estadios brasileños con rostro circunspecto y corbata al tono, cual severo inspector de la metrópoli enviado a supervisar las labores en las colonias.

Cabe acotar que esta reseña sobre los males del mundial de Brasil (vistos por todos nosotros) son casi un calco de lo acontecido en el mundial organizado por Sudáfrica cuatro años antes, en el 2010. Los números no varían demasiado. Las malas prácticas tampoco. Tanto en Brasil como en Sudáfrica hay igual o más miseria que antes del mundial. Igual o más cantidad de hambrientos. Iguales o peores índices de violencia.

A la lista podemos añadir el asunto de la corrupción, que como todo el mundo sabe ha penetrado hasta el corazón mismo del fútbol: la cancha. Jugadores –algunas de las máximas estrellas– procesados y condenados por evasión fiscal, presidentes de los clubes más poderosos presos por malversaciones y estafas, dirigentes de confederaciones continentales investigados, perseguidos, capturados y encarcelados por el FBI. Árbitros comprados, partidos arreglados, apuestas ilegales y otras linduras que hoy son el pan de cada día en el mundo del fútbol. Y eso ocurre en Europa, en América, en África y en Asia.

Por si todo lo anterior fuera poco, con tristeza debo decir que a mi juicio ninguno de los dos socios que tiene Uruguay para la tal empresa resultan confiables: ni Argentina ni la FIFA. 

De esta última institución es poco lo que se le puede agregar a su ya frondoso prontuario: sabemos, por ejemplo, que el próximo mundial se celebrará en Rusia gracias a la compra de votos a favor de su candidatura. En algunos casos esos votos se pagaron en dólares y en otros casos en euros. Lo mismo aconteció con el mundial de Qatar, que se realizará en el año 2022.

Pero resulta que Argentina tampoco es confiable como socio. No lo ha sido, salvo contadísimas excepciones, durante buena parte del siglo veinte y no lo fue durante el funesto comienzo del siglo veintiuno, bajo las presidencias del escapado De la Rúa, del Adolfo, de Duhalde, del finado Kirchner y de CFK. Tampoco lo es ahora con Mauricio Macri, pese a que muchos empresarios orientales ya echan las campanas a vuelo ante la perspectiva de una Argentina próspera y liberal. 

Aunque el pueblo argentino siempre ha sido solidario y fraterno con Uruguay y con los uruguayos, los sucesivos gobiernos argentinos, desde el último Perón hasta ahora, han sido en general ingratos y prepotentes, cuando no amenazantes.

Un último dato termina de trenzarlo todo: la cumbre a celebrarse entre los presidente de Uruguay y Argentina para anunciar de manera oficial la candidatura de ambos países a la copa del mundo de 2030, se suspendió a último momento. La razón: Gianni Infantino, el presidente de FIFA, no estaba en condiciones de llegar al Uruguay para esa fecha, y él quería estar presente en tan significativo momento.

Por todo lo anterior es que considero un error y un desatino que Uruguay dedique enormes esfuerzos humanos, materiales y espirituales, a la hipotética celebración de un espectáculo que, en los hechos, se ha vuelto desde hace ya bastante tiempo un gran negocio para unos pocos y un asunto ruinoso para la mayoría: #NoMundial2030

 

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