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Un escritor desesperado

 

(Fernando Butazzoni) La historia es conocida. Krystian Bala es un escritor polaco nacido en 1974, que fue condenado a 25 años de cárcel por el brutal asesinato de un publicista. El crimen ocurrió en Wroclaw, en el año 2000. Durante varios años no hubo pista alguna para encontrar al autor del crimen.


 


Hasta que, a mediados del año 2006, “alguien” le sopló a la policía un dato por demás curioso: había una novela, publicada en Varsovia en el año 2003, en la que se describía un crimen similar, demasiado parecido –casi igual, por no decir idéntico– al del publicista de Wroclaw.


El fardo se lo encajaron a un detective tan gris como empeñoso llamado Jacek Wróblewski, quien fue comisionado para explorar esa nueva e insólita pista. Descreído al comienzo, el detective Jacek empezó a leer el libro, una novela negra de onda dark titulada “Amok” (igual que la de Zweig), y a descubrir semejanzas inquietantes con el crimen sin resolver. Como era lógico, se puso a investigar al escritor: un joven que había vivido un tiempo en París, que se las daba de filósofo incomprendido, y que estaba muy desanimado por la insignificancia de su novela en el panorama literario polaco. “Amok”, su primer libro, casi no se había vendido y apenas tuvo dos reseñas, ambas en internet: una favorable y otra demoledora. 


La trama de la investigación fue compleja, y ahora no viene al caso. Lo cierto es que el detective de la vida real, como en (casi) todas las novelas del género, acabó por encontrar la punta de la madeja que lo conducía directamente al escritor Krystian Bala. Se trataba de un teléfono celular.


Finalmente Bala fue arrestado, acusado de asesinato, juzgado y condenado. Él se declaró inocente y se convirtió en una celebridad nacional. Un agente literario, cuándo no, le propuso un jugoso contrato que incluía la traducción de “Amok” a varios idiomas y los derechos cinematográficos. El “caso Krystian Bala” fue reseñado hace más de una década por diferentes medios de comunicación, desde El País de Madrid y La Nación, de Buenos Aires, hasta The Guardian de Londres. The New Yorker le dedicó un largo y aburrido reportaje.


Pero la vuelta de tuerca ha llegado ahora, casi diez años después. A raíz del estreno de la película en abril último (que se titula igual que la novela), el escritor Krystian Bala concedió desde la cárcel varias entrevistas a la prensa polaca. En una de ellas efectuó una revelación explosiva: él mismo fue aquel “alguien” que le sopló a la policía la pista inicial sobre la novela “Amok”. De acuerdo a los detalles aportados, todo parece indicar que es verdad.


¿Por qué lo hizo? La pregunta, obvia, no se la realizó ningún periodista sino su propio agente literario. La respuesta no debería llamarnos la atención en estos tiempos. Bala le confesó que él quería “desesperadamente” que su novela trascendiera y que la fama lo alcanzara. “La fama y la gloria”, dijo.


La jugada no le salió mal del todo: aunque todavía le esperan muchos años de prisión, el lanzamiento de la película y las entrevistas en televisión han puesto otra vez en las vidrieras a la novela “Amok” y le han dado a Krystian Bala una fama internacional importante. “Me siento muy halagado”, declaró.


La duda persiste. Buena parte de la sociedad polaca le cree a Bala y considera que es inocente. Hay otros muchos, sin embargo, que lo consideran “un asesino despiadado”. Un periodista afirma que es “el rey del marketing”. Los críticos y gacetilleros opinan que la novela es mala. Uno de ellos, Mikołaj Lewalski, escribió: “Este libro es una discusión pseudo-filosófica sobre actos sexuales aberrantes sostenidos por la adicción alcohólica. Es extremadamente vulgar y además está mal escrito”.


Es verdad que los escritores solemos tener un ego desmedido, aunque muchas veces lo escondemos detrás de una humildad casi sublime. También es cierto que hay unos cuantos escritores asesinos (Althusser, William Burroughs, Issei Sagawa, entre otros), pese a que la mayoría somos criaturas inofensivas. Sin embargo, Krystian Bala parece ser la combinación perfecta. Una cruza imposible entre la locura del Althussser, la estupidez de Burroughs y el salvajismo de Sagawa. Un animal que no existe pero que está aquí, junto a nosotros. La actriz protagónica de la película opinó sin tapujos que, culpable o inocente, Bala es “un monstruo de la naturaleza”. Seguramente sin querer, ella brindó una definición cervantina y, por lo tanto, universal.


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