El Blog

de Fernando Butazzoni



Ladrones de banderas

 


Al principio, hace unas semanas, me ganó la incredulidad. Luego fue la preocupación, más tarde la bronca, después el estupor, la indignación y la tristeza. Anoche me desvelé. Hoy amanecí con el alma machucada, lleno de asco, estupefacto, indignado, triste, insomne y dispuesto a pelear hasta el final contra los que quisieron robarse nuestros sueños y nuestras banderas. 

                                                                                     

                                                         Montevideo, 11 de agosto de 2017

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            Consumir y reventar



La política y el consumo siempre han tenido relaciones inestables y a menudo traicioneras. Desde el célebre chiste anti bonapartista referido a la infusión de achicoria como “el café de los franceses”, no son pocos los ejemplos de procesos sociales que han encontrado severos escollos en el espíritu voraz de los consumidores. En el Chile de Salvador Allende, una de las primeras operaciones de inteligencia planeadas por la CIA fue provocar una gran escasez de cigarrillos, destinada a generar descontento entre la población. Antes, en la Cuba de los años ’60, la libreta de racionamiento era, para la oposición de adentro y de afuera, la prueba más demoledora del disparate revolucionario que recién comenzaba a andar. En el otro extremo, Pol Pot quiso eliminar el dinero y el consumo y terminó eliminando a varios millones de camboyanos.


La sociedad de consumo como tal, cuya prefiguración los estudiosos ubican a caballo entre la Comuna de París y la creación de la primera cadena de montaje en Estados Unidos en 1909, se ha convertido en menos de un siglo en una implacable máquina de devorar patrias, cerebros y corazones. Grandes conquistadores de culturas, verdadera nube de langosta que arrasa con lo que encuentra a su paso, los hacedores de esa política consideran que en realidad es la única política posible, y que para imponerla da lo mismo derribar un muro ominoso que construir otros, igualmente despreciables. Ya en sus albores, en 1899, Thornstein Veblen acuñaba términos como “consumo superfluo” para explicar ciertos comportamientos sociales. Todo vale, porque todo debe ser pasible de consumirse. Y lo es.


El humano contemporáneo es un consumidor insaciable de bienes y servicios, pero también de otros elementos más primarios, algunos de ellos menos tangibles, otros impensados. Hoy se consumen combustibles fósiles como nunca antes, y junto con ellos también se consumen tiempo y espacio. La ilusión de la velocidad no es sino la oferta, estilizada, de un bien único e incanjeable: el tiempo individual. Con el espacio ocurre más o menos lo mismo. Arthur C. Clarke calculó una vez que toda la población del planeta en ese momento (poco menos de seis mil millones de personas) cabía cómodamente en el estado de Texas. Alguien dijo en broma que el problema no era la gente, sino sus automóviles. En efecto, es inmensa la cantidad de espacio horizontal y vertical que las ciudades destinan al parque automotor: calles, avenidas, túneles, puentes, garajes, edificios, estacionamientos, etc. De modo que muchas ciudades se extienden de forma casi monstruosa cubriendo grandes extensiones de tierra y aire con asfalto. Ese desparramo urbano genera nuevas necesidades de consumo de combustibles, de automóviles, de trenes y aviones. Más tiempo para llegar a casa, más necesidad de consumir velocidad, más combustibles fósiles.


Esta carrera genera otras necesidades, así que también se consume tranquilidad, ya sea en la forma de seguros de distinto tipo, como de servicios de vigilancia y protección, barrios privados, balnearios exclusivos, psicofármacos. Y se consumen belleza, juventud, delgadez: cosméticos, centros de tratamiento, dietas. Nada se salva: el bosque tropical, la luz del sol, los mitos, la política, el silencio, la intimidad. Buda para principiantes en DVD; Cristo en la cruz como nunca lo imaginó nadie, dirigido por Mel Gibson y hablado en arameo. Cubitos de hielo antártico para el scotch. 


Puesto a generar consumidores, el capitalismo global del siglo XXI tiene la habilidad de los grandes embaucadores de antaño. Puede venderles refrigeradores a los lapones. Lejos está el sueño de un casi imberbe Bill Gates de poner una computadora en cada hogar norteamericano. El magnate se quedó corto. Hoy la tendencia, firme por lo demás, es a colocar una computadora por persona en todo el planeta, Cardal incluido. Lo mismo ocurre con las comunicaciones. Las grandes empresas han logrado vender teléfonos celulares de todo tipo a casi cualquier persona en el mundo. En esa loca carrera por ganar “segmentos de mercado” también han entrado por el aro poderosas compañías estatales, colocadas en la encrucijada de competir o perecer. La vieja disyuntiva de Weber entre la ética de la responsabilidad y la ética de las convicciones se ha saldado en este caso con una curiosa pseudo ética de la supervivencia empresarial. Así las cosas, tenemos planes de venta de celulares para ancianos, para niños, para viajeros, para enfermos solitarios. Hay planes para venderles motitos chinas hasta a los troperos. Hay ranchos con aire acondicionado, tractores con GPS, aldeas de pescadores con su propia señal de canal cable. 


Se argumenta a favor de una supuesta democratización del consumo, pero el propio argumento vuelve insensato ese curso de acción. Georgescu-Roegen lo planteó hace muchos años: si todos los habitantes del planeta tuvieran, democráticamente, la posibilidad de consumir todos los bienes y servicios, pues no habría ni recursos naturales ni espacio suficiente ni estructura económica que lo soportara. De modo que el argumento de la democratización del consumo es, desde el punto de vista político, por lo menos erróneo. A no ser que se trate de una democratización parcial, a medias, en la que, sin decirlo, se pugne por generar el acceso de cierta parte de la población a ciertos productos. En general, el mundo político ha rechazado y abjurado de las democracias “a medias”, pese a que buena parte de la historia del siglo XX fue construida con democracias parciales o gravemente mordisqueadas. Sin embargo, ese concepto acerca de la democracia plena no es tan estricto a la hora de construir políticas referidas al consumo, puesto que se “sobreentiende” que, cuando se habla de democratizar el consumo, no se habla en términos absolutos sino relativos. No hay que ser fanáticos.


Es claro que cualquier política referida al consumo tiene estrecha relación con las políticas económicas, y éstas con la política a secas. Pero antes el consumo era una parte de la actividad económica. Ahora es la actividad económica. Ahora es la política. No hay gobernante que no aspire, con sinceridad, a mejorar los niveles de ingreso de la población en general. Ocurre que la nueva economía global hace que, en toda circunstancia, la mejoría en los niveles de ingreso esté destinada a sostener un incremento de los ritmos de consumo. Los incentivos al ahorro le han dado paso a los incentivos al consumo. Alejada por nociva y despreciable toda tendencia proteccionista en materia comercial (en nuestros países, claro), las puertas están abiertas para que los bienes y servicios lleguen y se consuman de forma acrítica y, en general, irracional. La importación de automóviles cero kilómetro en nuestro país es un buen ejemplo, pero no el único. Ahí están las góndolas de los grandes supermercados atiborradas de aceite de oliva traído de España y Portugal, chocolates elaborados en Suiza, vinos de Chile, Alemania y California, pastas secas hechas en Italia, zapatos fabricados en China, electrodomésticos de Taiwán, vajilla coreana, alpargatas malayas. El aluvión de ultramarinos es incontenible y tiene un tinte festivo.


El aura democrática del consumo global alcanza a todos los sectores y toca el corazón de todas las personas, incluidas las más humildes. Así, se puede observar en cualquier shopping a muchas personas que, imposibilitadas de comprar lo que allí se ofrece, se contentan con respirar el aire del consumo global, habitando durante un rato esa atmósfera sin fronteras culturales ni amenazas. No se trata de la vieja “ñata contra el vidrio” del folclore sociológico rioplatense, sino de un verdadero ritual de legitimación que termina por convertir esos paseos en una especie de ejercicio de ciudadanía. Ahí van las familias con sus niños, con ellos pasean y les muestran las vidrieras. Los shoppings se vuelven auténticas escuelas, centros de formación avanzada para futuros consumidores empedernidos.


Las políticas económicas que generaron estas realidades son tan viejas como el capitalismo. Más allá de marchas y contramarchas, el estímulo del consumo global como la única política posible es la consecuencia de inmensas acumulaciones de capital, de notables avances en los ámbitos científicos y tecnológicos y de una clara victoria política e ideológica del neoliberalismo durante los años ’80 del siglo pasado. Es decir que las culpas están muy lejos de nosotros mismos, de nuestros gobernantes y de nuestras agencias de publicidad. Sin embargo, en tanto sujetos de la vida social, a cada instante estamos echándole carbón a la caldera, pues ahora como nunca antes los gestos de cada sociedad pueden tener fuertes repercusiones en todo el mundo. 


Hay pensadores que consideran vana cualquier resistencia, pues la sociedad humana ha llegado a un punto de no retorno y habrá que vérselas con las consecuencias cuando de verdad se presenten. Esas consecuencias pueden ser más o menos dramáticas de acuerdo al enfoque de cada quien. Baudrillard ironizó sobre ello, mal que le pese a Alan Sokal. Chomsky ve la sombra del desastre, aunque la matiza con su entusiasmo militante. Naomi Klein cree que vale la pena resistir. Murray Bookchin, cuyo legado crece a medida que pasa el tiempo, depositaba su esperanza de cambio en el poder local de los vecinos.


Se abren perspectivas, aunque en la mayoría de los casos ellas sean apenas signos de interrogación. A veces, elaborar preguntas termina siendo más productivo que fabricar respuestas. En ese sentido, los trabajos tempranos de Georgescu-Roegen, quien fuera despreciado en su momento y después olvidado por las academias, han encontrado ecos cada vez más fuertes en distintas partes del mundo. Y, de su mano, no pocos teóricos han rescatado enfoques aun anteriores, como los de Schumpeter. La teoría del decrecimiento, que en esencia plantea la imposibilidad del crecimiento ilimitado en un planeta finito, ya tiene algunas preguntas inquietantes, una de ellas relativa a la propia etiqueta: “¿Decrecimiento o acrecimiento?”. Serge Latouche habla, en “El planeta de los náufragos” de la economía informal y del “insoportable cuento del crecimiento y el desarrollo”. Él, a su vez, es también tributario de otros pioneros, como el chileno Manfred Max Neef y su hipótesis del umbral, según la cual a partir de cierto punto en el desarrollo económico la calidad de vida comienza a disminuir. Para todos ellos, la ilusión democratizadora de “igualar para arriba” en la sociedad de consumo de masas es inviable y, casi siempre, demagógica e hipócrita. El problema, no resuelto todavía, es cómo desmontar una arquitectura económica y social que, en el mundo entero, descansa sobre esos pilares: más producción, más consumo, más demanda, más oferta. ¿Se caerá la estantería? Y si no se cae, ¿cuánto tiempo aguantará? ¿Y después?


Lo interesante es que las preguntas, y en su conjunto el enfoque crítico sobre la sociedad de consumo de masas y su inviabilidad, no provienen de la esfera política. Es más, casi siempre cuentan con la hostilidad manifiesta de ella, aun en los ámbitos de la izquierda más tradicional. En la América Latina de hoy, por ejemplo, parece una locura reaccionaria pregonar en contra de la sociedad de consumo y de sus zanahorias más emblemáticas. Por el contrario, los sueños de la izquierda se han vuelto posmodernos, es decir anticientíficos, es decir premodernos. Todavía hay paradigmas en pie, vinculados al industrialismo y a la fuerza del proletariado: visiones de grandes fábricas con sus chimeneas, quimeras de prosperidad incesante, grandes barcos llevando y trayendo mercaderías hacia y desde cualquier lugar del mundo. Sueños de hoy que mañana serán pesadillas, cuando la sociedad global de consumo se haya consumido por completo y el planeta entero esté al garete y nosotros, o nuestros hijos o nietos, enterrados hasta el cuello en un pantano de chirimbolos tecnológicos inútiles, incapaces de digerir tanto plástico, reventados con tanta basura de última generación.

 


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 Prólogo a Carlos María Gutiérrez

 

 

El libro que ahora se reedita, y que fuera publicado por primera vez en Montevideo por Ediciones Tauro, en el mes de julio de 1967, es una muestra acabada de la actualísima y espléndida obra periodística que dejó Carlos María Gutiérrez. 

Es espléndida en primer lugar porque brilla gracias a la enjundia y el nervio narrativo que exhibe. También lo es por su prosa tersa y desacomplejada, y por el espesor conceptual de la información que brinda a sus lectores. Y es actualísima porque cincuenta años después de su publicación, los asuntos abordados en sus reportajes tienen plena vigencia y son una buena manera de comprender, desde su misma entraña, algunos de los grandes acontecimientos mundiales que marcaron a fuego la historia del siglo veinte.  

Los lugares donde se desarrolla la acción son variados, al igual que los temas tratados. El liderazgo de Fidel Castro en la entonces incipiente guerrilla cubana, el sacrificio de los campesinos en la China de Mao, la personalidad más bien ladina de Juan Domingo Perón, el secreto motor espiritual que impulsaba a Eduardo Víctor Haedo, la tristeza sin fondo de unos pescadores ante la muerte de Ernest Hemingway. Esas, entre otras muchas cuestiones, se entretejen en este libro para forman un tapiz dotado de una cohesión interna formidable, que sólo se explica por la adecuada combinación de arte y rigor informativo con que está elaborado. 

A partir de sus páginas también es posible reconstruir un cierto itinerario vital, notable aunque incompleto, de quien fuera un militante comprometido con sus ideas, un viajero pertinaz y un profesional de la palabra empeñado siempre en trasmitir con fidelidad aquello que debía reportar a sus lectores. Fue esa especie de deontología personal de Carlos María Gutiérrez la que contribuyó de manera decisiva a la construcción de una obra que, en sus múltiples aristas, debería ser una referencia obligada para quienes aspiran a terciar en “el oficio más lindo del mundo”, como definiera Gabriel García Márquez al periodismo.

Por supuesto que Gutiérrez, el  Negro Gutiérrez –como lo llamábamos todos quienes lo conocíamos y lo queríamos [1]– no limitó sus vínculos con la literatura al periodismo escrito. Fue un humorista y dibujante vitriólico y exitoso, publicó además un puñado de cuentos extraordinarios, ciertos ensayos iluminadores y algunos poemas que se convirtieron en punto de encuentro para varias generaciones. 

Uno de esos poemas, pensado como canción, contenía unos versos que devinieron cifra, santo y seña tras el cual se podía presagiar el futuro. Pertenecen a la célebre “ Milonga del fusilado”, interpretada de un confín a otro de América durante décadas: “ No me pregunten quién soy/ ni si me habían conocido/ los sueños que había querido/ crecerán, aunque no estoy.” [2].

Gutiérrez formó parte del pequeño grupo –pequeñísimo en realidad– de jóvenes periodistas escritores que durante la década de 1950 forjaron aquello que a la vuelta de los años, y gracias a poderosos operativos académicos y de marketing, se dio en llamar en los Estados Unidos “el nuevo periodismo”, del que fueron principales abanderados el gran Truman Capote con su novela “ A sangre fría”, además de Tom Wolfe y Gay Talese, entre otros.

Pero eso sería después y en otro idioma, ya bien entrados los años 60’. Antes, bastante antes por cierto, Carlos María Gutiérrez en Uruguay, Rodolfo Walsh en Argentina y Gabriel García Márquez en Colombia se echaron al hombro la tarea de demoler concepciones arcaizantes acerca de los límites de las crónicas y los reportajes, las fronteras literarias del periodismo y los conceptos preestablecidos de ficción y realidad. 

Sin concertarse ni conocerse aún entre ellos, pusieron a andar aquel admirable empeño, y lo hicieron con una extraña sincronía. Así y no de otra manera fue que nació el nuevo periodismo. [3] Por cierto que hubo esbozos previos notables y epígonos posteriores muy valiosos, pero ellos tres fueron los que le dieron cuerpo y vida a esa nueva manera de enfocar la tarea del cronista. 

Algunas fechas: “ Relato de un náufrago”, de García Márquez, fue publicado por entregas en abril y mayo de 1955 en el diario El Espectador, de Bogotá. “ Operación masacre”, de Walsh, se editó en forma de libro por la editorial Sigla de Buenos Aires, en diciembre de 1957. Y “ Con Fidel, en la Sierra Maestra”, de Gutiérrez, apareció en dos entregas del diario La Mañana, de Montevideo, en marzo de 1958. Esa fue la secuencia que le dio forma a la crónica moderna en nuestro idioma, ese “ornitorrinco de la prosa” según la perfecta definición de Juan Villoro. 

A Gutiérrez, García Márquez y Walsh los unía un idéntico afán de libertad creativa que se conjugaba de manera rigurosa con los apuntes y datos acerca de la realidad social que debían describir. El resultado fue apasionante y decisivo. La línea divisoria entre la literatura y el periodismo, afincada desde el siglo anterior en una sólida tradición influenciada sobre todo por los cánones establecidos en el mundo anglosajón, a partir de ellos tres se tornó más y más flexible y, por lo tanto, más enriquecedora. 

Los tres tenían la misma edad y, en buena medida, los mismos sueños. Tenían un territorio simbólico, ideológico y lingüístico común, pues a pesar de sus grandes diferencias América latina era entonces percibida y vivida como un sueño posible, no el del panamericanismo propugnado por Washington sino de la prédica latinoamericanista de Martí y, antes, de Bolívar. 

A ese respecto, el propio Gutiérrez realizaría después, en paralelo con el establecimiento de la guerrilla del Che en Bolivia, un prolijo compendio y escribiría un revelador estudio titulado “ ¿Integración latinoamericana? De la Alianza para el Progreso a la OLAS: recopilación y análisis documental” [4], en coautoría con Marcos Gabay, colaborador al igual que él del semanario Marcha.

Durante buena parte de la década de 1950, Carlos María Gutiérrez se había dedicado a establecer las coordenadas principales de su trabajo periodístico. Se fogueó en redacciones trasnochadoras y revoltosas, se convirtió en un lector tan culto como voraz, viajó por América y Europa, vivió en Estados Unidos y estudió en la Northwestern University, en Chicago. Así fue que aprontó sus herramientas y le sacó filo a su prosa con paciencia y, por qué no decirlo, con piedad. Sus tajos, que podían ser dolorosísimos por certeros e inobjetables, los empleó siempre con prudencia –casi diríase que con recato–, si bien es cierto que cuando lo hizo fue demoledor. 

A Pablo Neruda, por ejemplo, a quien vio una vez pavoneándose en una fiesta de disfraces de la alta sociedad en Punta del Este, lo describió vestido de vietcong, festivo y despreocupado mientras del otro lado del mundo llovía napalm estadounidense sobre las aldeas vietnamitas. Luego lo destrozó con un único verso: Dicen que en su país es comunista[5]”.

Al recién derrocado Juan Domingo Perón, con quien no simpatizaba y al que pugnó por entrevistar cuando llegó desterrado a Asunción del Paraguay en 1955, lo estampó con una observación casi lateral, para lo cual aprovechó la indumentaria del caudillo: “ Estaba tocado con la popular gorra de visera que usaba para sus excursiones en motoneta con las jovencitas estudiantes de Secundaria” [6].

También era capaz de describir en un breve párrafo toda una coyuntura social y política, y hasta dibujar los trazos históricos necesarios para contextualizar determinadas situaciones y ubicar al lector en el territorio de la acción. Así, por ejemplo, una escena en apariencia banal contemplada por él en la China rural de 1966, le resultó suficiente para describir la miseria y el tesón de aquella humanidad de campesinos pobres –gente indescifrable para Occidente– aferrados a Mao y a la revolución más allá de toda lógica: “ En las terrazas agrícolas de Yenán (esculpidas en la piedra rojiza que forma las montañas de Shensi, colmadas penosamente viaje a viaje con la tierra fértil del llano que está mil metros más abajo) un atardecer encontré a un viejo arrodillado entre las espigas verdes del trigo. Era en la cumbre y comenzaba a soplar el viento frío del noreste; el sol se ponía detrás de la milenaria Pagoda del Tesoro y los campesinos habían regresado a sus cuevas labradas en la roca viva". [7]

He ahí la prosa de Carlos María Gutiérrez. Ese era el periodista que, paso a paso y artículo tras artículo, desde los socavones de Llallagua en Bolivia hasta la ardorosa lucha independentista en la Guayana Británica, iba a construir un retrato certero, múltiple y abarcador sobre el tiempo que le había tocado vivir. Así se escribieron los reportajes que conforman este libro. Miles de kilómetros fueron recorridos para contar estas electrizantes historias. Muchos peligros debieron de afrontarse y muchos enigmas tuvieron que ser desvelados. Cada palabra resultó escogida con esmero. El resultado fue y sigue siendo ejemplar.

 

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“En la Sierra Maestra y otros reportajes” contiene, ordenadas de manera cronológica, dieciocho extensas piezas periodísticas narrativas. O mejor dicho, dieciocho trabajos de “nuevo periodismo” avant la lettre, los que agrupados por temas conforman los once capítulos del libro. El primero de esos reportajes, el ya citado “Perón, el prófugo”, está fechado en octubre de 1955 y se localiza en Paraguay. El último, titulado “El tigre agazapado”, se ubica en China y es de junio de 1966. Los asuntos tratados en estas páginas abarcan pues cuatro continentes y más de diez años de acontecer uruguayo, latinoamericano y mundial.

También abarcan un tramo decisivo en la vida profesional del propio escritor. Acaso su viaje a la Sierra Maestra, que da título al volumen (y que, cronológicamente, está ubicado en el primer tercio del período en cuestión), sea el punto culminante de esa trayectoria. Allí, en un humilde rancho en la zona de El Hombrito, en plena manigua cubana, conoció a Fidel Castro y al Che, con quien estableció un vínculo muy cercano. No era para menos: CMG fue uno de los tres periodistas latinoamericanos que se atrevieron a subir a las montañas donde operaba la guerrilla [8].

Ese viaje tuvo otra consecuencia extraordinaria: el Che acordó con CMG y con Jorge Ricardo Masetti (los tres reunidos en el bohío de El Hombrito donde se editaba, en un viejo mimeógrafo, el periódico rebelde El Cubano Libre) la necesidad de crear una agencia de noticias que rompiera el cerco informativo que sufría la pequeña tropa de Fidel Castro. Así fue que nació la agencia de noticias Prensa Latina [9].

Deben señalarse dos elementos que bien pueden funcionar como claves para entender en toda su dimensión el significado del volumen. Uno de esos elementos tiene que ver con la propia biobibliografía del autor, ya que este fue su primer libro publicado, cuando CMG había cumplido los cuarenta años. Pese a tener una obra reconocida internacionalmente, su labor periodística se encontraba dispersa en distintos diarios, semanarios y revistas. Él ya era un consumado maestro del reportaje [10], y sin embargo aún no había “pasado por la encuadernadora”, como a él mismo le gustaba decir.

Ese paso del kiosco de diarios y revistas a la librería debió de haber sido importante, a juzgar por la secuencia posterior. El hecho es que a partir de la edición de “ En la Sierra Maestra…” se sucederían los volúmenes: el ya citado ¿Integración latinoamericana?...” de ese mismo año; El agujero en la pared” (1968), una colección de crónicas humorísticas; Diario del cuartel” (1970), conjunto de veinte poemas con los que obtuvo el Premio Casa de las Américas de ese año [11]; “ Dominican Republic: Rebellion and Repression” (1972), editado por la célebre Monthly Review en Estados Unidos (y después en español, por la editorial mexicana Diógenes, en 1974) y “ Reportaje a Perón” (1974). Luego la publicación de sus libros se interrumpiría durante toda la dictadura (él y Daniel Waksman fueron los dos primeros presos políticos uruguayos exiliados en el pachecato [12]) , para retomarse años después de la recuperación democrática: “ Incluido afuera” (poemas, Arca, 1988), y “ Los ejércitos inciertos” (cuentos, Arca, 1991).

El otro elemento que bien puede funcionar como clave de entendimiento es la fecha de publicación del libro: julio de 1967. Acababa de lanzarse en Buenos Aires la primera edición de “ Cien años de soledad”, pero ese no era el único motivo de estremecimiento continental. Unos meses antes, en noviembre de 1966, el Che Guevara llegó para establecerse clandestinamente con su modesta tropa guerrillera en una de las quebradas del río Ñancahuazú, en Bolivia. Tres meses después, dos desertores de ese grupo inicial le dieron noticia al ejército boliviano y a la CIA de que el mismísimo Che era quien acampaba en aquella zona. De inmediato comenzó la cacería. 

El minúsculo ejército de Guevara tenía algunos grupos de apoyo establecidos en Chile y Argentina, y contaba con un puñado de simpatizantes y colaboradores secretos en otros países. Gutiérrez era uno de ellos. Es dable suponer que la publicación de este libro de reportajes tuvo como una de sus razones, en semejante coyuntura histórica, la concreción de un aporte más –modesto pero, desde el punto de vista propagandístico, muy significativo–, al esfuerzo guerrillero del Che, el que por otra parte acabaría de manera desastrosa en octubre de ese mismo año. Cuando ello aconteció, el volumen recién estaba empezando a circular por América latina.

 

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Nada parecía serle ajeno a CMG, ni en la temática ni en el “recurso del método” para conseguir lo que se proponía. Se fue con documentos falsos a La Habana de Fulgencio Batista en plena rebelión de los barbudos, cruzó la isla de una punta a la otra y, arriesgándolo todo, llegó por fin a las montañas de la Sierra Maestra para encontrarse con un joven locuaz llamado Fidel Castro, y así reportar  in situ las novedades de la entonces balbuceante revolución cubana. 

También se aventuró a contactar con dirigentes mineros bolivianos en plena represión barrientista [13], en 1965, para contrastar sus opiniones con la de los generales golpistas a los que había entrevistado unos días antes en La Paz. Viajó en compañía de su colega Dorbal Paolillo –destacado periodista del diario El Día, a quien CMG conocía desde los tiempos de la revista humorística La Gaceta Sideral, editada en Montevideo allá por 1956– en camioneta hasta Potosí, se fue a las minas de Catavi, consiguió que alguien lo guiara a pie por los cerros de Llallagua, a cuatro mil metros de altura, y allí realizó un extraordinario y vívido reportaje sobre esa verdadera olla a presión que era la Bolivia minera de aquel momento.

Son solo dos ejemplos. La geografía de su oficio –indisolublemente ligada a la de sus afectos y convicciones políticas– lo llevó a París, a Nueva York, a Estocolmo, al extremo más austral de Chile, a El Cairo y a Managua, entre otros muchos destinos. Una vez, en la redacción de  Brecha, me contó que a lo largo de su vida había estado en cuarenta y tres países, casi siempre como periodista, aunque en no pocas ocasiones apenas como un simple exiliado. Le pregunté  a dónde le gustaría volver. Muy serio me dijo: a Malvín en 1960”, pero se negó de manera tajante a explicarme por qué.

De ese litigio peregrino dan cuenta los reportajes aquí reunidos. También reflejan a cabalidad la evolución del pensamiento del escritor y su permanente reflexión sobre la índole de su tarea [14]. Él mismo lo señala en su “ Advertencia” inicial, esa breve, casi telegráfica introducción al volumen: Siempre me ha preocupado el grado de incomunicación que puede existir entre el estado de ánimo con el que un corresponsal en el extranjero escribe su nota y el que el consumidor de diarios o revistas –aposentado en su sillón preferido o colgado del pasamanos del ómnibus– utiliza para leerla. Ese décalage  es uno de mis complejos profesionales y creo que el de muchos colegas”.

Como ya se ha dicho, hay una cuestión de ética profesional que atraviesa toda la obra de Carlos María Gutiérrez y que está presente de formas diversas en estos reportajes. Esa cuestión tiene que ver tanto con las circunstancias de la lectura como con el empeño formal, o para decirlo en sus propios términos, con la convicción de que el contenido de un artículo periodístico –sin importar su extensión, su relevancia o su temática– siempre debe procurar la más alta calidad estética, en función de los objetivos que persigue.

En ese sentido, es interesante apuntar que cuando CMG comenzó a desarrollar y perfeccionar sus artes periodísticas con la palabra escrita, esa labor profesional –salvo algunas excepciones [15]– no era considerada parte de la literatura. Es más: se subrayaba la importancia y el mérito de aquellos periodistas que habían “trascendido” el mero oficio para “elevarse” y alcanzar cumbres más o menos significativas en aquel otro territorio, superior y distinto: el de la literatura.

En el ya citado trabajo de la profesora Graciela Mántaras acerca de la obra de CMG, se establece un procedimiento taxonómico que ejemplifica a cabalidad esos prejuicios elitistas, los que por otra parte solían ir acompañados de la más genuina admiración. Para empezar, Mántaras dividió la obra y la creación de Gutiérrez en capítulos compartimentados entre sí: “El periodista”, “El humorista”, “El poeta”, “El narrador”. Dicha división, si bien entendible a los efectos de presentar un resumen adecuado y sistematizado acerca del autor, implica una peoría en el estudio de una obra tan rica e interconectada como la de CMG. Esta visión se complementó con un párrafo inicial que acabó por ser una involuntaria radiografía de dichos prejuicios. Escribió Mántaras, refiriéndose  a la tarea periodística de Gutiérrez: " Resulta plenamente compartible la afirmación de Ángel Rama: ‘elevó el periodismo a nivel de creación literaria ’ ” [16].

Para Carlos María Gutiérrez el periodismo escrito siempre era literatura, aunque la mayoría de las veces, según su criterio, era “ literatura de la mala”, no (solamente) porque padeciera defectos de redacción, sino porque casi nunca iba al fondo de los asuntos y se quedaba en la mera anécdota, sin que esa anécdota contribuyera a desarrollar el núcleo de la historia. Sobre este punto, es significativo analizar algunos de los reportajes del libro, los que a primera vista apenas si bordean la anécdota, aunque al leerlos con más atención descubrimos que esa anécdota es la historia en sí, y que una simple caminata bien relatada puede mostrarnos el núcleo más recóndito de un personaje o de una sociedad.

Ese núcleo, que conforma el hilo central y definitivo de una historia, también puede surgir del fracaso liso y llano. CMG nunca renegó de sus fracasos profesionales, y algunos de ellos los tuvo en tan alta estima que los convirtió en reportajes. Tal el caso del fallido intento de entrevistar a Sartre en París, en 1965. La pieza se titula “El aplazamiento” y es un modelo de honestidad profesional y, a la vez, de sagacidad psicológica y periodística. Como él mismo lo explica en la breve presentación del texto, se trata apenas de un esbozo: “ Incluyo esta descripción no muy importante de un fracaso, porque releyéndola años después, encontré en sus entrelíneas algunas de las cosas que yo andaba buscando en el reportaje fallido a Jean-Paul Sartre y que éste, sin que yo lo advirtiera en ese momento, me comunicó por omisión” [17].

Otro estupendo fracaso de CMG fue plasmado en su pieza “El día que enterraron a Hemingway”, un modelo de escritura creativa y a la vez sujeta a los rigores de la más contundente de las realidades: la muerte. Ocurrió que, cuando el viejo Hemingway –a quien sus amigos cubanos llamaban simplemente Papá– se voló la cabeza de un escopetazo en un pueblo perdido de Idaho, Gutiérrez estaba en La Habana, que era la segunda patria del novelista norteamericano. Su interés en entrevistarlo había sido recurrente y siempre, por algún motivo, postergado. Así que cuando se enteró de la noticia del suicidio, a manera de homenaje el periodista se fue hasta el Floridita, en la esquina de Obispo y Monserrate, el bar donde el escritor empezaba su ronda diaria de tragos, por lo general poco antes del mediodía. 

Según relata Gutiérrez, a la segunda vuelta de daiquirí ya estaba convencido de que ni siquiera la tragedia de aquella muerte podía evitar que él se encontrará con el más famoso de los narradores estadounidenses, el tipo duro que había convertido la sangre y el coraje en una marca registrada.

Lo que sigue es una emocionante, delicada y a la vez implacable aproximación a uno de los grandes íconos literarios del siglo veinte. CMG fue a Cojímar, el pequeño puerto de pescadores al este de La Habana donde el escritor tenía su base de operaciones marítimas; fue a su finca en San Francisco de Paula, en la que el premio Nobel había pasado, entre borracheras y recuerdos, buena parte de sus últimos años; fue a visitar a Gregorio, el patrón del yate “Pilar” y su más cercano amigo cubano, al pescador Chago, al calafateador Juan Torres, al mulato René Villarreal, el casero de la finca.

El resultado de esa peregrinación, efectuada el mismo día en que se realizaba el sepelio de Hemingway en Estados Unidos, nos da una idea precisa y a la vez original del novelista, de su personalidad, sus hábitos y sus obsesiones, pero también nos permite acercarnos al propio cronista, al reportero uruguayo que, imposibilitado de viajar hasta Idaho para asistir a las exequias del escritor célebre, encontró la manera de extraer de aquel fracaso desgraciado unas páginas de oro. 

Su explicación es lo bastante contundente como para agregar nada más: “ En Kenia, en París, en Nueva York y en Madrid hay gente que bebió mano a mano con Papá, gente que lo amó y que él quiso. Seguramente algún guía indígena, o Marlene Dietrich, o Dominguín, o Picasso, o William Faulkner, estarán pensando hoy en Hemingway, sin poder explicarse por qué se mató. Pero aquí en Cojímar también los amigos humildes bajan la mirada o se quedan mirando el mar cuando les hablo del viejo pescador americano. Aunque los rifles mejores estaban en Sun Valley y los cuadros de Picasso en el apartamento de Montparnasse, Papá dejó en Cuba a la Pilar y en su finca de San Francisco de Paula están todos sus libros y las chaquetas de caza, y en la pared del estudio cuelga la piel del león que miss Mary, la esposa, mató en África” [18].

Carlos María Gutiérrez podía entender aquello de manera directa: en buena medida él también era un cazador, no de animales salvajes sino de buenas historias; él también era capaz de esperar con paciencia el lance con algún pez enorme, y hasta de acompañar una expedición en la búsqueda de un personaje esquivo durante días o semanas; también amaba a Cuba, aunque por razones diferentes a las de Hemingway, y también se había codeado con personajes poderosos en distintos lugares del mundo, aunque sus verdaderos referentes humanos estaban entre los humildes y sencillos; él también creía que cada palabra escrita debía tener la solidez de una roca. 

De modo que, a pesar de las diferencias y distancias, esas dos personas –el muerto inexplicable por un lado, el periodista acucioso por otro– estaban bastante cerca uno del otro. La recorrida del peregrino CMG por las habitaciones de la finca Vigía, su desolada frialdad para levantar acta de lo que allí había (unos mocasines viejos, un amarillento recorte de periódico, un frasco), y su palpitante reflexión sobre el éxito y el fracaso de Hemingway dan fe de esa impensada proximidad.

Una mención especial merece el texto titulado “Haedo llega al poder”, publicado originalmente en la revista Reporter, pues se trata de la única pieza del libro cuya acción se desarrolla en Uruguay, y cuyo sujeto principal es un político uruguayo. El elegido fue Eduardo Víctor Haedo, con quien CMG acordó entablar un vínculo intenso y sin interrupciones a fin de elaborar el reportaje. Estuvo con Haedo durante una semana completa, lo siguió a sol y a sombra desde el desayuno hasta la hora última, cuando el veterano político se quitaba la clásica boina blanca y se iba a acostar. Charló con él en los atardeceres de su casona “La Azotea” de Punta del Este, nadó con él en su piscina, bebió algunos tragos, compartió sus tenidas con amigos y correligionarios, viajó a la capital en su automóvil oficial y hasta se acomodó en el despacho del Consejo Nacional de Gobierno para observarlo en funciones.

Logró que Haedo, un personaje singularísimo en la historia política uruguaya, se franqueara como nunca lo había hecho y le contara intimidades y razonamientos, triquiñuelas de político y avatares de hombre de mundo. Hubo un acuerdo previo: algunas de las cosas narradas por el mandatario debían quedar en el tintero. El periodista las sabría, pero no podría revelarlas en ninguna circunstancia. Por supuesto que CMG cumplió, aunque para elaborar el reportaje empleó toda aquella valiosa información, que de una manera u otra aflora en las entrelíneas del reportaje. La conocida “teoría del iceberg” de Papá Hemingway, fue aplicada aquí con todo rigor.

El resultado es excepcional, porque permite entender al hombre detrás de la figura histórica, al niño sin padre y sin consuelo enfundado en el traje de dirigente político, al amante de las bellas artes embozado en el frívolo coleccionista de celebridades. Eduardo Víctor Haedo, que por esas fechas se encontraba en el esplendor de su carrera política, se revela en la escritura del reportaje como un aldeano sofisticado hasta la exageración, dispuesto a todo para llegar al poder y así honrar a su madre muerta, aquella mujer corajuda que había tenido el heroísmo impar de parir y criar a un hijo (el propio Haedo) siendo soltera y pobrísima, en una pequeña ciudad del interior uruguayo a principios del siglo veinte. CMG lo expone con un trazo certero y entrañable: “ … el hombre de la boina blanca alberga un secreto simple y decisivo: llevar al hijo descalzo de la costurera María Haedo al lugar que ocuparon Luis Alberto de Herrera y, antes, Aparicio Saravia” [19].

 

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El periodismo y el Uruguay todo le deben mucho a Carlos María Gutiérrez, acaso bastante más de lo que la mayoría de sus compatriotas imaginan. Es una deuda triple o cuádruple: por todo lo que él aportó en la reformulación de los viejos códigos de los cronistas, por la libertad creativa que su trabajo pionero hizo posible entre sus continuadores y por la mirada rigurosa y desacatada con la que retrató su mundo y su tiempo. También se le debe, y no es una deuda menor, por el escaso reconocimiento que su obra ha tenido tras su fallecimiento.

Bien es cierto que el propio CMG rehuyó de forma consistente cualquier tipo de vanidosa presunción de sus logros, que fueron muchos. Él la ponía difícil y se complacía de esa dificultad. Nunca hizo ostentación de su cultura enciclopédica, ni se preocupó demasiado por reunir su propia obra dispersa en publicaciones de América y Europa, ni reivindicó su papel fundacional en la agencia Prensa Latina, ni utilizó su amistad con el Che y sus cercanos vínculos con Fidel Castro para sacar chapa de revolucionario de la primera hora ni para ocupar posiciones en los ámbitos de la izquierda, a la que pertenecía con una convicción absoluta. 

Quizá por eso mismo, pese a ser una figura relevante, aceptó publicar su primer libro –este libro– recién a los cuarenta años. Su humildad era esencia pura y se escondía detrás de una severidad (“ línea dura trazada con regla de acero”, según proclamara en su momento Mercedes Ramírez) que ocultaba un espíritu tan solidario como travieso. Quienes disfrutamos de su palabra fraterna y de su humor –a veces tan o más oscuro que su apodo– supimos regocijarnos con esas virtudes.

La deuda múltiple con Carlos María Gutiérrez no es de las que se pueden pagar con homenajes póstumos ni con nombres de calles, plazas o parques. Esa falta de reconocimiento sólo puede saldarse con conocimiento. Conocer su obra es la mejor manera de hacerle honor a quien con tanta dedicación se consagró durante décadas a escarbar en lo más hondo de la realidad para escribir sobre nosotros, es decir para escribirnos. Lo hizo sin retacear nada, y muchas veces arriesgando el pellejo. “ En la Sierra Maestra y otros reportajes” es una pieza clave en la historia de las letras uruguayas contemporáneas y merece un sitio de singular destaque.

 

© Fernando Butazzoni, marzo de 2017.


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[1] CMG utilizó varios seudónimos, sobre todo para firmar sus trabajos como dibujante y humorista. Entre otros: Gut, Pío, Baltasar Pombo, Paulo. Trabajó en casi todos los diarios del Uruguay (La Mañana, Época, El Debate, El País, Acción, La Voz, Tiempo de Cambio), en revistas y semanarios (Marcha, Lunes Reporter –luego Reporter–, La Gaceta Sideral, Brecha), y como asesor, redactor y corresponsal en el extranjero (Le Monde, Prensa Latina, Cuestionario, Alternativa, El Diario de Caracas, El País de Madrid). Muchas de sus crónicas y despachos aparecían firmados como “Carlos M. Gutiérrez”.

 

[2]A lo largo de los años la letra de esta canción ha sido atribuida erróneamente a Jorge Cafrune, a Los Olimareños, a José Luis “Pepe” Guerra, a una coautoría de Guerra con CMG y a “autor anónimo”. Esta última atribución, muy extendida en América Central y el Caribe, según el propio CMG fue el mayor elogio literario que recibió en toda su vida.

 

[3]Literatura y periodismo: una tradición de relaciones promiscuas”, Universitat de València, 1999. Fue reeditado con el título “La palabra facticia”, en 2014. El libro cuenta, además, con un esclarecedor prólogo de Manuel Vázquez Montalbán.


[4] Montevideo, 1967, 281 pp. Editado por el grupo anarquista Comunidad del Sur para su sello Ediciones Cruz del Sur.

 

[5]Diario del cuartel, Ediciones Casa de las Américas, colección Premio, La Habana, 1970.

 

[6]Acción, Montevideo, edición del 3 de octubre de 1955.

 

[7]  En: “China ante la guerra”, reportaje publicado en Marcha, Montevideo, en dos entregas: viernes 20 de mayo y viernes 17 de junio de 1966.


[8] Los otros dos fueron el argentino Jorge Ricardo Masetti y el ecuatoriano Carlos Bastidas. Éste último fue asesinado por la policía cubana el 13 de mayo de 1958 en La Habana, luego de bajar de la Sierra Maestra. En cuanto a Masetti, él murió como guerrillero en la selva de Orán, en Salta (norte argentino), en fecha no precisada, posiblemente en abril de 1964.

 

[9]Los años precursores. Memorias de Prensa Latina”, compilado por José Bodes Gómez, Ed. Prensa Latina, La Habana, 2014.

 

[10]Carlos María Gutiérrez y el sentido mágico de la palabra”, pp. 12 y sgtes., Ediciones de la Pluma, Montevideo, 2012, Por su parte, Wilfredo Penco afirma que ya a fines de la década de 1950 CMG “gozaba de prestigio por su labor en la prensa”. En: “Diccionario de la literatura uruguaya (A-K)”, pp. 282 y 283, Arca/ Credisol, Montevideo, 1987.

 

[11] El jurado del premio estaba integrado, entre otras personalidades, por tres poetas que devendrían en verdaderos próceres de la poesía latinoamericana: Ernesto Cardenal, Roque Dalton y Cintio Vitier.


[12] Así se ha dado en llamar al régimen impuesto en Uruguay por el político colorado Jorge Pacheco Areco, quien sucediera constitucionalmente como presidente de la República al general Diego Gestido tras la muerte de éste. Durante su gobierno (diciembre de 1967 - marzo de 1972) Pacheco ilegalizó partidos políticos, clausuró periódicos, militarizó sindicatos y desconoció reiteradamente los pronunciamientos del Parlamento. Gobernó con un régimen de excepción y llegó a suspender las garantías individuales de los ciudadanos, consagradas en la Constitución.


[13] Régimen dictatorial impuesto en Bolivia tras un golpe de Estado llevado a cabo en noviembre de 1964 por el general René Barrientos, quien derrocó al presidente Paz Estenssoro y dio inicio a una fuerte represión contra el movimiento obrero de los mineros.


[14] De especial interés resultan, en ese sentido, las respuestas que le diera a Mario Benedetti tras recibir el Premio Casa de las Américas en La Habana, donde se encontraba exiliado. A propósito de su incursión en la poesía, CMG reflexiona en esa entrevista sobre el oficio del escritor, sobre el periodismo y sobre los límites de los géneros literarios. Con el título “El poeta que vino del periodismo”, fue publicada originalmente en el semanario Marcha y luego incorporada al libro de Benedetti “Los poetas comunicantes”, ed. Biblioteca de Marcha, Montevideo, 1972.

 

[15]a quienes tanto debe nuestra literatura”. (en Capítulo Oriental N° 30, Historia de la Literatura Uruguaya, “El humorismo y la Crónica”, p. 474).


[16] Ob. cit. p. 8.


[17] Nota agregada en 1967, para la edición del libro, al reportaje publicado originalmente en Marcha, Montevideo, ed. del viernes 25 de junio de 1965.


[18] En: “El día que enterraron a Hemingway”, publicado en Reporter, Montevideo, 23 de agosto de 1961.


[19]   Publicado originalmente en la revista Reporter, Vol I, N° 7, Montevideo, 22 de febrero de 1961.